Erase una vez un pequeño conejito que correteaba por el bosque.
Alegre y aventurero, recorrió muchos y variados parajes en busca de un anhelado objetivo, su objetivo, el conocer a otros semejantes con los que poder vivir y continuar girando alrededor del mundo, sólo que esta vez, estando acompañado.
Cuentan que visitó muchos lugares, pero en todos ellos encontró el rechazo, pájaros cantantes, monos trapecistas, fieros leones y ágiles gacelas no le aportaron la tan ansiada compañía, por eso, siguió explorando nuevos territorios mucho más allá de sus fronteras de origen.
Exploró las gélidas tierras del norte, y de allí, apesadumbrado, volvió sobre sus pasos, encaminándose con las orejas gachas hacia el sur, en busca del necesario calor y de una remota esperanza.
Y cuentan también que el pequeño conejito hizo un alto en el camino en las orillas de un caudaloso río, allí, se detuvo a beber y a reposar sus cansadas y ajadas patas. Había caminado durante todo el día, espoleado por su afán de esperanza, y se merecía un mas que necesario descanso.
Apoyado en las raíces de un grueso roble, quedó a merced del sueño y de los cálidos rayos del sol del ya naciente verano. Allí se durmió.
Fue entonces cuando un lejano, casi inaudible susurro, hizo que su oreja derecha se erizara. El susurro evocaba alegría, se oía a alguien gritar, por ello, se encaminó precavido hacia la fuente de tal dicha. Y entonces, el susurro se volvío fiesta y la fiesta, jolgorio, y tras una vasta maleza de hierbas, arbustos secos y bayas de diversos colores, el conejito encontró a sus semejantes.
Eran en torno a dos docenas, todos ellos libres y juguetones. Todos blancos. Era un manto blanco sobre la verde hierba escasamente humedecida por el rocío temprano. Todos jugaban a corretear, se perseguían unos a otros, jugando por parejas, de tres en tres o en grupos mayores, siempre alegres, podríamos decir que allí la vida se detuvo por siempre jovial, y que el tiempo allá donde decidiera andar no iba a procurar nunca ningún mal para esa entrañable familia.
El conejito estuvo a punto de salir trotando desbocado con sus semejantes, pero un sentimiento extraño le asaltó.
Que fuese verguenza o congoja, no lo sabía, diríase que miedo, no, no era miedo, probablemente precaución, a fin de cuentas eran extraños, iguales que él, pero extraños, "que sean blancos, no quiere decir que sean buenos", pensó, "y si no me aceptan?, ¿y si me dan de lado y me rechazan, y tengo que volver a vagar sólo por lejanas tierras?, ¿qué será de mi?, triste y sólo".
Entonces allí, agazapado y en pose reflexiva, el conejito fue descubierto.
"¿Quién eres tú?", le preguntó una voz chillona proveniente de un precioso conejo blanco, "¿no eres de estas tierras, verdad?".
El protagonista de nuestra historia quedó parcialmente petrificado, tan sólo una palpitante barbilla, y un deseoso sentimiento de darse a conocer dieron muestra significativa de que algo ahí permanecía vivo.
"No, no... soy... no soy de aquí". Dilo, le urgía el corazón. "Podría yo... jugar con vosotros?, estoy sólo y querría ser amigo vuestro, ¿puedo?".
El animal situado delante suya dio un paso al frente, situándose a la distancia necesaria para... extender una pata y alcanzar el hombro del extraño, y así fue exactamente cómo el recién llegado encontró el calor que tanto buscaba, el calor que proporciona algo parecido a una familia, y que tras tanta búsqueda infructuosa, tras tanto paraje recorrido sin meta alcanzada consiguió encontrar.
El conejito jugó mucho tiempo con sus nuevos amigos, allí conoció al joven James, al divertido Daniel, al inteligente y sabio Abraham, y al amigable John, entre tantos y tantos otros, todos ellos iguales, no sólo en cólor, sino en afabilidad y compañerismo.
Cierto día, nuestro amigo jugaba al escondite con sus congéneres, y tras localizar diversos cúbiles para no ser encontrado, decidió alojarse en el hueco semioculto del tocón de un árbol. Allí, convencido de que no iba a ser encontrado, y que así iba a ganar la partida (estaba en juego una gran manzana roja, sin una sola imperfección en su piel, bien merecía no ser atrapado) permaneció en silencio y casi petrificado.
Continuó escondido, allí, agazapado, mientras pensaba todo lo feliz que era allí, con sus hermanos. Por fin había encontrado gentes que le aceptaran, que le toleraran y comprendieran, afines de pensamiento y comprensibles de actitud. Dio gracias a las alturas, y, ¿porque no?, gracias también a si mismo por haber trabajado y luchado tanto por conseguir un ideal, ideal que ahora habia logrado labrar con su propio esfuerzo y tesón. Bravo por el conejito.
Pues bien. Pasó una considerable ración de tiempo, tras la cual, llegó a impacientarse, preguntándose dónde estaban sus amigos, y cómo de bueno y recóndito era su escondrijo (a fin de cuentas, era un conejo, y los conejos presentan importantes dotes de camuflaje). Tanto llegó a extrañarse que, arriesgando la localización de su secreto, decidió asomar la cabecita fuera del tocón.
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1 comentario:
Estoy con los nervios tensos como cuerdas de piano desde que publicaste esto del conejo. Madre mía, qué será lo que pase...
Además me estoy bajando Marquis, una peli de animación sobre el marqués de Sade que mola mucho.
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