jueves, 19 de agosto de 2010

Ensayo

El otro día me di cuenta del sentido de referirse a aquello de “magia en el ambiente”.

No sólo percibimos magia en el aura de un prestidigitador cuando hace brotar, como si de una semilla que germina en planta se tratara, a un blanco conejo de una negra chistera, colores contrapuestos y agitados de resultado peluchil al son de una, también mágica, varita. No sólo, añado, encontramos magia en una sala de partos, cuando tras múltiples oleadas (insufribles maremotos para la parturienta) de contracciones perfumadas con sangre, sudor , corte aquí, corte allá, “empuja-un-poco-mas-es”, desgarros y alteraciones de naturales constantes, todo ello circundando una placenta, se consigue producir el milagro de la vida. Magia, casi hechizo cuando una futura pareja establece primer contacto visual, magia que hace que sus pechos se acicalen punzantes y su pene corone cual bandera militar un nuevo territorio conquistado. Magia ante la reacción pilosa tras un solo de excelente piano, o de una afinada y precisa guitarra de agudas notas. Notas quebradoras de copas.

Magia cuando un padre acaba para siempre con la vida de aquel desviado (no desgraciado, ya que éste puede suscitar lástima o compasión) que violó sin tecla de rebobinado a su hijo púber.

Magia cuando hay perdón.

Lástima.

Apretón de manos.

Momentos antes de dar un abrazo. Reconciliación.

Cuando nos sentamos buscando el aislamiento para poder pensar de clara forma ante los pronombres:

“qué” sucedió (una tontería).

“porqué?”, porque merece la pena.

“quién”, porque eso sí merece la pena.

“cómo” y “cuándo”, cómo sea y cuánto antes.

Pero esa no es la Magia que me interesa ahora. La que me interesa la percibí el otro día en el báter, o mejor dicho, en el “retrete”

Antiguamente, el concepto de “retrete” no poseía el mismo significado que el que posee actualmente. Años ha, una persona se “retiraba” a una zona conocida como “retrete” cuando buscaba el camino de la inspiración, cuando quería pensar, evadirse o reflexionar, tal vez por aquel entonces saber qué cantidad de denarios debía pagar a su gobierno, o mentalizarse de que en menos de lo que cantaba un gallo debía andar a la guerra en pos de un futuro incierto entre la vida y la muerte.

Poco a poco, el concepto de “retrete” derivó al que albergamos actualmente en nuestros hogares, el de recinto cerrado (sea mejor así) donde desechar y librarnos de nuestras excretas e inmundicias a través de una combinada acción efectiva entre, una implacable marea de pulcra agua cristalina, y nuestra fiel escobilla de algo más que honrosa labor desempeñada.

El caso es que yo, y creo no ser el único, el otro día me “retiré” al báter a (16 líneas y 330 palabras para definir en Wikipedia el proceso de la defecación), cagar, y percibí solo en el momento de mi última contracción esfintérica de que no me hube dirigida a tal sacro lugar sólo para deshacerme de mis excretas. Fui a aquel lugar para pensar de una manera totalmente inconsciente. Casi autómata.

“Pensar como el culo”, “pensar mierda”… tal vez sean las más acertadas apreciaciones para una lógica reflexión, ya que si lo pensamos de cierta manera, tras la defecación nos libramos de “aquello que sobra”, aquello que puede sernos tóxico, heces y orina, nos desvestimos como si de un traje de dudoso corte se tratara de aquellas vestiduras que no nos sientan nada bien, estamos limpios por dentro, pulcros como tras una buena ducha con geles y sales aromáticas, es en aquel momento, cuando estamos “vacios” cuando debemos fijarnos en los azulejos.

Los azulejos de un baño SUELEN ser de color blanco, mas no el blanco opaco que tinta las ropas de los eclesiásticos, siendo también opaca su dudosa moral. Me refiero al blanco lacrimal, casi translúcido, que acompaña a una pupila emotiva y que deja atrás algo muy relevante, algo que altere para bien o para mal, los sentidos. Los azulejos son blancos ya que el blanco es el color de la serenidad, del equilibrio y la relajación, metáfora cromática del relax, una pausa “zen” que acompaña al arcoíris. El blanco es como la paleta de un prolífico pintor ancestral que un día decidiera imaginar los colores, que sobre inmaculada argamasa colocara un estrato rojo, uno verde, uno azul… así hasta conseguir que todo fuera un poco menos, ¿gris?, ya que siempre nos quedará la esperanza del verde, la pasión y fuerza del rojo que hace latir los corazones, o la enigmática del negro que envuelve una romántica noche. Entre otros.

La misión básica y humana que hemos impuesto al retrete es, eliminar nuestras escorias. Su misión encubierta, como si de un agente infiltrado se tratara, es encauzar nuestros pasos hacia la senda de la relajación. Y eso, es lo que buscamos cuando nos rodeamos de blanco.

Ahí, tenemos un poco de magia.

Hablamos de un lugar en el que aun a pesar de albergar nuestros restos, (y los expreso en tono vulgar para resaltar extremos) meados, mierda, escupitajos, sudor, sangre, pelos, tampones y sus restos, mocos, cera, pus, vómitos, caspa, semen, y demás desechos, aún a pesar de todo ello… nos permita adquirir relajación.

Y no son opacos, ya lo he dicho, ya que algo opaco no permite una contrapartida, un “feedback”. Sería como lanzar una réplica oral a un sordo que no sepa leer los labios, nuestra idea queda en el aire, sumida en aras de la gravedad, palabras voladoras que desconocen si su vida semántica acabará de forma estrepitosa contra el suelo, las letras desparramadas y su sentido diluído entre los baldosines, o si terminará confusa, desvalida y sin bastón, en los oídos, o peor, las orejas, de un oyente incierto. Tampoco son transparentes, casi peor esta premisa ya que, y pongámonos en el previo caso de nuestra idea vocalizada, ante una superficie transparente nuestra frase quedaría en saco roto, huérfana, volando completamente inadvertida ante nuestro interlocutor, que, fuera por la razón que fuera, no repararía en nuestra pobre idea X. ¿Qué resulta menos trágico para nuestra desgraciada conversación, ser dudosamente captada, como si de un móvil con precaria cobertura se tratará, o simplemente no ser escuchada, y valga esta comparación, resultar inocua como si de una patología para la cual inmunidad se posea.

Los azulejos son translúcidos para permitir reflejarnos en ellos y pensar, expresarnos aquel problema o circunstancia que canse nuestro cerebro o presione nuestro corazón. Nos permiten, una vez liberados de nuestras “cargas”, afrontar el otro peso, el moral, buscar el “qué” hacer. Es un momento de recogimiento puro.

Como el blanco impoluto.

Más de 1000 palabras para expresar la magia. Otro tipo de magia. Pero magia al fin y al cabo.

No hay comentarios: