viernes, 23 de abril de 2010

El viejo que observaba las vías del Metro

Este en cuestión es un relato que he escrito para un concurso de "relato breve" en el Metro de Barcelona. No da para mucho 3500 caracteres, la verdad, así que no hay mucho para sacar, jajaj, pero bueno, es lo que hay.




-Tío, vaya fumada llevo, madre mía, ¡jajaja!.- Expresó mi amigo entre episodios de incontrolable tos.

Acompañé su desvarío post-fiesta con una entrecortada risilla, mientras dejé caer con torpeza todo el peso de mi cuerpo sobre la fría pared sobre la que se adhería el asiento de la parada de Metro.
Habíamos salido por una macrodiscoteca cercana a la parada “Marina”, y la noche había transcurrido igual que si emulara a la vida misma, rápida e intensa, fugaz como fugaz pasa el tiempo cuando estamos disfrutando.

Mi amigo se tumbó, de hecho, se durmió sirviendo su alma al hastío, yo permanecí vígile. Observé el rótulo de números electrónicos que se situaba localizado sobre mi cabeza, y me dispuse a esperar resignado 14 minutos largos que restaban hasta el paso del próximo metro.

La imagen de una persona en pie a pocos metros de mí desvió mi atención de la serpiente come-huevos de mi Nokia. Era Don Diego. Lo bauticé así por, el “Don”, por que denota señorío y elegancia, y para mí todo ser humano que pertenezca a la tercera edad lo presenta, salvo agrias excepciones, y el “Diego”, en honor a un buen amigo mío al cual hacía ya tiempo que no veía, aparte también por la razón anterior, ya que, “Diego”, siempre ha destilado letra a letra a través de la historia gotas de distinguido porte señorial. Digo que lo bauticé, ya que lo había visto a menudo en días pasados en esta misma parada, a horas circundantes a mi entrada al instituto. Don Diego siempre hacía lo mismo, colocarse al borde del andén en calidad de temerario y, acompañado de una falsa valentía, permanecer estático a que el metro finalizara estacionándose. Luego, respondiendo con educación a sucesivas muestras de cortesía ajena, expresaba en voz muy baja, “no, no, gracias caballero (o señora), no subo, me quedo aquí, muchas gracias por su ayuda”. Al segundo día de yo observarlo, caí en la cuenta de que Don Diego era ciego.

El caso es que yo pensé que era posible que Don Diego no permaneciera allí parado por el mero y simple hecho de estar, imaginé la posibilidad de que estuviera tejiendo recuerdos con hilos de dulce sentimiento, y que el viento que escupiera el vagón al pasar cercano a su rostro fuese la aguja con la que darle punzadas a su negro mundo.

Es posible que Don Diego recordará la zona de raíles, y que ahora, no tristemente ciego, sino fastidiado por encontrarse con las luces apagadas, identificará ese lugar con el Río Ebro en el cual combatió durante nuestra guerra (sí, nuestros abuelos dirían “nuestra” guerra, triste y cruel posesión). Me imagino a Don Diego cruzando el río, protegido a la vanguardia por muchos y protegiendo a otros tantos, héroes sin nombre, anónimos para los libros, recordados entre laureles para familias y amigos. Fue en esa batalla donde perdió ambos ojos, un explosivo estalló muy cerca de él cuando se encontraba agazapado en una trinchera. No perdió la vida, pero sí el poder sentir todo aquello que la conformaba, por ello, prácticamente estaba muerto, un cadáver deambulante.

También estoy seguro de que Don Diego recuerda el negro foso con melancolía, ya que en él le aconteció una desgracia. Fue allí donde años atrás su mujer, Lorena, a la que el nombraba cariñosamente “vida” (ya que para él todo eso era ella), le arrebató inconscientemente sus ganar de seguir adelante, le privó sin quererlo del goce de disfrutar cada día. En esos raíles, Lorena, sufrió un traspiés poco antes del paso de un vagón con sombra de guadaña. Después de ello, el mundo se cubrió de un velo negro para la pobre alma de Don Diego. También me atrevería a decir que fue aquí donde perdió la vista, pero sé que lo que en realidad pasó es que se le secaron los ojos de llorar tantas lágrimas.

Entonces mi colega me privó de la ensoñación.

-Tío, pero que empanada llevas!, vamos que viene el Metro.

Me levanté del asiento, retornado al descansillo de la realidad que es la plena conciencia. Despedí con la mirada (aunque él hacia mí no ejerciera reciprocidad) a Don Diego, y una vez en mi cama continué componiendo con notas imaginarias, la que pudiera ser la historia de Don Diego, el ciego que observa entre sueños las vías del metro.

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