miércoles, 5 de marzo de 2014

Ver


Ver.

El otro día me desperté para ir a trabajar. Como cualquier otro día.

Calenté café y añadí leche. Un poco de azúcar. Lavado de dientes. Intercambio de ropa, y listo.

"Andar" es otro verbo. Como "ver" lo es.

Y el resto de la batería verbal que conforma nuestra historia horaria, queda desprovista de sentido cuando es el verbo "ver" el que no se articula propiamente.

No veía bien.
Veía, sí, pero no tan bien como siempre solía hacerlo. Mi ojo izquierdo lacrimaba algo más de lo habitual.
Seguí andando mientras me frotaba el párpado con el dedo corazón. Pero seguía viendo algo borroso.
"Será que todavía estoy medio dormido y tengo alguna legaña", pensé. Cinco minutos después la cuasi imperceptible calidad reducida de mi retina izquierda, seguía pecando de vagancia.
Fue entonces cuando reduje el paso y me preocupé.

Tapé con la palma de mi mano el malogrado ojo, observando con el contrario, "no hay problema", me dije. Realicé la misma acción pero espejada. Un neblinoso trazo cruzaba siniestro mi ángulo visual. Entonces frené en seco. "Joder, joder, qué pasa?, qué pasa?, qué es esto?". Y otros comentarios peyorativos a todo aquello en torno que pudiera ser observado, es decir, TODO.

Nunca, creo, he sufrido un ataque de ansiedad o algo parecido. Siempre me han gustado las multitudes, el caos, y el desorden en torno a mí, por eso vivo en una ciudad como esta, en un barrio como este, e intento localizarme en entornos parejos, con afán de averiguar dónde se encuentra el orden escondido, y si no lo encuentro, fabricarlo. Pues bien, concebí esta preñada ansiedad en la más absoluta soledad de una calle cualquiera poblada por nadie, únicamente, por el entorno material, por mi ajada pupila, y por un distante recuerdo de todo aquello sobresaliente observado en un cercano pasado.

Llegué al trabajo y las posteriores tres, o cuatro horas fueron, para mí, un circo de los horrores, con payasos melodramáticos y números circenses fallidos.
Con muertos.
Con desgracias.
Con lágrimas secretas fluyendo en torno a un rollo de papel higiénico.
Con exagerados pensamientos agoreros de ceguera, pelos de punta y carne de gallina.
Con "diosquemeestapasando" varios y respiraciones agitadas, como de miedo, como de pánico nunca sentido.



Con pausas de pensamiento mientras ahora tecleo esto.





Para más inri me colocaron en una zona de la planta más complicada, con más responsabilidades que acometer, más técnicas que realizar y más quebraderos de cabeza para esa horrorosa mañana que tuve que sufrir.
Nunca me ha pasado nada en la vida. Supongo que por eso una mínima alteración en mi yo físico supone un mundo desquebrajado que se precipita al vacío más negro y universal.

Actué. Actué como un desesperado hasta la hora (mi hora) de la comida, lo que supone varias horas con retardo, ya que soy así... y luego aquel mojado tatuaje quiso subyugarse por fin ante mis arrodilladas rogativas. Luego volví a ver bien. Bien, como siempre.
Probablemente no fuera nada importante, nada que pudiera desmontar mi mundo interior como así yo lo hice. Pudiera ser que estuviera cansado, que no durmiera suficiente la noche anterior, o que, pudiera ser, algún imperceptible cuerpo extraño, mínimo, hubiera decidido alojarse entre mi racionalidad y el desespero, con objeto de jugar a un Maquiavélico juego de dados trucados y cartas marcadas.

Internet, whatssap, videojuegos, tecnología, drogas, alcohol, viajes, coches caros, espectáculos... todo aquello extra en nuestras vidas es superfluo. Todo se reduce a vacuos vocablos cuando se padece la desgracia de no poder verse observado.

Sólo aquel que nace invidente puede, de irónica manera, considerarse afortunado por no padecer la desgracia de poder llegar perder la vista.

Querría, como siempre, haber escrito esto enfocado hacia un entorno más poético, pero, y me pregunto, qué resulta más bello, y más poético, que poder leer delante de un monitor aquello escrito?, aunque sea de calidad discutible.

Esta mañana me he levantado y he observado en el espejo una horrorosa maraña de enredados pelos que cubrían un pálido rostro dormido.
Y ha sido hermoso.