-Déjalo, déjalo en paz, cariño, no le molestes- agarra del pequeño brazo a su hijo, y lo encamina en dirección opuesta a la estela de su mirada.
"El loco", "el tonto", "el raro"... tantos apelativos, y tanto resquemor entre consonantes y vocales. A él le gusta más "el amigo de las palomas". Le bautizó de esta manera uno de esos pobres que duerme entre periódicos, agazapado entre la indiferencia de las gentes impersonales, cobijado por el vaho que deja el frío.
El amigo de las palomas pasa las tardes sentado en un banco, siempre el mismo, como si el escape de su obsesiva rutina le pudiera ocasionar un equívoco en el alma, o un camino erróneo de vuelta a casa, que quizás fuese peor.
Se sienta en el banco y, como si del rey de la selva se tratara, todos los animales (sólo palomas, no exageremos) se congregan en torno a él- "qué tal estás hoy?, y qué has hecho?, todo bien en casa?"- le preguntan ansiosas, llenando el aire de burbujas como si de un ancho mar se tratara, como si de las voces que pueblan un mercado habláramos.
Lógicamente (incluso para él, en su mundo lógico tachonado de excentricidades) no les entiende, pero éso no le desanima y, educado, responde con cándido semblante, con ingenua mirada.
Todos le conocen, le ven, y le evitan. Conocer-ver-evitar. Como un protocolo a seguir, como un amor verdadero que deba ser.
A nadie le interesa los charcos de sus ojos, o el rumbo que su barco debería haber tomado si la Tierra, y la vida, no se hubiera parado en aquella carretera. Aquel instante en el que la nada empezó a cobrar fuerza y sentido.
Mientras tanto?, mientras tanto da de comer a las palomas.