domingo, 20 de junio de 2010

Carta

Hola Cariño.

Disculpa si he estado ausente más de lo normal, pero es que de un tiempo a esta parte me he encontrado un poco "indispuesto", digamos que últimamente me ha dado por recordar más de lo normal, y eso me ha hecho plantearme si merecía la pena que, en vez de dejar pasar los días, acabara por sufrirlos.

La hija viene regularmente a casa, a verme y traerme comida en tapers, yo, claro, que nunca me han regalado nada, le digo que se los pago, que no se moleste, que con la pensión me llega de sobras, "papá, no seas tonto, ¿qué vas a pagarme?", "si, hija, no ves que no quiero causar molestias", "papá, que no son molestias, ¡ay, chico!, es que de verdad, desde que mamá...", y se calla, pobre hija, no sabes lo que te echa de menos, te juro que aquel día le salió desde dentro, y desde más adentro si cabe le vino la interrupción que evitó el "se fue" que vendría después, "papá, comételo y no digas tontadas, anda, cómetelo".

Los chicos están más que volcados en mi atención, yo les digo que no hace falta, que tienen su vida, que si necesitan algo ya les llamaré, aparte, de vez en cuando viene una chica del centro de salud a mirar que todo me vaya bien, la verdad es que no puedo quejarme de nada... bueno, sólo me quejo de vez en cuando a la propia vida, de que se te haya llevado a tí y no a mí, pero claro, es normal, eras para mí el origen y motor de todo aquello que pudiera hacer, el ánimo del día tras día, y que ahora, ahora ya no tengo.

¿Sabes qué?, no sé si decírtelo, "eres un viejo tonto, verde y tonto", me dirías, y me darías un pellizco de esos con moradura que me propinabas cuando decía alguna sandez delante de alguien. Si he tardado más de lo normal en enviarte la carta ha sido porque estuve mucho tiempo reflexionando, pensando, colocando en las pesas de una balanza aquello que pudiera hacerme virar hacia el camino del sentido común o el desespero. Por fortuna mi futuro se ha inclinado hacía el lado correcto. Te lo digo ya sin lágrimas en los ojos, porque lo he meditado el tiempo necesario y ahora lo veo como una humana reacción ante la pérdida de un ser querido. Cariño, pensé en quitarme la vida. Yo, a mis 78 años de edad, con dos hijos y tres nietos, morirme antes de tiempo, ¿para qué?, para que tres criaturas avasallen a sus padres con preguntas del tipo, "¿y el abuelo donde está?, ¿y porqué decís que ya no volverá?" o para que nuestros hijos se planteen aquel hipotético error que cometieron y que hizo cometer a su padre tal barbaridad, "¿hemos sido buenos hijos?"... no, no, no puedo discriminar el amor que siento entre un familiar y otro, tú eres (eres, nunca serás para mí pasada) mi mujer, pero ellos son nuestros hijos y maravillosos nietos. Me iré cuando mi alma hable con el cuerpo y le diga "basta, puedes reunirte con ella", y entonces me dejaré llevar, hacia arriba, abajo o en la dirección que el destino crea pertinente, pero que sea allá donde estés tú.
Aún siendo como soy, ateo, no imagino una eternidad durante la cual no me estés tú guiando.

Hasta aquel día dejaré una carta aquí cada semana. Ya te iré informando de la empresa de tu hijo, que le va así, así, pero todos sabemos que saldrá adelante gracias a su esfuerzo y cabezonería, tú sabés que ambas dos cosas le sobran. La chica sigue en la Universidad, ahora da "teoría de cuerdas", no sé lo que es, pero yo le animo igualmente (sabes que siempre ha recibido elogios de sus superiores). El nieto, el pequeño, dice que tiene tres novias, pero que no se quiere casar, que quiere un barco y recorrer el mundo, y que para eso no se necesitan mujeres, ya ves. Los otros dos van al colegio y van a empezar el instituto.

Vamos, que te he dejado por ahora bien alto el nivel, aunque tú lo sigues superando en nuestros corazones.

¿Y yo?, bueno, pues soy un viejo normal, me voy al bar de vez en cuando con Matías y Damián, jugamos al dominó y vemos el fútbol, allí me fumo todavía ese puro que el médico me sigue prohibiendo, y luego bajamos al parque a criticar largo rato a la juventud y las pintas que llevan... y sobre todo te extraño, te recuerdo en mis insomnios y te sueño cuando estos faltan, te imagino compartiendo mis risas perdido en tu sonrisa, ¿y sabes qué hago cuando la soledad me desespera?, pues antes de que el sinsentido de fugarme de esta vida me seduzca, me acerco al Paseo. En el Paseo veo mucha gente, y es en Primavera, ya casi en Verano, cuando las parejas jóvenes salen a perderse, a mirarse, y a reírse de las tonterías que el otro ha dicho, y se tumban en la hierba, no a perder el tiempo como en voz alta yo les digo "id a hacer eso a vuestra casa, desvergonzados!", sino a perderse uno en la mirada del otro, hasta que alguna de las responsabilidades de este mundo, el físico, les hace ver que no todo en este mundo, por desgracia, es ensoñación y belleza.

Ahora llevan pantalones caídos y camisetas extravagantes, llevan pendientes, tatuajes y pelos imposibles. Nosotros éramos más recatados y nos guardábamos más de miradas ajenas, escondiendo algo tan bonito como aquello que teníamos, por causas políticas y decoro, ahora no lo ocultan, a veces se lo recrimino ya que, quieras que no, me escandalizo... pero la mayor parte de las veces te imagino siendo una de estas jóvenes y yo el afortunado que la besa, y me quedo embelesado por el recuerdo de aquello que tuvimos y ahora permanece joven en nuestras pupilas.

Luego me voy a casa agradeciendo a la vida aquello que me regaló durante muchos años, y yo, como pago a tal presente prometo devolvérselo en el cielo, cuando aquí en la Tierra no sea yo ya necesario.

Te quiero. Tu marido.