sábado, 17 de enero de 2009

El conejito asomó la cabeza fuera de la oquedad, y tal fue su asombro al contemplar lo que se encontraba delante de él, que casi trastabilló y cayó torpemente fuera del arbol partido.
Ante él se erguian a dos patas todos sus amigos, todos ellos con mirada fija en él y en pose inquisitiva.

"Vaya, amigos, habéis dado conmigo, ¡que pena!, me ha faltado muy poco para conseguir la tan ansiada manzana". Exclamó tras darse una palmadita en la frente .

Fue tras levantar una vez más la vista cuando se percató de algo extraño, inusual. Algo escalofriante turbaba aquel ambiente. Una sensación inquietante sesgaba con trazos finos aquella presunta plácida quietud. El conejito se sintió algo intranquilo al verse reflejado, de soslayo, en las pupilas de la primera columna de aquella particular avanzadilla.

"¿Chicos, porqué me miráis así?, si queréis la pago yo otra vez y jugamos de nuevo".

Un cosquilleo casi fantasmal acarició su lomo grisáceo, y le hizo estremecerse. El conejito sintió algo que hacía mucho no había sentido, casi lo había olvidado, sucedió tiempo atrás, en aquel bosque oscuro en el que inconscientemente se internó sólo. Aquella vez fue un gigantesco oso pardo el que le persiguió hasta que le dio esquinazo... esta vez, y no lo quería reconocer, eran sus propios amigos, termino del que ahora manaba cierta particular sospecha, fluyendo lentamente y en silencio como surgen los inmensos mares que se crean desde pequeños arroyos. ¿Eso era el miedo?.

Fue entonces, cuando estando todavía en un estado a caballo entre la perplejidad y un pánico incipiente, Abraham se adelantó entre sus hermanos. El más anciano de todos ellos dio un paso al frente y, siempre erguido, habló con penetrante voz:

"Extraño", el sólo pronunciar aquel vocablo con aquella poderosa tonalidad vocal hizo que el conejito, pese a no querer asumirlo, imaginara inconscientemente un agorero destino. "Sabias son mis palabras, como sabios son mis consejeros. Te acogimos desde el principio como hermano, aceptándote y llegando incluso al límite de la tolerancia. Observamos en tí semejanzas muy, muy parejas a nuestro ser y parecer, y debatimos en silencio siendo cómuna, llegando a una conclusión totalitaria. Inquebrantables son mis juicios, y yo, como juez, voz, y razón, decido a través de mis súbditos". El conejito gris permaneció petrificado sobre su cadalso particular, mientrás poco a poco percibía cómo una mueca de incredulidad podía llegar a esbozar un retrato plástico de creciente terror.

"Hemos decidido que seas ejecutado por ser agresivo contra nuestro medio, es decir, por intentar establecer una línea de distinción más allá de nuestra normalidad cotidiana, por querer hacerte ver cuando todo lo que debieras haber hecho desde que llegaste hubiera sido desplazar muy lejos tu grisáceo rostro... ahora, compañeros y amigos... familia, podéis proceder".

El conejito dejó escapar un lastimero quejido de congoja tras escuchar la última sílaba tónica del poderoso interlocutor. Después, un tardío sentido de alerta le hizo elevar la cabeza para ver como el líquido descendía peligrosamente hacia él.

El hirviente aceite hizo mella en su pelaje. Con la celeridad propia de un ser en llamas, arremetió colérico y descontrolado en todas direcciones, mientras sus "hermanos" se alejaban precavidos para no ser salpicados por tal desbocada centella.
Corrió alocado, revolcándose cuanto pudo por el suelo, intentando así refrescar su castigado cuero con la hierba, escasamente mojada ya por el rocío. Cuando llegó, e incluso traspasó el límite de sus fuerzas (una frontera que nunca antes llegó a conocer), cayó rendido al suelo, y antes de perder el conocimiento, sus ojos le permitieron observárse sus propias patitas: lo que antes eran dos poderosos miembros adaptados para la marcha y la carrera, dos extremidades ágiles generadoras de imposibles cabriolas y maniobras físicas, ahora no eran mas que dos pantomimas sanguinolentas de todo lo anterior. Una de ellas mostraba un tendón asomando al exterior intentando escapar de ese sinsentido muscular, y en su evasión furibunda entre ramas, arbustos y zarzales, éste conseguiría dejar tras de si pequeñas placas de tejido muscular informe, entretejidas por pedazos de algo que antes fue un organismo y con lo que ahora guardaba una muy dispersa similitud.

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