El otro día tuve un sueño:
Estaba en una fábrica con amigos.Una fábrica como otra cualquiera, con elementos metálicos retorcidos, andamios olvidados y ventañas empañadas por moho centenario.
Y allí estaba yo observando a los demás.
Porque en la fábrica había mucha más gente, gente impersonal, almas que danzaban cada una siguiendo una sintonía personal, cada una de ellas en un mundo acorde a sus congeladas fachadas.
Felicidad y paz interior.
Luego estaba yo. Estudiándoles.
Recuerdo hablarle a alguna chica. Una chica dispersa, como el resto de almas danzantes. Recuerdo encontrarme con sus ojos. Yo, le miraba, y ella, ella conseguía llegar a algún sitio más profundo, no precisamente un agujero oscuro, sino un lugar lleno de luz y descanso, armonía en sus pupilas... luego se olvidó de mi para siempre y siguió bailando con aquella media luna perpetua en su rostro.
Pedí una cerveza, la misma que mis amigos, una "red stripe", y me senté en una esquina en el exterior a, sin yo saberlo, esperar el inicio de mi propia catarsis.
Recuerdo que todo empezó siendo muy atropellado, abaratado, como páginas de un libro soplado por el viento.
Sentí una fuerte oleada, y luego otra, y a esta le siguió, otra... y después todo un mar de sensaciones, todas orientadas a la orilla de mi líbido. Quise querer. Quise amar. Poseer. Tocar. Tener. Tener. Tenerla para mí. Mi propia propiedad.
Necesitaba adueñarme de una mujer, la que fuera, la que a la Providencia viniera en gana, y hacerla mía, sólo mía. Recuerdo que me giré, y con un empastado "luego vengo", me despedí de mis amigos para olvidarlos durante mi viaje interior. Me introduje nuevamente en esa fábrica, que ya no era fábrica, sino un recinto de sueños, sueños que se fundían con los de mi vecino danzante mientras yo buscaba unos labios y una piel que tocar, que perforarla con el poder que entonces estaba sintiendo.
Poco a poco, esta jauría de sentimientos animales se calmó y echó a dormir, y entonces vino una segunda parte puramente mística.
Encontré delante de mí un altavoz, dándome entonces cuenta de que llevaba mucho tiempo oyendo música en torno a mí, oyendo, no escuchándola. Mi cabeza aceptó la música y mi mente se dejó acunar por la misma, como si de repente tuviera mucho, mucho sueño y sólo quisiera dormir en torno a aquella deliciosa nana.
Me dejé entonces llevar por la cuna que era el vaivén de mi baile, acompañando fielmente éste a aquella encantadora melodía.
Flauta y serpiente.
Una voz que me susurra.
Una voz que me susurra: "esto es lo mejor que te puede pasar, no te preocupes, sólo baila". Y así hago en el sueño, bailo y bailo sin parar, y cuanto más me muevo más feliz me siento.
Dentro de mí, armonía acompasada por mi propio danzar, fuera, en torno, en el exterior, lejos, muy lejos, desdibujando el horizonte de aquello vacío que nos acompaña todos los días... tan sólo rutina. Bailo y me olvido del exterior, construyéndome una burbuja personal idéntica a la de mis amigos que, no sé dónde están, pero da igual, seguro que están disfrutando como yo, y como todos mis hermanos en torno, ya que, la gente de alrededor ya no es extraña, ahora ya no, ahora somos todos compañeros, casi hermanos. Les miro, me miran. Nuestros rostros se encuentran y siguen sonriendo, como felicidades perpétuas en torno a las 7 notas musicales del exterior.
Y entonces lo veo.
Nuestro guía.
Me doy cuenta de que sin nuestro guía no somos nada en este sueño. Nada aparte de criaturas perdidas. Nuestro pastor es un ente humano de silueta verde fosforescente, ¡no!, ¡roja, ¡no!, verde otra vez. Es también un sacerdote y nosotros su congregación. Todos hermanos siguiendo sus mandamientos de paz, bondad y armonía. Coloca sus leyes circulares y las hace girar en contínua espiral, y cuanto más giran, más me acerco al altavoz al que casi abrazo como otro hermano más, un familiar que me susurra con elevados decibelios, qué debo bailar y a quién debo querer, pero ante todo, cómo debo moverme para ser otro ángel más en este cielo de paredes herrumbrosas.
Durante mi baile hago varias pausas, sólo para deslizar ambas manos desde mi frente hasta la base posterior de mi cuello. Siento mi sudor, sudo mucho, y me relajo con mi propio acariciar, simplemente soy feliz con mi propio toque digital. Deslizo los dedos en torno a mi frente, paladeando con los sentidos mi sudor, y tan sólo eso, ya me da placer. Me da mucho placer, tanto que mis brazos responden a tal excitación con piel de gallina. Estoy en el cielo y no me quiero mover de aquí, al menos hasta que nuestra congregación decida en masa que esto no da para más.
No sé por cuanto rato dura mi sueño, sólo sé que en un momento dado todo se ilumina y mis compañeros aplauden, expresando entre ellos su felicidad y abrazándose, como si todos a la vez hubiéramos llegado a las puertas del cielo y compartiéramos un secreto, algo tan valioso que ningún otro sueño posible pudiera llegar a, ni siquiera, acariciar.
Luego salgo de la fábrica. Ya he encontrado a mis amigos. Y sus miradas cómplices me dicen que también han estado en las orillas de la felicidad. Y luego viene el descenso, como cuando un medicamente ejerce efecto terapéutico y la fiebre va disminuyendo. Ahora ya todo pasa, "estate tranquilo", y pronto, muy pronto, el descenso a la tranquilidad suma.
Luego llego a casa y me despierto...
Y qué me queda del sueño?, me queda un más que grato recuerdo. Me queda un escalofrío siempre que recuerdo ese momento. Me queda la piel erizada. Me quedan los poros y la dermis saludando al aire en torno.
Y es tan, tan fuerte, y tan, tan grato, que supongo y espero, me quede por siempre, ya que muy pocas veces se alcanzan las puertas de la Iluminación sin moverse del sitio.
martes, 29 de mayo de 2012
martes, 24 de abril de 2012
He vuelto a mi ciudad después de diez años.
Después de una pertinente parada en casa de mis padres he quedado para tomar algo con mi amigo de toda la vida. Hemos quedado, hemos bebido una cerveza y nos hemos puesto al día. Novias, líos, trabajo, otros amigos, familias y demás. Todo ello agrupado entre las cuatro esquinas de la mesa.
Luego hemos tenido varios incómodos silencios, como si esa situación no fuera con nosotros. El no saber qué decir, qué preguntas formular y qué respuestas dar, algo arbitrario, quizás.Parecía como si cada uno quisiera darle al otro un fuerte abrazo y decir, “pues nada, nos vemos, nos escribimos por facebook. Que vaya bien”. Que vaya bien. Despedida vacía. A ninguno le interesa el otro, salvo por segundas voces o comentarios aislados. Rumores.
De repente, delante de nosotros ha pasado una chica guapa, muy guapa. Ambos nos hemos girado y, mutuamente, nos hemos sonreído con complicidad. Yo, sin mirarle, he dicho: “joder, que tía… aunque antes me follaba a tu madre”. El se ha reído. Me ha respondido otro comentario peyorativo y se ha levantado. Ha sacado dos cervezas más y tras el primer trago hemos retrocedido diez años atrás, como si nunca me hubiera ido de su vida o él de la mía.Hemos seguido insultando a nuestras respectivas progenitoras con comentarios absurdos, desagradables y, para oídos ajenos, ciertamente ofensivos. Eso sí, ajenos.
Y sobre todo hemos hecho uso durante toda la jornada de ese verbo tan difícil de conjugar que es “seguir siendo amigos”.
Después de una pertinente parada en casa de mis padres he quedado para tomar algo con mi amigo de toda la vida. Hemos quedado, hemos bebido una cerveza y nos hemos puesto al día. Novias, líos, trabajo, otros amigos, familias y demás. Todo ello agrupado entre las cuatro esquinas de la mesa.
Luego hemos tenido varios incómodos silencios, como si esa situación no fuera con nosotros. El no saber qué decir, qué preguntas formular y qué respuestas dar, algo arbitrario, quizás.Parecía como si cada uno quisiera darle al otro un fuerte abrazo y decir, “pues nada, nos vemos, nos escribimos por facebook. Que vaya bien”. Que vaya bien. Despedida vacía. A ninguno le interesa el otro, salvo por segundas voces o comentarios aislados. Rumores.
De repente, delante de nosotros ha pasado una chica guapa, muy guapa. Ambos nos hemos girado y, mutuamente, nos hemos sonreído con complicidad. Yo, sin mirarle, he dicho: “joder, que tía… aunque antes me follaba a tu madre”. El se ha reído. Me ha respondido otro comentario peyorativo y se ha levantado. Ha sacado dos cervezas más y tras el primer trago hemos retrocedido diez años atrás, como si nunca me hubiera ido de su vida o él de la mía.Hemos seguido insultando a nuestras respectivas progenitoras con comentarios absurdos, desagradables y, para oídos ajenos, ciertamente ofensivos. Eso sí, ajenos.
Y sobre todo hemos hecho uso durante toda la jornada de ese verbo tan difícil de conjugar que es “seguir siendo amigos”.
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