Erase una vez, en un lejano país oriental, existió un reino llamado Shiapur.
Shiapur era rico y hermoso. Sus calles desprendían buenos olores, a canela, a rosas, a vainilla, a menta y a otras suaves hierbas por el día, y a la fresca arena del desierto en el momento del anochecer. Era un bonito reino en el que los mercaderes adornaban una vez por semana sus avenidas con grandes y animados puestos de comida, bebida, telas, juguetes y perfumes, convirtiendo a la ciudad en un bonito mercado. Además, al llegar la noche en el centro de la ciudad, se instalaba tras el cierre del mercado un circo que permitía que magos, encantadores de serpientes, fakires y equilibristas hicieran soñar y disfrutar a niños y mayores sin necesidad de estar durmiendo. Las buenas gentes de Shiapur eran así felices, y tras estas funciones marchaban a sus camas para construír lindos sueños.
Shiapur tenía un rey llamado Xalar, apodado por sus súbditos como "el bueno".
Xalar era querido por todos los ciudadanos del reino. Todo el mundo le respetaba, ya que Xalar era rey, pero ante todo era una persona buena y compasiva que siempre se preocupaba porque toda la gente a su alrededor viviera tranquila y en paz. El buen rey Xalar era amable y bonachón, y lo único que se podría comparar en grandeza a su agradable espíritu, era el gran tamaño de su cuerpo, más de una vez el propio rey expresaba ante su pueblo, y con sonoras carcajadas, que su puesto bien podría ser ocupado por un oso con corona y que nadie se daría cuenta.
Todo el mundo de Shiapur estaba contento con su rey, ya que él se portaba bien con su gente, mostrándose comprensivo y ante todo, humano.
Hasta el día en que el buen rey Xalar dejó, sin causa o motivo aparente, de reír.
Fue entonces cuando Arisha, su principal consejero, solicitó una entrevista personal con el rey para intentar averiguar qué era aquello que le hacía verse privado de la sonrisa. Conversaron durante la noche entera, y no exageramos al decir que también durante parte del día siguiente.
Cuando Arisha salió de los aposentos reales, se dirigió ante el alto balcón desde el cual Xalar daba sus discursos, allí le esperaba el pueblo entero, ansioso por conocer el motivo de aquello que entristecía al entrañable monarca. Arisha, con el rostro triste informó a sus súbditos de que el rey, "ya no era feliz".
La noticia se extendió por todo el reino de la misma manera que discurre un río por su habitual cauce. Todos los ciudadanos de Shiapur se mostraron, primero, extrañados, ya que su rey siempre estaba bromeando y riendo, no sólo de las bromas que él hiciera, sino también de aquellas que fueran dirigidas a él y que siempre aceptaba, y segundo, tristes y preocupados, ya que, como todo el mundo sabe, el estar alegre y poder reír es una de las cosas más bonitas que a una persona le puede llegar a pasar.
Uno a uno fuéronse acercando a palacio los súbditos del buen Xalar con objeto de contarle alguna historia divertida que pudiera devolverle el buen humor... pero nada, el rey continuaba sin mostrar aquella agradable sonrisa que tiempo atrás regalara sin pedir nada a cambio a los súbditos que él tanto quería.
Las noticias de la repentina tristeza del rey llegaron más allá de Shiapur. Por eso, gentes de fuera del reino preocupados por el estado de salud del monarca, se acercaron a las puertas de palacio llevándole exóticos regalos o entretenidas fábulas para animarle... pero nada, continuaba impasible.
Los reyes de aquellos países extranjeros, en vista del fracaso de sus respectivos súbditos, organizaron una asombrosa caravana de artistas de todo el mundo, a Shiapur acudieron trapecistas del Japón, equilibristas de la mágica China, ilusionistas árabes, lanzadores de cuchillos de la fría Rusia y payasos de los más lejanos lugares. Trajeron animales, todos domesticados, trajeron elefantes que andaban a dos patas, chimpances saltarines, loros parlanchines y otras aves de vivos colores, incluso un circo de pulgas saltarinas intentó lograr el asombro del rey... pero nada, continuaba sin reír.
Xalar lo daba todo por perdido, simplemente, ya no tenía ganas de hacer nada, estaba aburrido, desganado, él sólo se tumbaba en su gran trono y comía, engordando más y más pero sintiéndose igual de triste.
A los días de marchar la caravana de los artistas, la noticia de la tristeza del rey había ya llegado mucho más allá de Oriente. Fue entonces cuando, de improviso, un caballero vestido de plateada armadura y a lomos de un blanco caballo solicitó ver al rey, explicando que tenía que darle un presente.
El visitante entró a palacio, se quitó el casco, hincó una rodilla en el suelo delante de Xalar y le dijo "majestad, mi nombre es Erik y soy el más bravo soldado del ejército de caballería del Reino Vikingo. Mi rey, Olaf el Fuerte, ha recibido noticias de su triste estado de salud y me ha mandado hasta aquí para traerle este regalo". El caballero se levantó, y desató una bolsa de cuero que colgaba del lomo del caballo, la abrió y sacó un diamante grande como un puño que brillaba con luz natural, Xalar se quedó sorprendido ante tal belleza, el caballero volvió a hablar "Este diamante, mi señor, perteneció al Rey Ogro Kaar de las Oscuras Tierras del Este, un maligno ser tan sólo superado en maldad por el mismísimo Diablo. Yo, ordenado por mi rey, maté a ese monstruo para usted, este es el diamante que llevaba colgando del cuello y que, ahora, es para vos, buen señor...".
El rey Xalar quedó conmovido por la valentía del hombre, así que, poniéndole la mano en el hombro, le dijo "caballero, a nadie más que a tí pertenece este diamante, cógelo y crea tu propio reino no lejos del mío, para así poder tenerte siempre cerca, amigo mío. Te doy las gracias. Recuerda que, aunque sea un rey soy igual que tú, no soy más que nadie por ser rey, no me debes mas respeto que a cualquier otra persona", el buen rey entregó el diamante al valiente caballero y le regaló además un pequeño reino cerca del mar donde construír su castillo.
Cuando el caballero dejó el palacio, el rey decidió salir a dar un paseo para intentar animarse. Escogió salir disfrazado para no ser reconocido, y poder así pensar sin verse molestado.
Cuando llevaba un buen rato caminando por las calles, escuchó unas risas agudas que venían de un callejón, se dirigió allí, donde encontró a un niño que jugaba con unas piedras del suelo, el rey le preguntó, "dime, niño, ¿qué haces?, ¿y porque ríes tanto y lo pasas tan bien, si estas jugando únicamente con unas piedras del suelo?", el niño le miró extrañado y le respondió, "señor, yo soy pobre y no tengo nada salvo estas piedras que encontré en el suelo...", el rey le interrumpió, volviéndole a preguntar, "pues no entiendo cómo puedes ser tan feliz jugando únicamente con unas simples piedras, explícamelo", el niño cogió las piedras con sus manos y se las enseñó de cerca al rey, y le dijo entonces, "me divierto con estas piedras porque son los únicos juguetes que tengo, además, son piedras mágicas, ya que ésta, la más grande, es mi papá, ésta otra, más pequeña, mi mamá, ésta pequeñita es mi hermana menor, a la cual cuido, y estoy todo el día jugando con ellos, no necesito nada más", el niño, entonces, volvió a arrodillarse en el suelo y siguió jugando con las piedras mientras seguía hablando y riendo.
El rey se quedó un largo rato pensando en aquello que le había dicho el niño, y entonces se dio cuenta de porqué había dejado de reír: ese niño era pobre, muy pobre, no tenía nada salvo unas simples piedras que había encontrado por el suelo y que, sin embargo, le hacían reír, él, el rey, tenía de todo, un gran palacio, un montón de sirvientes, mucha comida y bebida, riquezas por todas partes, tanto oro como granos de arena hay en el desierto, tenía todos los bonitos camellos vestidos con todas las ricas telas que él quisiera, tenía todas las comodidades... pero no tenía a nadie con quién disfrutarlas, se dio cuenta también que no era necesario tener de todo para ser feliz, que las cosas más simples, como unas piedras, pueden hacernos reír.
A partir de aquel momento, el rey empezó a compartir todas sus cosas con sus sirvientes, todos los domingos iba al pueblo, donde se sentaba con la gente a cantar y bailar, una vez a la semana visitaba a sus padres, con los que pasaba el día entero hablando y disfrutando el paso de las horas... se dio entonces cuenta de que el tener muchas cosas no significa que vayamos a ser felices, así, y de esta forma, el rey poco a poco empezó a sonreír de nuevo. Y al final acabó siendo muy feliz y haciendo también feliz a aquellos que le rodeaban.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
martes, 15 de febrero de 2011
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