No sé en qué estaba pensando cuando se me ocurrió lo de asegurarme la mascarilla con tiras de esparadrapo. Entre la barba de varios días, y que a los 5 minutos ya estaba sudando como un cerdo, las tiras adhesivas que momentos antes había recortado con sumo cuidado empezaron a desprenderse como pedazos de piel seca tostada al Sol. Total, que el amasijo en lo que ahora se había convertido aquello que en tiempos mejores consideré una obra maestra, no resultó sino una excusa para hacer reír a Tomás:
-”¿No te ha funcionao el invento?, eh, pajaro”- ríe socarrón, socarrón y contagioso. Qué lástima que no sólo su humor sea lo infeccioso en aquella sala verde oliva esterilmente aislada del mundo exterior.
-”Tomás, hombre, no te rías, que mira qué pintas tengo con estas mierdas aquí colgando”- respondo con la típica voz metálica y sin calidad stereo que me proporciona la mascarilla quirúrgica.
Será tras la broma inicial cuando la risa empiece a juguetear con conatos de una tos harto conocida. La conozco porque básicamente ya la he oído (y sufrido) antes. Tos enferma, bañada en flemas, primer acto maldito de una recurrente obra de teatro maquiavélica y con desenlace trágico. Y yo ya no bromeo más, siento que mis músculos y mi alma se tensan, y me viene a la cabeza y casi al instante el puto carro de paradas. Me viene también, como si me hubieran dado un pellizco en el alma, el pensar en cuál es la razón por la cual me encuentro aquí haciendo lo que hago, y en lo muy, muy asustado que estoy ahora mismo... pero por fortuna no pasa nada más, quedando todo archivado para la historia y la memoria en formato de un recuerdo mojado y cristalino en mi espalda, deslizándose en una pendiente de sudores fríos y agobios que coquetean con distantes estertores.
A pesar de nuestra cercana amistad y colegueo implícito, consecuencia del trato directo de hace ya varios días, es el propio Tomás el que se adelanta a mi soporte emocional y me pide que le deje algo de privacidad, probablemente para poder llorar a solas.
Vestuario. Meo. Tiro la ropa a las bolsas acumuladas en la esquina. Me ducho y me seco. Me visto. Contesto los mensajes de Whatsapp los cuales siguen, absolutamente todos, más o menos la misma rutina gramatical: “estoy bien”, “sin novedad”, “sigue estable”, “no te preocupes que me protejo”, “creo que hoy un poquico mejor, a ver si es verdad que se estabiliza”...
“No te preocupes que me protejo”, ¡ja!, qué ironía. No sólo somos Enfermeros, también somos personal de limpieza, psicólogos, camareros, celadores, y muchos otros oficios más, pues bien, resulta que ahora somos también artesanos y diseñadores, y es que nuestra capacidad de ingeniar nuevas tretas y artimañas para poder burlar la transmisión del patógeno bien sería merecedora de un premio destacable, no sé, ¿el Nobel o alguno de esos?.
Aquí se recicla y transforma todo, desde bolsas de basura para crear uniformes y delantales, hasta batas y mantas usadas para crear mascarillas, “deme una funda de plástico de algún dossier, y le haré un visor para proteger sus mucosas ante el infectado”, comentaría el presentador de algún programa de teletienda de mierda a las tantas de la mañana.
Ya en casa, como algo. No sé cómo no estoy muerto de hambre tras haber trabajado, ¿12?, ¿14 horas?, y haber comido tan sólo un plato pequeño de pasta con dos albóndigas, y un plátano (y mucho café, claro, que para nosotros es cómo el agua, puro líquido elemento), con lo cual, y para engañar al estómago, decido tomar algo frugal. Elijo una sopa de tomate de la cual tan sólo tomo algo más de la mitad, y con eso ya estoy servido.
Tengo entonces la mala idea de encender la televisión. Lo ponga donde lo ponga sale siempre lo mismo, -”¿acaso alguien me ha reprogramado los canales cuando estaba fuera?, lo pregunto por que no parece que varíe la información”- me quejo a mis propios adentros mientras excitados tertulianos hacen balance de la situación y de la manera en cómo ellos hubieran lidiado con la tragedia -”Buenos consejos das tú ahora, hijo de puta”- le verbalizo al plasma como si aquella cuadrilla de ignorantes bien pudiera escucharme -”que no te ha caído a ti el marrón que tienen ahora los demás”- me expreso visiblemente cabreado entre vaivenes de indignación (y eso que no comulgo con ninguno de los incompetentes que pueblan el congreso, pero bueno)
Miro el móvil y pongo Facebook. Scroll arriba, scroll abajo. Selecciono varios posts los cuales troleo de manera casi autómata porque sencillamente, ¡no puedo evitarlo!. Es como una animal dependencia opiácea, o una caída al vacío con su innata y pertinente gravedad (intento autoconvencerme de ello, aunque sin éxito)
Y sigues mirando noticias y chorradas varias que la gente cuelga con objeto de solicitar atención, dándote cuenta entonces de que ya no ves tan claro como antes porque tienes la mirada un poco así, como nebulosa, como húmeda, y es que estás asustado. Te das cuenta entonces de cuán débil eres y de lo buenos actores y actrices que somos al aparentar que todo va bien, que a nosotros no nos puede pasar nada, que somos invulnerables, que eso se aprende en la Universidad, y que de ninguna manera esta mierda nos puede afectar aunque sepas que haya colegas que se estén muriendo y el número siga creciendo.
Son las 8, y afuera suenan aplausos. Puntuales, como impuestos por ley bajo un régimen dictatorial. Y lo agradeces, claro, aunque también te da algo de pena subjetiva porque sigues albergando tus dudas acerca de si esta actitud y su supuesta concienciación social va a perdurar en el tiempo, o se quedará por el contrario en una relajada idea temporal, voluble, y trending topic.
Haces de tripas corazón y miras a la pared. Te preguntas si has firmado o no el antibiótico de las 6.
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