Leer un libro es gratificante, ¿qué duda cabe?, y lo es más
todavía si el escrito es cuestión nos parece atractivo, ya que
pudiera ser que nuestro afan lector pecara de falta de integridad, y
se viera nutrido, por ejemplo, por la obligación paterna, el
imperativo escolar o académico, u otra razón o motivo que nos
privara del placer de la lectura por el mero hecho de leer. "El
mero hecho de leer". "Mero". Tal término, en tal
construcción semántica, amenaza con privar a la lectura del valor
que así la acredita, casi banalizándola y privándola de la riqueza
que atesora. No me gusta, pero como sale de mi cabeza, así tendré
que respetarlo y aceptarlo, como se respeta y acepta al rebelde hijo
adolescente.
Lo gratificante que es la lectura, cierto es, pero... ¿y el hecho
de acabar un libro?
Es posible que sea yo, que tal circunstancia sólo me acontezca a
mí y no le suceda a ningún otro individual. Sí, probablemente sea
eso ya que, hasta la fecha, ningún familiar o allegado me ha
comentado acerca de la sensación obtenida tras el vistazo de las
últimas palabras, que componen la última frase, la cual a su vez
conforma y estructura los últimos hálitos de vida del último
renglón. Tampoco he leído acerca de ello, igual es que leo poco, no
sé.
Lo califico como un sentimiento virgen, inexplorado, escondido,
porque se esconde, está ahí, agazapado, observándote desde la
esquina del último párrafo, como un cazador ansioso observando por
el punto de mira de su escopeta. Sabes que está ahí y que
aparecerá, pero se resguarda precavido, protegido del entorno y,
muy, muy sigiloso. Y es como un camaleón, no por los ojos que tal
reptil tiene (que ya me gustaría a mí tenerlos, parezco un crío, a
veces), sino por su capacidad mimética, por cómo cambia de piel, en
el que caso que tratamos, por la manera en cómo nos afecta el
finalizado del texto y su consecuente cierre de tapas, que es como si
cayera el telón.
Al menos yo me quedo un poco así. Lo cierro, y permanezco sentado
en la misma posición en la que me encontraba instantes antes de dar
por finalizada la última línea y encontrarme con el típico FIN. Y
entonces me abstraigo, y vuelo de manera paradójicamente estática y
sin moverme del sitio, como un viaje psicotrópico privado de
estimulación pineal. Y como vulgarmente se dice, lo digiero,
extrayendo las vitaminas y los aminoácidos de cada palabra
engullida, para así poder alimentar la sangre que recorre y dibuja
mi mapa capilar.
Y así me quedo un rato, como ido, absorto y ensimismado, como si
el aire en torno me susurrara el conocimiento adquirido "tómalo,
es tuyo, agárralo antes que se evapore", me dice mi psique.
Instante atemporal que se prolonga plácidamente hasta el infinito
que yo determino. Ahora he sentido ese instante atemporal, mientras
escribía "instante temporal", ¿serán palabras que
combinadas crean magia?, ¿o será que mi cabeza se siente un poco
más versada ya que, hoy mismo, me he acabado un libro escrito en una
lengua ajena a la mía materna?
Y entonces creo que soy un poco más erudito. O loco, que a veces
es lo mismo.
¿A ti te pasa?