martes, 24 de abril de 2012

He vuelto a mi ciudad después de diez años.

Después de una pertinente parada en casa de mis padres he quedado para tomar algo con mi amigo de toda la vida. Hemos quedado, hemos bebido una cerveza y nos hemos puesto al día. Novias, líos, trabajo, otros amigos, familias y demás. Todo ello agrupado entre las cuatro esquinas de la mesa.

Luego hemos tenido varios incómodos silencios, como si esa situación no fuera con nosotros. El no saber qué decir, qué preguntas formular y qué respuestas dar, algo arbitrario, quizás.Parecía como si cada uno quisiera darle al otro un fuerte abrazo y decir, “pues nada, nos vemos, nos escribimos por facebook. Que vaya bien”. Que vaya bien. Despedida vacía. A ninguno le interesa el otro, salvo por segundas voces o comentarios aislados. Rumores.

De repente, delante de nosotros ha pasado una chica guapa, muy guapa. Ambos nos hemos girado y, mutuamente, nos hemos sonreído con complicidad. Yo, sin mirarle, he dicho: “joder, que tía… aunque antes me follaba a tu madre”. El se ha reído. Me ha respondido otro comentario peyorativo y se ha levantado. Ha sacado dos cervezas más y tras el primer trago hemos retrocedido diez años atrás, como si nunca me hubiera ido de su vida o él de la mía.Hemos seguido insultando a nuestras respectivas progenitoras con comentarios absurdos, desagradables y, para oídos ajenos, ciertamente ofensivos. Eso sí, ajenos.

Y sobre todo hemos hecho uso durante toda la jornada de ese verbo tan difícil de conjugar que es “seguir siendo amigos”.