miércoles, 28 de octubre de 2015

Colaboraciones (II)




-Déjalo, déjalo en paz, cariño, no le molestes- agarra del pequeño brazo a su hijo, y lo encamina en dirección opuesta a la estela de su mirada.

"El loco", "el tonto", "el raro"... tantos apelativos, y tanto resquemor entre consonantes y vocales. A él le gusta más "el amigo de las palomas". Le bautizó de esta manera uno de esos pobres que duerme entre periódicos, agazapado entre la indiferencia de las gentes impersonales, cobijado por el vaho que deja el frío.

El amigo de las palomas pasa las tardes sentado en un banco, siempre el mismo, como si el escape de su obsesiva rutina le pudiera ocasionar un equívoco en el alma, o un camino erróneo de vuelta a casa, que quizás fuese peor.

Se sienta en el banco y, como si del rey de la selva se tratara, todos los animales (sólo palomas, no exageremos) se congregan en torno a él- "qué tal estás hoy?, y qué has hecho?, todo bien en casa?"- le preguntan ansiosas, llenando el aire de burbujas como si de un ancho mar se tratara, como si de las voces que pueblan un mercado habláramos.

Lógicamente (incluso para él, en su mundo lógico tachonado de excentricidades) no les entiende, pero éso no le desanima y, educado, responde con cándido semblante, con ingenua mirada.

Todos le conocen, le ven, y le evitan. Conocer-ver-evitar. Como un protocolo a seguir, como un amor verdadero que deba ser.

A nadie le interesa los charcos de sus ojos, o el rumbo que su barco debería haber tomado si la Tierra, y la vida, no se hubiera parado en aquella carretera. Aquel instante en el que la nada empezó a cobrar fuerza y sentido.

Mientras tanto?, mientras tanto da de comer a las palomas.

lunes, 5 de octubre de 2015

Colaboraciones (I)



"Deckard, cómo has llegado aquí, y exactamente de qué estás escapando?", se preguntó.
Un atisbo de duda planeó vagamente sobre su conciencia, errático cual Domingo vago, "y sí realmente no estuviera escapando, si no acosando?".


La investigación le estaba casi consumiendo, no sólo física, sino también anímicamente. Su alma?, quemándose lentamente como los cigarros que compulsivamente estaba volviendo a fumar. La esperanza de encontrarla nuevamente?, escasa, corta, reducida como las colillas que poblaban todos y cada uno de los ceniceros de su apartamento.

Se adentraba poco a poco en la tienda del viejo Lao. Un lugar demencial, plagado de cachivaches, curiosidades, y también antiguedades. Un oasis de caos entre el orden establecido. El lugar perfecto donde comprarle el regalo perfecto, a la exnovia perfecta, que todavía te está jodiendo la vida, sí, la vida que antes considerabas perfecta.

Corría cortinas de tanto en tanto, esas cortinas rojas tan típicas de los fumaderos de opio. No era un fumadero, no era un agujero rojo encandilado por asiáticas meretrices de ojos rasgados, sólo era un establecimiento viejo, desvencijado y sobre todo solitario. Deckard siempre fue un hombre solitario, por eso se hizo detective, para trabajar sólo, y casi cuando le viniera en gana, pero esta vez, sólo esta vez, hubiera pagado en oro el equivalente de su miedo latente con tal de abandonar temporalmente esta viciosa soledad, esa soledad helada, esa que nos cala los huesos sin que se rompan las nubes, y que nos advierte como un sentido adjunto, más lejano que el famoso sexto, que no estamos tan solos como creemos.