Del ensimismamiento en torno a una voluta de humo, me saca un quejido lastimero y una larga sucesión de improperios hacia mi persona: "cabrón, ¡viejo cabrón!, qué me has hecho?, suéltame, hijo de puta"...
El bastardo yace en el suelo atado de pies y manos en torno a un poste de madera. Al estar legado en torno a dicha columna, sólo puede girar y girar, sirviéndole sus pataleos como única brújula de un torpe y espasmódico reptar.
No digo todavía nada, sólo le observo:
Veo un cuerpo indefenso que se encuentra asustado, como si se encontrara fuera de su medio o hábitat natural. Al ser todo en torno extraño, reacciona de manera violenta como diciendo "aléjate de mí, puedo hacerte daño, no me toques", pero sólo es un mecanismo de autodefensa. El miedo nos hace generar tal reacción solamente para impresionar... como un arma pacífica de suplica.
Tras su perorata de agravios llega la sumisión. Ya no hay nada que ocultar, ya no tenemos coraza que nos proteja ante un superior ataque, sólo nos queda rendirnos y mostrar pleitesía: "qué quieres?, que te he hecho yo?, quieres dinero?, te daré dinero?, que he hecho?, por Dios"...
Todo ser humano, creyente o ateo, pone de manifiesto a Dios cuando no encuentra otra salida posible, cuando se encuentra indefenso. Suplicamos ayuda a Dios aunque no creamos en Él, como si de golpe y plumazo nos hubiéramos convertido en el más devoto de los creyentes.
"De tí no quiero nada" - le digo. Y aspiro profundamente masticando neuronas para facilitar el proseguir de mi discurso - "Sólo querría una cosa, pero todavía no eres capaz de resucitar a los muertos, verdad?, aun no eres capaz de engañar al tiempo.
El cabrón me observa con ojos de vidrio, como intentando arañar la superficie de mis palabras y llegar así al germen de las mismas. Tras unos instantes de balbuceo e infantil lloriqueo, su mueca de desespero pasa página hacia un capítulo de inesperada sorpresa: "no, no, yo no he hecho nada... yo no he hecho nada, yo no toqué a esa niña".
"Yo no te he mencionado a ninguna niña" - le digo, y observo cómo la gris ceniza de mi cigarro flota hacia el suelo. Mi alma también flota, porque ya todo le da igual.
"No me hagas nada, por favor, no, no, yo no he hecho nada, ¡nada!".
La última "a" resuena cíclica en torno al sótano, como si de una cascada que va a dar al mar se tratara. El volumen y la intensidad crecen a medida que el torrente fluye. El hombre grita cuando apago sucesivas veces, y con terrorífica tranquilidad, como si de un acto rutinario se tratara, el cigarro en varios puntos de su cuerpo.
Mancho sus mejillas, uno de sus antebrazos e incluso me deleito apagando finalmente el cigarro en uno de sus azules ojos. Luego tiro la colilla a un rincón y vuelvo a sentarme en la podrida silla de madera, a contemplar el espectáculo como si de una representación teatral se tratara.
Parece que el vocabulario del cerdo no mejora bajo presión. Sigue escupiendo palabras prohibidas alternadas con húmedos monólogos de redención. Se permite incluso el lujo de amenazarme. Palabras vacías carentes de base en tal situación.
He apagado el cigarro en varios puntos de su cuerpo como hizo él con mi nieta. La quemadura es mucho más sobresaliente y dañina para la vista en un cuerpo de 7 años, mas que nada por el mero hecho de que el tamaño corporal es mucho menor, así como la capacidad de cicatrización. Las fotos que me mostró la policia focalizando sus quemados miembros dañan la vista, sí, pero el resultado es mucho más agresivo para mi alma, que ve como toda humanidad queda cercenada y violada de un único y agudo tajo.
"Sabes?" - me expreso casi como recitando una lección aprendida - "tengo 75 años. Soy asmático y tengo problemas de corazón, cosas de la edad, evidentemente. Voy a ir a la cárcel, eso ya lo sé, de hecho, están viniendo. Como te he dicho, tengo 75 años. He vivido, he querido, he viajado y he cumplido sueños, he pasado penurias y poco a poco he ido creciendo, ahora sólo soy un viejo que ve la televisión, cuida sus rosales y come los Domingos con su familia. He llorado, te he dicho que he llorado?, bueno, también he llorado por circunstancias que nunca deberían haber sucedido. Una enfermedad, un accidente... son circunstancias que pueden suceder, mera probabilidad, pero una violación, compañero, eso es un acto despreciable que nunca debería suceder.
Creo en la Justicia, ¡y la respeto!, desde luego, la policía es necesaria, así como la cárcel y sus condenas, pero a veces es tan lenta y falla tanto. Así que, no tengo intención de que el raciocinio de otras familias se pierda en el olvido o la locura por tu culpa. No quiero más violaciones por tu parte.-
Tengo la frente mojada. Me la seco con el dorso de la mano aunque, para prevenir, saco un pañuelo con objeto de tratar el manar derivado de mis cercanas e insanas acciones.
Vuelvo a respirar profundamente y, como si de un robótico miembro se tratara, mi brazo derecho recoge la escopeta apoyada, y cargada, en la pared. Apunto a sus partes y escupo un "eh" hacia el desdichado, para que levante la cabeza de donde la tiene enterrada y mire directamente al rostro de la desesperación. "No!", dice en voz muy baja, pero tan baja que mis dedos no le escuchan y el gatillo baila dos veces. La compasión también es sorda.
El retroceso me hace tambalear y casi me tira de la silla, pero el grito agónico derivado del impacto de los cartuchos en sus testículos, me motiva a seguir adelante con mi reprochable actividad.
El asqueroso se encoge como si de un feto bañado en placenta se tratara. Intenta paliar el dolor con encogido movimiento, como si tal acción le pudiera privar de dicha agonía, pero eso nunca pasará. El dolor se prolongará durante breves minutos hasta que yo le reviente la cabeza de dos nuevos disparos, mientras tanto, y si Dios lo permite (vuelvo a remitirme a Dios como forzado canalizado) esta persona sufrirá lo indecible, y yo, ejerceré como personificado tribunal para que dicho veredicto se cumpla.
Lo que debe quedar de sus partes sangra en torno a sus piernas, y cantándole a la gravedad, tinta de vermellón color el suelo de parquet.
No son fuertes piernas de hombre que sangran, son cortas extremidades de niña manchadas por sangre, sudor, semen y posteriores lágrimas. No es un pene arrancado por dos disparos, es una vagina sin desarrollar destrozada por un desgraciado que quería dar rienda suelta a pervertidos impulsos. Tampoco es un hombre que llora sufriendo lo indecible, es una pobre y blanca alma que se escapa de un cuerpo de manera muy violenta. Es una tragedia, un lamento infante en espiral que se repite en mi cabeza durante 24 horas de diario sufrimiento. En mi cabeza. Y en la de sus padres, que no saben todavía cómo afrontar el día a día. Es una madre que sólo se sienta delante del televisor, toma antidepresivos y llora cuando el efecto se dispersa entre tazas de café. Es un padre que intenta tirar de una destrozada familia forjando un futuro que intenta crear "normal", pero que pronto acabará por estallar con impredecibles consecuencias. Es un hermano mayor que nunca podrá compartir trastadas con una hermana por la cual hubiera dado su vida.
Este despojo, esta mierda que nunca debería haber contaminado el aire que yo respiro, nos ha privado de tantas Navidades y cumpleaños, nos ha robado una graduación de instituto y ha borrado de nuestras vidas un novio que hiciera feliz a nuestra niña. Todo eso, este mierda nos lo ha quitado vilmente por mera respuesta a un indigno y cobarde acto de superioridad.
Creo en la Justicia he dicho antes, pero la mía de ahora es mucho más justa, y sé que nadie me lo va a reprochar.
El cerdo sigue sangrando. Noto ansiedad en mi pecho, suelto la escopeta y saco el inhalador. Tomo 3, 4 y los necesarios vapores que mis ancianos pulmones necesitan para afrontar una estresante situación como esta.
Mientras ese "hombre" intenta agarrarse a la vida con innecesarias súplicas, intento reflexionar todo lo racionalmente que puedo, todo lo que mi afectada cordura me permite.
Este acto lo he realizado de manera orquestada: el entrar en su casa pidiendo ayuda, el sedarle de discreta manera y atarlo al poste, así como la posterior tortura y futura muerte. Todo venía planificado de antemano de la misma manera que seguimos una receta de cocina garabateada en un papel. Intenté imaginar algo así como una liberación cuando viera a este ser humano sufrir, pero para mi sorpresa no he percibido tal impía sensación, nada más lejos de la realidad, no he sentido placer, así como tampoco he sentido pena o lástima, la sensación derivada es inquietante ya que... no siento nada. Sería capaz de realizar otra vez tal cadena de punitivos actos sin sentir remordimiento ninguno?, tan cerca se encuentra mi alma (a la cual creía limpia) del alma de este despojo?, es posible que sí, y que por ello mi lugar también se encuentre en prisión, ya que no sólo se es pecador de acto, sino también de conciencia.
En torno a mis pensamientos, las sirenas de policia bailan como ratas orquestadas por una mágica flauta de Hamelín. Ya no hay marcha atrás, a decir verdad, nunca la hubo desde que este inmundo ser posó sus pervertidos ojos en la flor de mi niña.
Este asqueroso que me ha privado de amaneceres, y del más delicado de los "adioses", de ese último susurrado momentos antes de que yo me vaya al otro mundo.
Los días ya no amanecerán nunca más para mí, linda rosa, ahora es ya un sólo y único día encapotado de negras nubes.
Vuelvo a agarrar la escopeta y vacío nuevamente dos gruesos cartuchos en su asquerosa cabeza.
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1 comentario:
Me encanta como escribes :)
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