domingo, 28 de febrero de 2010

Cielo Rojo (Acto 2 de 2)

Padre e hijo contemplan el cielo.


El hijo contempla al padre. Bajo su mirada infante cree vislumbrar a través de la piel, y con no poco esfuerzo cree ver cómo algo diferente a un natural latido, hace vibrar su corazón, mas que vibrar... temblar de agudo escalofrío.


-Padre...te veo afligido. Acaso ocultas, o pretendes esconder algo que yo no deba, o tú creas, deba conocer?, si es así, ruégote me lo transmitas, ya que a simple vista creo casi ver quebrar tu mandíbula de agitado nerviosismo, y eso me preocupa sobremanera...


El padre inclinó la mirada hacia el atento rostro de su hijo, volvío a girarla hacia el lugar que marcó la estela del más pequeño, que ahora jugaba, y tras un suspiro y una amplia bocanada de aire inspirado, volvió a alinear su preocupado semblante con el del mayor, mirada transfigurada ahora ya en gesto compasivo.


-Hijo...si tiemblo es por frío, mas no el frío que hace reunirse a la familia en torno al fuego, como hacíamos con tu madre antaño durante las crudas épocas invernales, es el frío que envuelve una helada premonición, que ahora me atenaza el corazón en un puño y hace que me recoga alrededor tuyo, buscando tu querer.

-Padre, no te entiendo, tan sólo soy un niño no mucho mayor que mi hermano y todavía no comprendo las cosas de los mayores, hazme entender con palabras cercanas aquello que tú quieres contarme, y tu alma anhela confiarme.

Una nueva bocanada de aire. Un nuevo golpe de fuerza inspiratoria. Un nuevo ramillete de palabras por marchitarse entre preocupaciones.

-Sólo... sólo quiero decirte, hijo, que en estos tiempos de angustia, de frases cargadas de sentimiento y puños al aire...

-Padre!, siento interrumpirte, pero me confundes... ¿porqué apagas la vela que tan esperanzadora hiciste crecer alrededor de los pasos de mi hermano?, ¿qué es aquello que a él ocultas y a mí por asfixiante congoja intentas sin aprobado éxito transmitir?, dime Padre, que se liberen mis dudas.

El Padre observó nuevamente el horizonte, e imaginó un veloz discurrir de rojas nubes que arrastraban frenéticas al propio tiempo. Vio girar alocadas las manecillas de todos los relojes, y observó a su hijo crecer, lo imaginó madurar, y por ello, por esa necesidad de premura, de volcar en alguien su aflicción antes de verse ahogado en un torrente de lágrimas, casi lloró a su hijo:

-Hijo mío. Necesito que entiendas a tu padre. Tú eres lo más cercano a un confidente que poseo, tuve a tu madre, mas la tragedia decidió ocupar traicionera su lugar en nuestras vidas. El discurrir de los días me pesa cada vez más, ya no celebro aniversarios, sufro presentes, quisiera celebrar que me resta un día menos para volar, mas os tengo a vosotros que me retenéis confiados de que os pueda aún guiar... pero ya no es así, pronto hijo, Ellos vendrán, y primero acudirán a mí, violentos, sin el concepto de la clemencia en sus entrañas, dañino, como esa sensación punzante que padecemos al observar ciertas fotos y que nos hace girar el marco para alejarlo de nuestra vista...

Hincó las rodillas en el suelo, como si el mero hecho de la aproximación de un rostro a otro supusiera que el aún imberbe joven fuera a asimilar plenamente aquello que el sufrido padre le trataba de transmitir.

-Forzado a madurar te vas a ver, hijo mío, con brevedad pasarás de compañero de juegos de tu hermano a tutelarlo para que no sufra daño alguno. Pronto adoptarás mi puesto y...

-Pero Padre, todavía soy sólo un niño, no soy aún capaz de entender el tiempo como tú lo entiendes, todavía escucho a las estrellas y busco su fulgor, aún sueño con mente infantil y juego con mis recuerdos.

-Yo también hago todavía eso -y una lágrima comenzó un lacónico recorrido descendente a través del ahora anciano semblante del hombre, una lágrima que se vio necesitada de otras tantas para no verse acompañada únicamente por la soledad, para no sentirse envidiada-, escucho a las estrellas cuando rezo, sólo que yo lo hago con palabras de mayores, me afano constantemente en buscar el fulgor que a tí te arrulla antes de que abraces tu almohada, si no lo buscara (y por fortuna siempre lo encuentro, precedido por la luminosa estela de Ella), me hubiera visto perdido mucho tiempo atrás... no hubiera hecho mas que lamentarme a diario por cada una de mis respiraciones, si no hubiera sido capaz de trazaros un camino adecuado y limpio de maleza que os permitiera el caminar.

-No llores Padre, te prometo que... te prometo que haré lo que pueda, cuidaré de mi hermano, seré Tú, sólo qué... aún no sé muy bien qué significa eso.

Nunca antes había visto llorar su Padre, siempre pensó que los mayores albergaban una fuerza increíble que les impedía sentirse tristes, y concretamente su Padre era un hombre muy poderoso... sólo una vez creyó verlo debilitado y que pudiera desmoronarse, fue aquel día teñido de ropas oscuras y párpados quebradizos, pero estaba totalmente seguro de que, en el caso de que hubiera llorado, lo hubiera hecho hacia dentro, tragándose la pena y cargándola en los pies, para así poder arrastrarla con los pasos dados y verla esfumarse a través del tiempo y la distancia.

Abrazó fuertemente a su Padre, ya que si no lo hubiera hecho (esto él no lo sabía) éste se hubiera derrumbado, aplastado por una pesada losa disfrazada con traje de destino.

Un cálido abrazo que quiebra con armonía una atmósfera de duda, de desconcierto... de saber qué será después, de conocer si será muy distinto o trágicamente distinto. Una máscara por conservar atada en torno a un alma inocente que anhela sin quererlo ser cegada por humana necesidad.