"Deckard, cómo has llegado aquí, y exactamente de qué estás escapando?", se preguntó.
Un atisbo de duda planeó vagamente sobre su conciencia, errático cual Domingo vago, "y sí realmente no estuviera escapando, si no acosando?".
La investigación le estaba casi consumiendo, no sólo física, sino también anímicamente. Su alma?, quemándose lentamente como los cigarros que compulsivamente estaba volviendo a fumar. La esperanza de encontrarla nuevamente?, escasa, corta, reducida como las colillas que poblaban todos y cada uno de los ceniceros de su apartamento.
Se adentraba poco a poco en la tienda del viejo Lao. Un lugar demencial, plagado de cachivaches, curiosidades, y también antiguedades. Un oasis de caos entre el orden establecido. El lugar perfecto donde comprarle el regalo perfecto, a la exnovia perfecta, que todavía te está jodiendo la vida, sí, la vida que antes considerabas perfecta.
Corría cortinas de tanto en tanto, esas cortinas rojas tan típicas de los fumaderos de opio. No era un fumadero, no era un agujero rojo encandilado por asiáticas meretrices de ojos rasgados, sólo era un establecimiento viejo, desvencijado y sobre todo solitario. Deckard siempre fue un hombre solitario, por eso se hizo detective, para trabajar sólo, y casi cuando le viniera en gana, pero esta vez, sólo esta vez, hubiera pagado en oro el equivalente de su miedo latente con tal de abandonar temporalmente esta viciosa soledad, esa soledad helada, esa que nos cala los huesos sin que se rompan las nubes, y que nos advierte como un sentido adjunto, más lejano que el famoso sexto, que no estamos tan solos como creemos.
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