Etienne acaba de llegar a Barcelona.
Ha recorrido ni se sabe cuántos kilómetros a lo largo de toda Europa.
Ha pasado, por este orden, por Rumanía, la República Checa, Alemania y Holanda. Permaneció un corto espacio de tiempo en Bruselas donde tomó un avión hasta Inglaterra, y de allí, otro a su último lugar de peregrinaje, Barcelona.
Acaba de llegar al aeropuerto del Prat, y su aspecto, incluso a sus propios ojos, podría llegar a ser clasificado de deplorable: Anteponiéndose a su cariz cansado viste una barba de váyase a saber cuántos días de trazado europeo, tiene ojeras, y su melena circundante al ocaso del cuello ya podría recibir una más que merecida ducha. Todo su cuerpo está cansado, podríamos imaginar una imagen metafórica del cansancio con tan sólo echar un vistazo a la faz de Etienne.
Etienne es mochilero, y por ello guarda este aspecto, ya que si así no fuera tan sólo sería un viajero común.
Viste una camiseta más o menos limpia que hace ya mucho tiempo (incluso antes de que el viaje fuese imagen) fue blanca, la recubre con aire despreocupado una chaqueta guerrera de esas con bandera territorial en los márgenes de las mangas, se la compró en Berlín, en una tienda de saldos cercana al Checkpoint Charlie, dónde no quiso hacerse la foto pertinente junto al marine norteamericano. Lleva unos pantalones vaqueros ciertamente roídos por el uso, de color azul viajero, es decir, negros, con las nalgas en exceso desgastadas tras el rozamiento por las calzadas europeas. Calza botas de trekking y unos gordos calcetines de lana de destino la papelera.
Y bueno, lleva mochila. Una gran mochila de montaña con unas pocas cuerdas entrelazadas, que con plausible intención todavía consiguen asegurar una postura más o menos adecuada para la castigada columna vertebral de Etienne.
Viaja sólo, siempre ha viajado acompañado, mas esta travesía quiso realizarla acompañado únicamente de sus pensamientos, podría tratarse de un viaje de reflexión, de búsqueda de ese algo que todos tratamos de encontrar alguna vez y muchas veces no hallamos, y que aún a pesar de no haber sido encontrado nos permite continuar adelante... pero Etienne sabe que este viaje significa algo más, y mucho más el hecho de hallarse ahora en Barcelona, ya que es ésta la última ciudad que le resta por visitar y donde en algún momento cercano a su tiempo de reloj de arena deberá ya decidirse.
Sabe inglés fluído, y juguetea con el castellano, es decir, sería capaz de introducirse en cualquier tienda de souvenirs de éste aeropuerto y adquirir con soltura una de esas, horrorosas a sus ojos, folclóricas de orgulloso semblante nacional.
Ha recorrido ni se sabe cuántos kilómetros a lo largo de toda Europa.
Ha pasado, por este orden, por Rumanía, la República Checa, Alemania y Holanda. Permaneció un corto espacio de tiempo en Bruselas donde tomó un avión hasta Inglaterra, y de allí, otro a su último lugar de peregrinaje, Barcelona.
Acaba de llegar al aeropuerto del Prat, y su aspecto, incluso a sus propios ojos, podría llegar a ser clasificado de deplorable: Anteponiéndose a su cariz cansado viste una barba de váyase a saber cuántos días de trazado europeo, tiene ojeras, y su melena circundante al ocaso del cuello ya podría recibir una más que merecida ducha. Todo su cuerpo está cansado, podríamos imaginar una imagen metafórica del cansancio con tan sólo echar un vistazo a la faz de Etienne.
Etienne es mochilero, y por ello guarda este aspecto, ya que si así no fuera tan sólo sería un viajero común.
Viste una camiseta más o menos limpia que hace ya mucho tiempo (incluso antes de que el viaje fuese imagen) fue blanca, la recubre con aire despreocupado una chaqueta guerrera de esas con bandera territorial en los márgenes de las mangas, se la compró en Berlín, en una tienda de saldos cercana al Checkpoint Charlie, dónde no quiso hacerse la foto pertinente junto al marine norteamericano. Lleva unos pantalones vaqueros ciertamente roídos por el uso, de color azul viajero, es decir, negros, con las nalgas en exceso desgastadas tras el rozamiento por las calzadas europeas. Calza botas de trekking y unos gordos calcetines de lana de destino la papelera.
Y bueno, lleva mochila. Una gran mochila de montaña con unas pocas cuerdas entrelazadas, que con plausible intención todavía consiguen asegurar una postura más o menos adecuada para la castigada columna vertebral de Etienne.
Viaja sólo, siempre ha viajado acompañado, mas esta travesía quiso realizarla acompañado únicamente de sus pensamientos, podría tratarse de un viaje de reflexión, de búsqueda de ese algo que todos tratamos de encontrar alguna vez y muchas veces no hallamos, y que aún a pesar de no haber sido encontrado nos permite continuar adelante... pero Etienne sabe que este viaje significa algo más, y mucho más el hecho de hallarse ahora en Barcelona, ya que es ésta la última ciudad que le resta por visitar y donde en algún momento cercano a su tiempo de reloj de arena deberá ya decidirse.
Sabe inglés fluído, y juguetea con el castellano, es decir, sería capaz de introducirse en cualquier tienda de souvenirs de éste aeropuerto y adquirir con soltura una de esas, horrorosas a sus ojos, folclóricas de orgulloso semblante nacional.
Tras haber recogido en la cinta de equipajes su mochila, y todavía con el ensoñamiento del vuelo pesándole sobre las pestañas, decide darse un descanso antes de alojarse en algún albergue todavía no concertado. Deja atrás sin mostrar demasiado interés un "Mango", un "Stradivarius", un "Pan´s and Company"... para él, estos y otros tantos negocios son establecimientos iguales a otros tantos pertenecientes a una de tantas cadenas, que con burlesca intención tratan de hacer equivalente la "necesidad" con el mero hecho de acaparar.
Para Etienne el café es un bien vital, si fuera por él lo incluiría en un escalafón adecuado dentro de las necesidades básicas, como el respirar y el, ¿beber agua?, (¿es eso una necesidad básica?, sí, lo colocaría entre el respirar el beber agua, bueno después del agua, claro). Fue en los tiempos de la Universidad, que dejó unos pocos años antes de sus idas y venidas de alma busca-no-se-sabe-qué, cuando descubrió la esencia de la cafeína.
Etienne es una de esas personas para las que el paso de dicha sustancia por el esófago supone un periodo virtualmente extenso de reflexión. Para otros supone una pausa acompañada de un cigarro o unas palabras vacías con el compañero de trabajo, pero para él representa casí un estadío momentáneo de bienestar con uno mismo, cuando se encuentran el antes" y el "ahora"y deciden mirarse a los ojos, diciéndose ambos de forma consabida, "parémonos y formemos el después".
Por todo ello, el repentino rótulo del "Café y té" tras la esquina, fue para su alma como el bálsamo reconstituyente lo es para el cansado. Prácticamente movido por aquella necesidad vital que imaginó anteriormente se arrastró pensamiento fijo hacia el interior del recinto.
No prestó demasiada atención a los parroquianos, simplemente echó un vistazo en busca de una posible mesa solitaria, hallándola inmersa entre el no demasiado bullicioso ambiente de mediodía de la cafetería. En la mesa anexa a la suya se encontraba una pareja de turistas (como él), supuso que ingleses, que degustaban, él con controlada gula, y ella con falso aire de madura pudiente, un par de piezas de bollería, seguro, mucho menos esponjosas de lo que hubieran deseado momentos antes de adquirirlas. Él bebía un simple café con leche, y ella (seguro que por aparentar), uno de esos cafés manufacturados tras la barra con bola de helado salpicada de ¿topping? ("¿en qué lugar aprendí sin querer ese vocablo?", se preguntó) de chocolate. Unas pocas mesas más allá vislumbró una joven bien parecida y de bonitas piernas ("adoro las piernas de las mujeres, pero ahora necesito un café", pensó) que probablemente esperara a su novio o afortunado compañero de juegos de escarceo, leía ese libro tan de moda, sí, ese que todo el mundo quiere almacenar en párrafos en la memoria para poder así compartir la sapiencia adquirida ("de verdad que no te lo has leído?", "pues no", le espetó al servilletero colocado sobre la mesa)... supo entonces que no sería la mujer de su vida.
Se dedicó entonces a esperar, observando las gráciles idas y venidas de uno de los camareros. Probablemente era gay, al menos, así lo suscitaban sus movimientos, pero no lo quería compartir con los compañeros, ya que entonces lo condenarían al "apartheid", imaginó Etienne. El camarero era sudamericano, probablemente, aunque también pudiera ser mexicano, ya que no guardaba los rasgos tan marcados de un habitante de tierras peruanas o colombianas, "sí, seguro que era mexicano". Pensó en llamar la atención del joven veinteañero, pero decidió que resultaba mucho más saludable entornar la mirada de nuevo hacia la joven que previamente hubiera vislumbrado. La imaginó con él en aquella mesa, girando distraida en aleatorios círculos la cucharilla, izquierda, derecha, derecha, izquierda... mientras lo observaba con ojos penetrantes intentando descubrir intenciones, entonces, se inclinaría hacia delante acompañando aquellos ojos de vórtice magnético y deslizaría con delicadeza la mano sobre la mejilla poblada del francés, dejándole fijo a su merced en el asiento. Luego, abriría lentamente la boca, y mostrando un finísimo hilo salival antes de juntarse los dos pares de comisuras, le besaría... Etienne dejó de imaginar, le privaba imaginar, podía permanecer como piedra en un mismo punto creando, abriéndose la cabeza y soltando su mente de forma anárquica hacia el mundo ("ve y haz lo que quieras, nada te puede suceder, y luego me cuentas), por eso le gustaba escribir.
Etienne escribía, relataba de todo un poco. Normalmente no apreciaba sus frutos personales, y sólo conservaba aquellos que realmente le llenaban, que eran escasos, por ello, su obra era bastante exígua, y ello le agobiaba. El crear un puñado de líneas una única vez al mes, y que incluso le agradaran, suponía para él confort y tranquilidad de ánimo. Poco entendía el mundo aquello que transcribía pero le era indiferente, probablemente se equivocara, mas el hecho no de escribir, sino de juntar letras para que los demás leyeran sin hacer un mínimo esfuerzo de comprensión, le suscitaba algo de desagrado.
Etienne tiene 27 años.
No prestó demasiada atención a los parroquianos, simplemente echó un vistazo en busca de una posible mesa solitaria, hallándola inmersa entre el no demasiado bullicioso ambiente de mediodía de la cafetería. En la mesa anexa a la suya se encontraba una pareja de turistas (como él), supuso que ingleses, que degustaban, él con controlada gula, y ella con falso aire de madura pudiente, un par de piezas de bollería, seguro, mucho menos esponjosas de lo que hubieran deseado momentos antes de adquirirlas. Él bebía un simple café con leche, y ella (seguro que por aparentar), uno de esos cafés manufacturados tras la barra con bola de helado salpicada de ¿topping? ("¿en qué lugar aprendí sin querer ese vocablo?", se preguntó) de chocolate. Unas pocas mesas más allá vislumbró una joven bien parecida y de bonitas piernas ("adoro las piernas de las mujeres, pero ahora necesito un café", pensó) que probablemente esperara a su novio o afortunado compañero de juegos de escarceo, leía ese libro tan de moda, sí, ese que todo el mundo quiere almacenar en párrafos en la memoria para poder así compartir la sapiencia adquirida ("de verdad que no te lo has leído?", "pues no", le espetó al servilletero colocado sobre la mesa)... supo entonces que no sería la mujer de su vida.
Se dedicó entonces a esperar, observando las gráciles idas y venidas de uno de los camareros. Probablemente era gay, al menos, así lo suscitaban sus movimientos, pero no lo quería compartir con los compañeros, ya que entonces lo condenarían al "apartheid", imaginó Etienne. El camarero era sudamericano, probablemente, aunque también pudiera ser mexicano, ya que no guardaba los rasgos tan marcados de un habitante de tierras peruanas o colombianas, "sí, seguro que era mexicano". Pensó en llamar la atención del joven veinteañero, pero decidió que resultaba mucho más saludable entornar la mirada de nuevo hacia la joven que previamente hubiera vislumbrado. La imaginó con él en aquella mesa, girando distraida en aleatorios círculos la cucharilla, izquierda, derecha, derecha, izquierda... mientras lo observaba con ojos penetrantes intentando descubrir intenciones, entonces, se inclinaría hacia delante acompañando aquellos ojos de vórtice magnético y deslizaría con delicadeza la mano sobre la mejilla poblada del francés, dejándole fijo a su merced en el asiento. Luego, abriría lentamente la boca, y mostrando un finísimo hilo salival antes de juntarse los dos pares de comisuras, le besaría... Etienne dejó de imaginar, le privaba imaginar, podía permanecer como piedra en un mismo punto creando, abriéndose la cabeza y soltando su mente de forma anárquica hacia el mundo ("ve y haz lo que quieras, nada te puede suceder, y luego me cuentas), por eso le gustaba escribir.
Etienne escribía, relataba de todo un poco. Normalmente no apreciaba sus frutos personales, y sólo conservaba aquellos que realmente le llenaban, que eran escasos, por ello, su obra era bastante exígua, y ello le agobiaba. El crear un puñado de líneas una única vez al mes, y que incluso le agradaran, suponía para él confort y tranquilidad de ánimo. Poco entendía el mundo aquello que transcribía pero le era indiferente, probablemente se equivocara, mas el hecho no de escribir, sino de juntar letras para que los demás leyeran sin hacer un mínimo esfuerzo de comprensión, le suscitaba algo de desagrado.
Etienne tiene 27 años.
Etienne es mochilero. Dentro de la mochila porta lo necesario: todo aquello que cualquier viajero de interrail pudiera llevar, mas aparte una muy vieja visera del Olympique de Marsella, extremadamente pequeña para su cabeza, y que guarda entre algodones en el fondo de mochila y alma.