lunes, 29 de octubre de 2018

Con café

Ya sale el café.

Se anuncia independiente, henchido de orgullo, cual orondo heraldo sobresaliente de gorda trompeta.

Gotas negras resbalando por la pendiente rectilínea del caliente metal que las contiene, que las discurre, generoso, otorgándoles el regalo de contentar al ser ajeno.

Observo los semblantes fijos de mi novia y su amiga.

Reparto mi mirada, y mi enfermiza cordura,entre ambos cuerpos de preñada parálisis permante.

Ojos vidriosos cual pareja de quebradizos cristales reflejando mutua sorpresa.

Callaron las dos libertinas. Frases a medio hacer. Enmudecieron haciendo lo que más les gustaba

hacer: joder, y joderme.

Brindo por ellas, con café.








jueves, 15 de marzo de 2018

Artículo


Pulp Fiction


Diversas historias entrelazadas retratan el mundo del hampa estadounidense durante la década de los 90. Una pareja de particulares gangsters y sus diatribas filosóficas, la esposa del jefe de estos y el aburrimiento existencial que le ahoga, un boxeador fugitivo luchando por su vida, el conocido como Señor Lobo que “soluciona problemas”, y otros tantos coloridos personajes entretejen una cruda historia cuyo humor negro roza peligrosamente la frontera entre la repulsa y la estima suscitadas por estos personajes límite. Un moderno cuento plagado de lobos, de cazadores (muchos), de príncipes sangrantes, y princesas buscando besar ranas embriagadas por la nieve que no cae del cielo.


Germen de un director y su propio estilo.

Tarantino no hace sino reafirmar, ¡y de qué manera!, su condición intachable como uno de los mejores directores que el cine contemporáneo ha dado. El cineasta americano nos cuenta una compleja historia que queda resuelta con tino y efectividad durante el transcurso de los diferentes capítulos desordenados que constituyen su metraje. Bellamente violenta, preciosamente cruda, el magistral guión que la estructura únicamente es digno de ser orquestado por la selecta y acertadísima banda sonora que lo acompaña.
Dos horas y media de coloridas referencias pulp y vintage que, sin embargo, no se hacen largas porque pareciera que el reparto así lo evitara cada vez que le damos al play. La vuelta de Travolta, la sensualidad de Uma Thurman, el afro-magnetismo de Samuel L. Jackson, y la genialidad de Harvey Keitel, entre otros, no hacen si no extendernos la mano para decirnos después “ven conmigo y disfruta”.


Otra de las escasas películas necesarias que han de verse para poner decir que uno sabe algo de cine.


Acabando un libro


Leer un libro es gratificante, ¿qué duda cabe?, y lo es más todavía si el escrito es cuestión nos parece atractivo, ya que pudiera ser que nuestro afan lector pecara de falta de integridad, y se viera nutrido, por ejemplo, por la obligación paterna, el imperativo escolar o académico, u otra razón o motivo que nos privara del placer de la lectura por el mero hecho de leer. "El mero hecho de leer". "Mero". Tal término, en tal construcción semántica, amenaza con privar a la lectura del valor que así la acredita, casi banalizándola y privándola de la riqueza que atesora. No me gusta, pero como sale de mi cabeza, así tendré que respetarlo y aceptarlo, como se respeta y acepta al rebelde hijo adolescente.

Lo gratificante que es la lectura, cierto es, pero... ¿y el hecho de acabar un libro?

Es posible que sea yo, que tal circunstancia sólo me acontezca a mí y no le suceda a ningún otro individual. Sí, probablemente sea eso ya que, hasta la fecha, ningún familiar o allegado me ha comentado acerca de la sensación obtenida tras el vistazo de las últimas palabras, que componen la última frase, la cual a su vez  conforma y estructura los últimos hálitos de vida del último renglón. Tampoco he leído acerca de ello, igual es que leo poco, no sé.

Lo califico como un sentimiento virgen, inexplorado, escondido, porque se esconde, está ahí, agazapado, observándote desde la esquina del último párrafo, como un cazador ansioso observando por el punto de mira de su escopeta. Sabes que está ahí y que aparecerá, pero se resguarda precavido, protegido del entorno y, muy, muy sigiloso. Y es como un camaleón, no por los ojos que tal reptil tiene (que ya me gustaría a mí tenerlos, parezco un crío, a veces), sino por su capacidad mimética, por cómo cambia de piel, en el que caso que tratamos, por la manera en cómo nos afecta el finalizado del texto y su consecuente cierre de tapas, que es como si cayera el telón.

Al menos yo me quedo un poco así. Lo cierro, y permanezco sentado en la misma posición en la que me encontraba instantes antes de dar por finalizada la última línea y encontrarme con el típico FIN. Y entonces me abstraigo, y vuelo de manera paradójicamente estática y sin moverme del sitio, como un viaje psicotrópico privado de estimulación pineal. Y como vulgarmente se dice, lo digiero, extrayendo las vitaminas y los aminoácidos de cada palabra engullida, para así poder alimentar la sangre que recorre y dibuja mi mapa capilar.

Y así me quedo un rato, como ido, absorto y ensimismado, como si el aire en torno me susurrara el conocimiento adquirido "tómalo, es tuyo, agárralo antes que se evapore", me dice mi psique. Instante atemporal que se prolonga plácidamente hasta el infinito que yo determino. Ahora he sentido ese instante atemporal, mientras escribía "instante temporal", ¿serán palabras que combinadas crean magia?, ¿o será que mi cabeza se siente un poco más versada ya que, hoy mismo, me he acabado un libro escrito en una lengua ajena a la mía materna?

Y entonces creo que soy un poco más erudito. O loco, que a veces es lo mismo.

¿A ti te pasa?