martes, 18 de agosto de 2015

Tan cerca

A esa hora temprana de la mañana, cuando los párpados desconchan el suelo a modo de raíl, la gente se dirije a sus lugares de trabajo.

"-1"
Indica el rótulo iluminado del ascensor que, por mágico arte, el vagón del metro escupe todos los días y a la misma hora.

Bajo cero, como mi estado de humor ahora presente.
Negativo, como el positivismo que compartimos observando la metalizada y fría puerta de doble hoja.
Menos uno, como los días restantes para despedirnos de la pala y la tierra. Polvo al polvo.

y también es el piso en el cual ahora me encuentro.

Las puertas se abren y nos introducimos todos en un recinto que se acopla a nuestras figuras, todos juntos conformamos un cuadrado. No existe gente delgada, gorda, ni atlética, ni tampoco excesivamente delgada, gorda o atlética, al final todos nos acoplamos a un recinto cuadriculado, como una sola alma con cuatro vértices que empieza y acaba, lineal, como nuestras vidas (pero eso es otra historia)

Lá musica de mis altavoces me abstrae. Es un poder que siempre he albergado, el de la abstracción por medio del guitarreo, capaz de elevarme a las alturas cual viaje psicotrópico, o de portarme derecho a la tragedia al no observar un semáforo confidente... opto por lo primero.
Desde arriba observo aquello que me permite visualizar la cámara. Y sólo veo ratas.
Ratas blancas, concretamente, sí, de esas de laboratorio que, en un laberinto constrúido por una mente más desarrollada, van de un lado a otro buscando un punto B tras haber abandonado otro punto A. No saben bien a dónde van, sólo siguen su instinto, o bien el olor a queso. Nosotros hacemos lo mismo, pero en vez de queso tenemos un sobre con dinero, y en vez de un camino rectilíneo, uno lleno de baches de desgracia, de felicidad, de instintos y consecuencias vitales, de experimentación,de sexo, de procreación, de muerte...

En todo eso pienso mientras el tiempo y la vida me llevan del punto -1 al 0.

Entonces, con esfuerzo empujo mis ojos hacia el mundo consciente, como una de esas máquinas que arrancan trozos de pavimento viejo para reemplazarlo por nuevo. Y entonces veo la vida.

Son 6 segundos y algunas décimas, milésimas, y diezmilésimas, nada en el egoísta mundo material, pero todo en el otro mundo, en ese que hasta ahora creía deshabitado y yermo, tan lleno de nada, tan vacío de todo.

Tan cerca que a pesar de tener los brazos pegados al cuerpo, y ser casi un vegetal, consigo abrazarle como si fuera mi corazón atlético el que salta entre almas muertas.
Tan cerca que este escenario de no sé cuantos mil días cobra por fin sentido.
Está tan cerca, tan cerca!, que el resto de mi cuerpo siente celos de mis propios ojos, porque es la única parte mi ser que consigue abrazar los suyos.

Tan cerca que ya no es furtivo, sino eterno.

Y la mente?, ay, la mente, ella es la que guarda el recuerdo, la que se lo reserva bajo caudales y entre algodones.


"doctor!, cámbieme estos ojos!", grito en la sala de espera, "devuélvame aquellos que me dejaron ver el día", pero la ciencia no consigue milagros de tal calibre. Y es que me paso el día durmiendo, porque cuando duermo y apago esta falsedad, esta burla horaria que controla el calendario, sólo entonces es cuando veo encenderse el mundo y sentir sus movimientos de rotación y traslación, un danzar acompasado delimitado por su pestañeo, por el que todavía recuerdo bailar durante esos 6 segundos y pico de percepción color zafiro.

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