El conejito despertó bruscamente, de manera violenta como cuando despertamos de un mal sueño, sólo que en este caso la pesadilla giraba en torno a la realidad, devorándola como la fatalidad engullía los últimos trazos de una desdibujada esperanza.
"Aaaaaaaaaghhhhh", inspiraron el conejito y la supervivencia, ambos dos al unísono para tomar una rapida bocanada de aire, antes de que Orson, el forzudo conejo, volviera a introducir sin la más mínima clemencia la cabeza del gris conejo en la cristalina agua del río.
Y entonces nuevamente, el descenso a lo translucido. Nuevamente la violencia de la garra musculada sobre la nuca, de nuevo el panorama mojado del fondo del río, mojado y agorero, porque no sólo la trágica situación actual la conformaba el fondo del riachuelo, también era el fondo de una falsa ilusión, la de ser aceptado entre semejantes y sin embargo ser replicado con furia, como cuando se lanzan tomates podridos a un joven e imberbe actor con el objeto de pudrir, también así, la consecución de un ideal.
Cuando volvió definitivamente en si, y tras haber sido lanzado por tierra como cuando se lanzan al olvido los malos recuerdos, fue agarrado por el pescuezo y con la mirada puesta fija en el frente. Delante de él se erguía Abraham, y desde su posición derrotada lo pudo contemplar como un dios implacable ejecutor de justicia, no sólo lo observaba el señor de aquella camada, practicamente lo estaba condenando la propia ley a sus ojos, y ni mucho menos el entorno bucólico que ahí lo rodeaba, ni la mirada suplicante empapada en terror, casi agónica, iba a proporcionar una mínima clemencia al brazo dictatorial que lo juzgaba con pronóstico nada incierto.
"Pero, pero... ¿porqué?, ¿qué delito he cometido?, salvo el de intentar superar mi propia felicidad?, ¿acaso la codicia?, ¿por el mero hecho de acumular más y más dicha?, dime Abraham, tú que eres señor y dueño de este sacro milagro en tierra, dime qué falta he cometido para ser tratado como un despiadado reo".
El anciano observó inquisitivo el semblante tachonado de desconcierto del conejito. Y fue entonces, sólo entonces cuando la autoridad decidió irrumpir en escena, que se hizo el silencio, las hojas secas obviaron la gravedad y el murmullo lacónico del río cubrió con un manto de timidez su propio correr. Fue como si aquel claro se hubiera visto cubierto por una esfera transparente a la cual el sonido quisiera traspasar mas no pudiera, y todo en derredor suyo quedara pendiente y con permiso de aparición.
Abraham el sabio se rebajó a inclinarse sobre el lacónico ser:
"No te llamaré hijo mío, ya que no lo eres. Te bautizo como "ser", ya que gozas de dicha cualidad por gracia de no se que circunstancia. Y ahora, sólo te diré, mira en torno tuyo y dime qué ves."
El conejito, con la respiración acelerada y entrecortada, procedió a observar su cárcel particular, buscando, mas que la respuesta a la pregunta del juez, una posible vía de escape que le garantizara el salir a flote. Un gran manto blanco impoluto lo rodeaba. Firme. Erguido ante él y predominando aquel juzgado un único par de ojos de cejas forzadas y cristalino enrojecido, furioso y en previo descontrol colérico, sólo sedado momentaneamente por la barrera del "ahora", imperativo sin réplica promulgado por el líder.
"Sólo, sólo veo lo que vemos todos -y tragó saliva antes de la precaución- , ¿padre?..., a mis hermanos, y a tí, dime sólo en qué he fallado o de qué se ha visto privada mi conducta que tánto ha llegado a afligirte-.
Abraham respondió ante aquella desesperada cuestión:
"En torno a mí veo a mis hijos, todos ellos iguales, blancos. Pureza, y ante todo equidad, un mismo cuerpo, una misma vida rodeada de parejas circunstancias... me otorgaron el poder mis antecesores, todos ellos justos también, y de igual manera que yo, y mis congéneres, blancos. Cierto día apareciste tú. Con tu antipático y depresivo color, gris, ni blanco ni negro, algo intermedio, indefinido, en resumen, y que la cordura no me abandone al pronunciar tal improperio... raro. Eres distinto, ser, y lo distinto es agresivo, daña, distrae de la belleza circundante y sólo fomenta cambios de matices y pareceres. A esta sociedad no nos gusta lo distinto, aquello que destaca enarbolando un manto de intriga, del "qué pasará", eres prescindible, al menos aquí dentro, y como somos precavidos, y no queremos ser la madre que germine un fruto podrido, nosotros mismos nos encargaremos de tallar dicho brote. Sea así pues. Procede Orson, hijo mío, y hazlo de manera implacable, que ni siquiera el salpicado tenga la posibilidad de contagio. Adios, ser, y que allá donde vayas no se te ofrezca la posibilidad de retorno.
Confundido sobremanera, y ante todo agitado, hizo de la supervivencia su principal exponente y aliado, e intentando alzarse en pie, trastabilló y cayó, consecuencia de la pesada zarpa de su guardian, Orson, sobre su espinazo.
A continuación, fue la pesada piedra la que hizo impacto sobre su cabeza, privándole súbitamente de su combustible vida y haciendo que el interior se fundiera, poco a poco, gota a gota, con la naturaleza de la madre tierra.
Y ahora, pobre conejito, un trazo sonrosado tiñe tu estática visión del entorno. Cruel es, pero así es la vida, es el castigo del que destaca, sea voluntario o espontáneo. Sé distinto y se te aplicarán reglas parejas, pobre conejito. Sé gris, y tu camino sólo acarreará sendas de negrura, siendo las sombras las que te guíen de forma vil y mezquina, engañosa.
Adecúate tú también, seas conejo o pretendas serlo, porque sólo el pretender te integra, recuérdalo o, como el conejo, cierra los ojos y sé tu mismo, que el resto te adaptará...
Y luego viene otra hebra, igual de rosa que la anterior, acompañándola en su recorrido hasta el suelo.
Luego vienen dos más. Y tras ellas alguna más.
Y al final, viene lo oscuro, y tras él, antes de que caiga el telón, los iguales danzán agarrados unos a otros, bailando y acoplándose, uno al otro, siendo uno en común... lástima que el conejito no lo consiguió.
Mas hebras, y al final, el negro, aún con los ojos abiertos...
sábado, 7 de marzo de 2009
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