tic (cierro).
TAC (abro).
tic (cierro).
TAC (abro).
tic... decido dejarlos cerrados.
Sigo tumbada como antes. Pero aprecio una diferencia. La diferencia entre la soledad y la compañía.
De ojos abiertos para fuera me encuentro perdida, sóla, apartada de la multitud que me declara individual, me separa de ella con una fina malla tejida de indiferencia, me encuentro así sesgada del resto, alejada por el hecho de ser distinta, más distinta aún para ellos, algo que califico de "opaco" por calificar de alguna manera elegante... ellos lo llaman "es rara".
Esta malla viene plegada, cuarteada en múltiples esquinas invisibles que se desplegan silenciosas. Circulan en torno a mí cuando me despisto, se ocultan cuando indago en torno a los demás, a las razones que fecundan prematuras mi "apartheid", el racismo conductual que generan los demás en torno a mí, "eres rara, distinta, aléjate, lejos, lejos", como una letanía más que prolongada en el espacio que araña mis sentimientos "vete, vete, vete...". Es indiferente para ellos el rasgar mi conciencia, el herir mi cualidad de persona y por encima de todo el punzar mi corazón con palabras y miradas hirientes, con conductas maliciosas.
Por eso, para permanecer sola entre una masa perniciosa, tumoral para mi persona, decido cerrar los ojos y quedarme a solas, que es la mejor forma de estar acompañada.
No me encuentro sóla en sentido preciso. He consultado con mucha gente, enferma como yo y no enferma... en un sentido humano, puramente humano de la palabra, TODOS estamos enfermos, por el mero hecho de tener la cualidad del pensar, ya que ésta lleva muchas veces al fallo, a la equivocación, y tanto esto (innato), como el hecho de no reconocer el error (aún más innato), es lo que me hace afirmar que todos debemos guardar reposo (durante toda nuestra vida, por ejemplo). Bueno, el caso es que todos ellos me han dado la razón: no estamos sólos cuando cerramos los ojos. Innumerables pequeñas larvas blancas rondan flagelando por un fondo oscuro, desaparecen cuando abrimos los ojos, y vuelven a estar ahí en el preciso momento de apagar las luces retinadas.
En el plano físico de esta habitación, aquí atada, sí, me encuentro sóla, mas la sóledad se replega sobre si misma ofreciendo su extremo más radical cuando me relajo en el negro.
Somos yo y mis larvas.
Mis gusanos.
Es posible que sean los gusanos de mi cerebro enfermo, que intentan evadirse del cuerpo, pero no pueden por la boca ni por las orejas... pudiera ser que quisieran hacerlo a través de los ojos, ya que saben que en mi caso es una evasión más que loable, por el mero hecho de ser proyectados a través de mis lágrimas, ojos prolíficos en secreciones en estos días tan crueles.
Hoy por ejemplo, he realizado los pasos básicos para librarme de ellos:
Primero los he buscado, encontrándolos en mi propia soledad.
Luego, una vez encontrados, rondando indemnes e impasibles por mi mundo oscuro, los he instado a escapar, llorándoles. Me basta tan sólo levantar un poco de polvo para cerciorarme de que las alfombras que adornan mis tres estaciones, pasado, presente y futuro, se encuentran bastante deshilachadas. Una vez dado el paso del impulso húmedo, intento prolongar la corriente para eliminar el mayor número de gusanos. Pienso en lo desdichada de mi corta vida, en la agonía que ensombrecerá el resto de mis días de paranoica, y en la inestable fragilidad emocional de mis familiares y amigos, que me tendrán que soportar altibajo va y altibajo viene. Lloro y lloro, y elimino muchos de ellos, pero soy consciente de que este pensamiento es sencillamente otro fruto de mi maldición, ¿pensar que llorando me volveré cuerda?, sólo entonces lloro por desesperación, mi cuerpo entero se deja llevar junto a las lágrimas hacia el mar de la resignación, ahora ya somos un todo, y todo este desasosiego me porta rumbo a un oceano mucho más relajado, un mundo personal en el que siempre querría localizarme para no encontrarme jamás y continuar perdida, el mundo del sueño.
TAC (abro).
tic (cierro).
TAC (abro).
tic... decido dejarlos cerrados.
Sigo tumbada como antes. Pero aprecio una diferencia. La diferencia entre la soledad y la compañía.
De ojos abiertos para fuera me encuentro perdida, sóla, apartada de la multitud que me declara individual, me separa de ella con una fina malla tejida de indiferencia, me encuentro así sesgada del resto, alejada por el hecho de ser distinta, más distinta aún para ellos, algo que califico de "opaco" por calificar de alguna manera elegante... ellos lo llaman "es rara".
Esta malla viene plegada, cuarteada en múltiples esquinas invisibles que se desplegan silenciosas. Circulan en torno a mí cuando me despisto, se ocultan cuando indago en torno a los demás, a las razones que fecundan prematuras mi "apartheid", el racismo conductual que generan los demás en torno a mí, "eres rara, distinta, aléjate, lejos, lejos", como una letanía más que prolongada en el espacio que araña mis sentimientos "vete, vete, vete...". Es indiferente para ellos el rasgar mi conciencia, el herir mi cualidad de persona y por encima de todo el punzar mi corazón con palabras y miradas hirientes, con conductas maliciosas.
Por eso, para permanecer sola entre una masa perniciosa, tumoral para mi persona, decido cerrar los ojos y quedarme a solas, que es la mejor forma de estar acompañada.
No me encuentro sóla en sentido preciso. He consultado con mucha gente, enferma como yo y no enferma... en un sentido humano, puramente humano de la palabra, TODOS estamos enfermos, por el mero hecho de tener la cualidad del pensar, ya que ésta lleva muchas veces al fallo, a la equivocación, y tanto esto (innato), como el hecho de no reconocer el error (aún más innato), es lo que me hace afirmar que todos debemos guardar reposo (durante toda nuestra vida, por ejemplo). Bueno, el caso es que todos ellos me han dado la razón: no estamos sólos cuando cerramos los ojos. Innumerables pequeñas larvas blancas rondan flagelando por un fondo oscuro, desaparecen cuando abrimos los ojos, y vuelven a estar ahí en el preciso momento de apagar las luces retinadas.
En el plano físico de esta habitación, aquí atada, sí, me encuentro sóla, mas la sóledad se replega sobre si misma ofreciendo su extremo más radical cuando me relajo en el negro.
Somos yo y mis larvas.
Mis gusanos.
Es posible que sean los gusanos de mi cerebro enfermo, que intentan evadirse del cuerpo, pero no pueden por la boca ni por las orejas... pudiera ser que quisieran hacerlo a través de los ojos, ya que saben que en mi caso es una evasión más que loable, por el mero hecho de ser proyectados a través de mis lágrimas, ojos prolíficos en secreciones en estos días tan crueles.
Hoy por ejemplo, he realizado los pasos básicos para librarme de ellos:
Primero los he buscado, encontrándolos en mi propia soledad.
Luego, una vez encontrados, rondando indemnes e impasibles por mi mundo oscuro, los he instado a escapar, llorándoles. Me basta tan sólo levantar un poco de polvo para cerciorarme de que las alfombras que adornan mis tres estaciones, pasado, presente y futuro, se encuentran bastante deshilachadas. Una vez dado el paso del impulso húmedo, intento prolongar la corriente para eliminar el mayor número de gusanos. Pienso en lo desdichada de mi corta vida, en la agonía que ensombrecerá el resto de mis días de paranoica, y en la inestable fragilidad emocional de mis familiares y amigos, que me tendrán que soportar altibajo va y altibajo viene. Lloro y lloro, y elimino muchos de ellos, pero soy consciente de que este pensamiento es sencillamente otro fruto de mi maldición, ¿pensar que llorando me volveré cuerda?, sólo entonces lloro por desesperación, mi cuerpo entero se deja llevar junto a las lágrimas hacia el mar de la resignación, ahora ya somos un todo, y todo este desasosiego me porta rumbo a un oceano mucho más relajado, un mundo personal en el que siempre querría localizarme para no encontrarme jamás y continuar perdida, el mundo del sueño.