Está mi abuela cosiendo. Cosiendo ropa, y cosiendo historias. Aguja, hilo, y puntada. Puntada, lamento, y callo. Callo, pensamiento, y reflexión. Vida.
Y tiene mi hermano unos cascos. Unos cascos de esos que usa para pinchar en su cuarto, "aíslan de puta madre", dice. Yo creo que no aíslan tanto, pero lo suficiente para no oír los gritos de nuestra madre cuando se queja por el volumen.
El caso es que, observando a mi abuela, octogenaria experiencia viviente de faciales arrugas cuasi arbóreas (hago juegos de palabras con ella, así mejoro mi vocabulario), imaginé una estupidez, una de tantas mías, pero una estupidez sana. Una absurdez que pudiera no llegar a nada, a la mitad, o al final de algo sinsentido, pero que ya estaba empezando a conmover el tamborileo, el bum-bum-bum de ahí dentro.
Le cojí los cascos a mi hermano, y me los puse, y, coño, la verdad es que sí, la sensación de vacío es notable, es como estar en una burbuja. Me acuerdo de aquella película, "Esfera", que no tiene mucho que ver, pero que al rememorar esa palabra, "esfera", consigo sentirme tranquilo, pleno, y en paz, como nadando sin preocupaciones en el útero materno, mecido sin cuna, con el duermevela entre olas cerca de la orilla.
Ha dejado de coser por un momento y me observa, sonriente, con un trazo convexo en su blanca tez, superviviente, como si fuera a desquebrajarse de un momento a otro, y yo tuviera que recoger los restos cuidadosamente, rememorando la forma original para construírla nuevamente en mi corazón, en forma de recuerdos.
Ríe. "Estás muy guapa, te tapa toda la cara", me dice bromeando. Pocas veces le habré batido en duelo dialéctico. En mi familia todos hemos sido sarcásticos, siempre, "saber llevarlo a buen puerto es un arte", dice mi padre "es como un juego, arriesgas, lo llevas al límite y te salvas, al final no hay muertos y la gente se ríe. Hacerlo bien es de sabios" Y por eso mi abuela es la más sabia de todos nosotros, supongo que porque tiene mucha experiencia, vive una vida, y ha vivido varias resurrecciones por aquella estupidez de los tiros, de los buenos, y de los malos, bueno, de malos, y de perdedores... a lo que voy, que me puse los cascos y le miré.
"Estás muy guapa, te tapa toda la cara", me dice.
"Sí, pero tú eres más vieja", respondo.
Ambas nos reímos. Es entonces cuando aquella carencia musical, aquella falta de risa, me devuelve al objeto de mi experimento. Pocas veces me he reído sin carcajada, cuando me he visto aquejada de afonía, pudiera ser?, que intentas emular un sonido de complacencia pero sólo toses, y a horcajadas expresas ruido.
"Qué haces con los cascos?, cariño", pregunta.
Pienso la respuesta. "La verdad es que no sé qué es lo que estoy haciendo", le digo, "necesito un novio"
Volvemos a reírnos. Volvemos a reírnos como antes, sin desquebrajar el espacio, imitando a la nada.
"No seas tonta, puedes tener al chico que quieras"
"Es una broma, abuela"
Aprendí el lenguaje hace años. Por interés y curiosidad, por respeto, y, bueno, por la necesidad de comunicación. "Ahora, no digas tonterías" fue una de las primeras frases que le regalé, muy en la línea de mi familia.
Hablamos durante horas. Hasta que el tedio amenaza nuestro discurso, y el animal del mediodía ruge por un plato lleno.
Nos contamos de todo. Hablamos mucho de conversaciones de ascensor, que qué voy a hacer esta tarde, que si sigo con aquel chico "ah, menos mal, a mí tampoco me gustaba", que si voy a París otra vez este año y con quien, que porqué no me compro ropa nueva, que parezco una gitana, que qué voy a hacer cuando acabe la Universidad. Y nos hablamos con los ojos, y con la emoción de sentirnos juntas, mas juntas, quiero decir.
Me he puesto los cascos de mi hermano para aislarme con mi abuela. Siento que somos las dos, y el resto, bueno, el resto está ahí, con sus sombras, y sus palabras mudas que (si quiero y me apetece) puedo entender. Lo importante está aquí dentro, lo importante me habla con controlados movimientos desafiando al Parkinson, y mudos labios que lo dicen todo.
Nos hemos dado la mano por un momento y hemos paseado por la vida contándonos historias. Nada ha sido banal o prescindible, todo han sido emociones hechas gestos.
"Siento que no puedas escucharme, abuela. Tengo tanto que decirte, y me duele tanto que no puedas oírlo", me esfuerzo por hacerlo sentido, que sepa que es sincero y que se lleva una parte de mí en cada gesto.
"No te preocupes, cariño, te he escuchado perfectamente". Me dice que no escucha, pero siente. Que el aire es su aliado, y ese aire le impregna la piel y agita el corazón, y que qué mejor escucha que el latido de cada emoción, no?
Mi madre llama "que te quites los cascos ya!", leo. Vuelvo a reír, y vuelvo al mundo de ahí fuera, ese que para mí es ahora tan aislado y tan vacío, tan vacio de mi abuela, de mi amiga. "Hay que repetirlo", juego a mímica con ella, "cuando quieras", responde.
Y me voy a comer estando ya plena por dentro.
martes, 21 de junio de 2016
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