lunes, 16 de noviembre de 2009

Mapa del cielo

Y con el selecto tacto con el que acarician mis dedos
separo con delicado esmero los primeros pétalos de tu flor,
protectores del secreto guardado sólo para el Elegido,
encofrado cual antiguo tesoro entre los dos laberintos sinuosos que son tus piernas,
largas, casi eternas como una bendita perdición,
como un goce proyectado para los sentidos.

Deslizo arqueólogo mi miembro explorador,
ávido del conocimiento que proporciona la búsqueda de tu éxtasis,
avaricioso de la lujuria que sólo quiere para él, codicioso aca en la Tierra.

Y tu sexo resplandece entonces como espejo,
empapado con gracia para que en él se reflejen las estrellas,
para que se sientan dichosas de contemplar desde las alturas,
protagonistas indiscutibles en primera fila,
de cómo el placer filosófico se vuelve hecho carne,
de cómo tú eres Venus y yo el creyente que le adora,
de cómo lo perfecto se transforma en espasmo convulsivo,
que me abraza, me acaricia, me toca y me araña.

Orgasmo en conjunción con los astros,
viajando junto a ellos y siendo éter,
creando un pequeño big-bang que no dura nada,
mas sí lo suficiente para volvernos locos,
para crear un mapa con tu cuerpo extendido sobre la hierba,
clavado en la inmensidad con cuatro de los sentidos
y el quinto en el centro a modo de corazón,
y de fondo,
de fondo nuestro horizonte plagado de estrellas.