A esa tardía hora de la madrugada, cuando todos los humanos duermen y es únicamente el suave murmullo eléctrico de las farolas, el que se atreve a quebrar el silencio, a esa hora, es cuando las casas hablan:
-“Maldita sea mi vida!, primero fue la Carnicería y ahora le ha tocado al Cine. Desde luego, espero que los humanos sigan conduciendo coches. Que me aspen que el próximo pueda ser yo!.” - Exclamó furioso el Taller, mientras limpiaba su metálica puerta con una bayeta aún más sucia que la propia puerta.
-“Sí, Taller, tienes toda la razón. Una lástima. Una gran pena que se nos haya ido el Cine. Recuerdo que una vez, él y yo, vimos hace ya muuuchos años una película muy bonita, “Siete novias para siete hermanos” se llamaba. Yo era joven por aquel entonces, y me gustaba mucho cantar, bueno, siempre me ha gustado cantar, aunque reconozco que nunca lo he hecho demasiado bien, la verdad.” - Dijo la Guardería mientras miraba pensativa el cielo plagado de estrellas, y se perdía ella sóla en la inmensidad.
-“Siempre has cantado muy bien, Guarde (Taller le llamaba así en tono cariñoso), si yo no tuviera esta voz tan ronca y hablara de manera más correcta y educada, me hubiera gustado hacerte los coros, pardiez.” - Dijo el Taller esbozando una agradable sonrisa que contrastó con su áspera fachada.
-“Todo está mal, todo está perdido… a las pruebas me remito, amigos. El Cine siempre me produjo una sana melancolía, ahora que él ya no está, tan sólo es la tristeza la que me embarga y atonta mi lento pasar en esta vida. Cuándo nos llegará tan desdichado momento amigos míos, quién sabe quién será el siguiente?, porque sabéis que esto no ha hecho más que empezar, tan sólo contemplad las anexas calles…todas ellas vacías, desiertas, frías como tumbas, rehuyendo cualquier atisbo de contemplación humana…” - Comentó la desdichada Funeraria.
-“Fune!, joder, agorero, eres un agorero!, contigo sólo parece que nos sucedan desgracias. El Cine era ya muy mayor, cada vez lo visitaba menos gente… y se quedó sólo, enmudeció, maldita sea!, y ya sabes lo que nos pasa cuando enmudecemos, que desaparecemos, “cerramos el telón”, como bien hubiera dicho él.” - Respondió nuevamente enfadado el Taller.
Pero la Funeraria, debido a su carácter, hizo caso omiso de las palabras del Taller, y siguió a sus labores, el trenzado de coronas de flores, y el dibujado de epitafios al son de una lánguida melodía que sólo el sabía llorar en vez de cantar. Y que por cierto, tarareaba realmente bien, siempre triste, pero bien.
Al final de la calle se oyeron lloros infantiles. Era la Juguetería, que se había enterado que el Cine ya nunca más volvería a proyectar ninguna película para niños, “porqué, porque?, porqué se ha tenido que ir, mamá? (la Juguetería llamaba “mamá” a la Guardería debido al carácter maternal de esta última), era mi amigo, ahora que voy a hacer yo?, dónde voy a ver películas de dibujos –sollozaba mientras saladas gotas de tristeza recorrían sus tersas mejillas- tendré que ver una y otra vez los dibujos que los niños cuelgan en mis paredes, nunca más veré nada distinto…”. La Guardería aclaró aquellas lágrimas infantiles mientras entonaba una pausada y calma canción sin letra.
-Vecinos, buenas noches a todos – era el ayuntamiento, siempre serio, siempre recto y estricto, a opinión de la pequeña Juguetería, siempre aburrido- quería ante todo comunicaros, como ya os habréis dado cuenta, el cierre de nuestro querido Cine.-
Todas las casas interrumpieron sus tareas para escuchar al Ayuntamiento, salvo el Taller, que siguió limpiando su puerta metálica (nunca había sido muy amigo del Ayuntamiento debido a diferencias políticas) y el viejo Geriátrico, que no oía por “cosas de la edad”, aunque escuchaba más de lo que parecía. “Don Gere –se dirigió la Guardería al viejo edificio- que está hablando el Ayuntamiento, escuche, escuche, que va a decir algo importante.
-Taller, estoy hablando, quieres escucharme?- el Taller, por no llamar nuevamente la atención sobre su persona, interrumpió aquello que estaba haciendo de provocativa manera-, me veo en la obligación de comentaros algo. Bueno, ya sabéis, los desarrollos tecnológicos del ser humano, Internet, y la posibilidad de visionar filmes en la propia casa sin necesidad de realizar el pago monetario habitual, hizo que, finalmente, ya sabéis todos… se fuera apagando. Lamento en el alma que un vecino tan carismático como él, y que tantos buenos momentos nos proporcionó durante largas noches de invierno se haya ido para siempre, lo siento mucho, pero ninguno de nosotros pudiera haber hecho nada, para ellos es siempre el dinero quien manda, ya lo sabéis.-
Todas las casas se silenciaron. Todas miraron el frío asfalto que compartían, como si el suelo pudiera ser el lugar donde todos ellos estamparan un profundo pésame que perdurara con el tiempo. Cada uno de ellos observó a través de sus propios ventanales el oscuro del cielo, pensando que alguna de esas estrellas fuera la lente del Cine que allá en la inmensidad estuviera reproduciendo una muy buena película. Una película que ahora estarían disfrutando otras afortunadas casas allá arriba, allí donde el tiempo les acogió hace ya mucho tiempo.
El Ayuntamiento prosiguió.
-“Quisiera comentaros también algo más. Es una buena noticia en este caso. Mañana comenzará el traslado a nuestro barrio un nuevo vecino.- Más de un aliento cortado se escuchó a lo largo de la corta avenida, y muchas de las casas se mostraron interesadas en preguntar y sonsacar más información al Ayuntamiento. Varios grupos de Viviendas comunes estallaron en preguntas al azar y comentarios varios, como palomitas explotando en la sartén: “quién es?, cuándo llega?, dónde se instala?, tú siempre igual, preguntando la primera, no, tú, siempre quisiste llamar la atención Atico, como estás en las alturas, no, no es verdad, maruja, cotilla, por eso eres la portería”…y durante unos segundos que devoraron la paciencia del Ayuntamiento la calle se llenó de reacciones varias: afecto, negativa, duda, excitación, rechazo… La calle era un hervidero, no era para menos, dos grandes e impactantes noticias habían turbado en poco tiempo la tranquilidad de aquella poco concurrida calle.
-“Por amor de Dios, Viviendas!, callaos un poco, por favor!, nunca supisteis hablar de una en una, y nunca lo sabréis hacer.- expresó enojado el Ayuntamiento. Pocas veces su carácter templado se veía quebrantado. Sólo las Viviendas conseguían sacarle de quicio con sus palabras, sus chillidos y sus quejas casi siempre de naturaleza poco infundada.-“No puedo deciros a ninguno nada, básicamente por el hecho de que no sé quién va a venir ni a qué se dedica. Sólo se, por lo que me concierne y por el hecho de que los humanos encargados trabajan en mí, que se instalará en el lugar donde residía nuestro Cine.-
Entonces fue cuando el Taller decidió expresar su rechazo:
-“Mira, Ayunta (le llamaba siempre así en tono despectivo. El Ayuntamiento no soportaba los apodos, y mucho menos si un individuo de baja clase social como el Taller era el que se los dirigía)… un individuo de tu calaña que se relaciona con políticos, constructores, banqueros y gente del ramo no va a conseguir borrar la memoria de una casa tan respetable como fue, ¡es!, nuestro cine… por encima de mi hormigón que te vamos a permitir construír sobre tan destacable autoridad, o todos pensáis como él?- y se dirigió inflado de emoción al resto de vecinos.
-“Taller, sabes perfectamente que yo no tengo voz ni voto en la decisión, son los humanos los que deciden, lo siento”.
La licorería, que en ese momento y debido a las noticias, hubo recobrado un poco la sobriedad, le dijo en baja voz al Taller con pastoso entonado: “amigo, sabes que no me gusta darle la razón a este tipo, pero cierto es, y tú lo sabes, que ahora por desgracia tiene razón” –miró con complicidad a su amigo Taller y, sin dejar de atender al tema de conversación hablado, abrió una botella de verde absenta (“Proud of Amsterdam”, rezaba elegantemente caligrafiado en la etiqueta).
El Taller reflexionó las lúcidas palabras de la Licorería y se calmó… “que sepas que estoy totalmente en contra!”, espetó. Si hubiera tenido dedos, el Taller hubiera levantado un índice en señal de amarga contrariedad.
-Sólo os pido que seáis lo más corteses posible. Es un nuevo vecino. El, o ella, no tiene culpa de nada de lo que ha pasado, ni de que se vea obligado a instalarse en tan memorable espacio. Sed, y sé que lo seréis, lo más educados posible. Gracias. Yo, por mi parte me retiro, ya que mañana por la mañana a primera hora acuden los encargados de la obra. Buenas noches vecinos, y descansad.
El Ayuntamiento cerró sus puertas y ventanas, y se refugió a descansar entre almohadas de formularios, normativas y leyes de conducta varias.
-Una nueva casa?, esto no puede llevarnos a nada bueno, seguro que se limitan a construír más viviendas que luego, por desgracia, siempre desgracia, quedarán vacías. La gente no puede costearse una casa particular con los tiempos que corren. Todo, todo está mal- lamentó una vez más la funeraria. Y nadie le hizo caso, ya que todo el mundo estaba acostumbrado a sus funestas declaraciones “es su carácter, tenemos que entenderle. Es así”, explicaba la siempre comprensiva Guardería, defendiendo tal lúgubre casa.
-Que ha dicho qué? –preguntó atropellado, y de sopetón, el viejo Geriátrico, como si de un antiquísimo sueño hubiérase despertado-, no le he entendido bien, sea lo que sea… me niego!, nunca me han gustado los humos de ese joven prepotente capitalista. Y volvió a refugiarse en el plácido sueño del cual previamente le habían despertado.
La tienda de Antiguedades pidió cortés permiso para hablar, más que para hablar, para dialogar, acorde a sus modales:
-Vecinos, permitidme que os dirija unas palabras. Trataré de ser breve y claro, pero ante todo breve –subrayó- , ya que no deseo consumir vuestro escaso tiempo escuchando una larga perorata por parte de mi persona. Sufro y padezco en estos tristes momentos, como todos vosotros y vosotras, de una pérdida que me aflige y me trastorna. Me llena de vacío… -observó a sus oyentes con reflexiva y perdida mirada-. Recuerdo buenos momentos, si señor, cuando el Cine desempolvaba, exclusivamente para mí, viejas bobinas y cintas filmográficas. Gracias a él pude ver aquellas películas de cine mudo que tanto me gustan, “La quimera del oro”, “Metrópolis”, “Nosferatu”!… qué miedo pasé las primeras noches imaginándome la larga sombra del Vampiro haciendo crepitar los goznes de mi puerta. Son películas que los más jóvenes del lugar nunca siquiera habrán oído, pero bueno, ya conocéis mis retrógrados gustos, para qué voy a engañaros?.
Es una pérdida que mucho vamos a tener que lamentar y llorar, me uno por ello al dolor y funesto pensar de nuestra estimada Funeraria… pero, y permitidme que vaya un poco más allá de mi arcaico pensamiento, pienso que un nuevo vecino podría proporcionarnos algo más de vida a este, nuestro vecindario. Os lo digo yo, no debemos anclarnos en el pasado, y os lo comenta una casa que todavía se deleita haciendo girar discos de carbón en gramófonos, y vendiendo objetos de principios de siglo tales como candelabros o viejos sinfonieres. Tan sólo, démosle una oportunidad a este nuevo edificio, por favor.-
La Tienda de Antigüedades ajustó la ventana de la puerta de entrada a modo de monóculo, y observó a su audiencia como esperando una réplica. Y la encontró, si señor, pero a modo de silencio reflexivo.
Hasta las Viviendas se unieron al ensordecedor mutismo que lleno la avenida, interrumpiéndose así su estridente canción sin pentagrama.
Si la carencia de palabras pudiera transfigurarse en agua, sería un torrente el que hubiera inundado todos los rincones de aquel plácido rincón del mundo, empapando con gotas de pensamiento todas y cada una de aquellas almas enladrilladas.
La Guardería quebró el silencio con tono pausado:
-Creo que todos y cada uno de nosotros deberíamos irnos a descansar, cierto?, sabéis que el momento en el que mejor uno reflexiona, es cuando se arropa en si mismo y se entrega al sueño. Amigos, nos vemos mañana. Descansad.-
Y fueron tan ciertas sus palabras, y tan cerrada era ya la noche, que todas las casas decidieron al unísono girar su personal cartelito de bienvenida, “Cerrado”, se leía en sus fachadas.
Y las casas, entonces, soñaron:
El Taller soñó que el nuevo vecino pudiera ser un elegante y moderno Concesionario de coches. Un lujoso espacio abarrotado de potentes balas italianas y tecnológicos bólidos japoneses. Por fin un compañero auténtico con el que dialogar acerca de motores, bujías, y caballos de velocidad!. Se construyó en su espacio onírico un lugar blanco, brillante, reluciente. Como un diamante en bruto salpicado de reflejos en torno al sol. Reflejos amarillos y rojos Ferrari, ¡brutales carrocerías!, sonrió el Taller mientras roncaba.
La Guardería soñó con una Escuela. Qué mejor opción la de edificar una escuela para los niños!. No había escuela en aquel pequeño pueblo, los niños tenían que depender de un autobús para recibir educación en el pueblo más próximo, y, lógicamente, un edificio de tales características sería lo más viable para tales circunstancias. La Guardería soñó con niños pintarrajeando sus paredes, describiendo sus imaginarios viajes, y explicando imaginativos “que-quieres-ser-de-mayor” con témperas en blancos folios. De ahí, se trasladarían a la escuela, para hacer realidad sus sueños.
La Guardería hizo mecer los rosas columpios de su jardín, y con el ligero chirriar de sus pequeñas cadenas se puso a descansar.
Las Viviendas soñaron, pues eso, con otras Viviendas amigas con las que poder charlar y cotillear de asuntos varios. Soñaron con tendederos y patios comunes, compartiendo pinzas de ropa y chismorreos poco fundados. Soñaron con vecinas parlanchinas con las que llenar de palabras los aburridos vacíos del mediodía durante la siesta, cuando el Sol pega fuerte en Verano y ni las lagartijas se atreven a deslizarse por sus paredes.
También las Viviendas consiguieron dormirse y pausar por unas horas su particular contruír del día.
La infantil Juguetería, tras el sofoco de saber que nunca más iba a poder ver películas, fue de las primeras casas en dormirse. No obstante, soñó con que el Cine no iba a desaparecer, sino que en realidad, ¡iba a ser reformado!. Se imaginó un Cine nuevo, enorme!, con espléndidas butacas de terciopelo y realistas estatuas de personajes de películas en la entrada. Qué quieres que veamos hoy, guapa?, le preguntaría el Cine, que no iba a ser un nuevo cine!, se reafirmaba en su idea durante el sueño, iba a ser el mismo, pero con un proyector nuevo, de alta calidad, donde pudiera colocarse gafas de esas de 3D para ver a sus héroes preferidos mucho más cerca, casi tocándose mutuamente las manos, de la misma manera que él le tocaba ahora mismo el corazón desde las alturas. Ese iba a ser el nuevo Cine para la Juguetería.
Hasta la Licorería soñó, embriagada por el Hada Verde de la absenta. Por su parte, se imaginó que el nuevo vecino iba a ser una Discoteca. Sí, sí, un elegante y muy chic, bar de cócteles, dónde los muchachos más elegantes, y las chicas más guapas pudieran ir a pavonearse unos delante de otros, exhibiendo ropas caras y peinados estrambóticos. Eso sí sería bueno!, pensó la Licorería. O porqué no?, un auténtico Bar de Rock!, poblado de moteros donde la cerveza y el whisky corrieran a raudales al ritmo de AC-DC o Iron Maiden. Se imaginó que vendría gente de otros pueblos y ciudades lejanas para ver muy buenos conciertos de Rock y Heavy Metal. Eso sí que realmente molaría, soñó la embriagada Licorería.
La Funeraria, por su parte, se imaginó en el lugar donde antes se colocaba el cine, un fastuoso Cementerio… qué iba ser sino?. Grandes mausoleos, impresionantes criptas, tétricas fosas comunes, blancos crisantemos adornando las esquinas… todo esto le vino a la cabeza a la Funeraria. Comentaría tristes historias de pesar y desgracia con el Cementerio, y se vería respondido con melancólicos argumentos relativos al “porqué de que todo esté tan mal y de que no podamos hacer nada por evitarlo”. Eso sí le gustaría a la Funeraria.
Y la paradoja, es que todo este negro y funesto pensamiento que se marcaba en su mente como un obituario en una lápida, hizo que, desde hacía mucho tiempo que no sucedía, la Funeraria volviera a sonreír.
Y bueno, sólo queda decir que el resto de casas del vecindario, todas y cada una de ellas, arropadas por un común sueño, se imaginaron al nuevo vecino que estaba por llegar, fuera como un amigo, un compañero, alguien con quien compartir gustos, opiniones y pareceres, o como, simplemente, alguien que se instalaba ahí, observando, como todas las demás casas habían hecho durante tanto años, el suceder de una estación tras otra y el cambiar de un inquilino por otro en sus interiores…
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