viernes, 12 de noviembre de 2010

Despierto.
Despierto?.
Sólo tengo los ojos abiertos.
Me giro a la derecha. Paso por el centro y me muevo a la izquierda.
Eso ya lo he visto, y sin embargo me acostumbro.
Tengo el mundo en la cama, que es muy parecido al mundo de ahí fuera donde también voy de derecha a izquierda, saboreando cosas no muy diferentes.
Mi mundo orbita en torno a la almohada, por ello no me alejo mucho de ella aunque sí me desplace al trabajo, a hacer la compra o a intentar ser un indivíduo común. Sólo me dejo llevar como si fuera un inerte trozo de madera caído en una tumultuosa cascada.
Pasan las horas, ¿o son minutos?, no tiene relevancia ya que no deja de ser tiempo que se evade entre la bruma.
Mejor me quedo aquí tumbado haciendo que se explaye mi desgana, luego me levantaré e iré al salón, donde haré lo mismo pero sentado frente al televisor, enfrentando el vacío de las ondas con el mío personal (batalla de claro vencedor).
Mejor me quedo tumbado, no vaya a ser que encuentre una razón para seguir adelante.




Entonces llegas tú.

jueves, 19 de agosto de 2010

Ensayo

El otro día me di cuenta del sentido de referirse a aquello de “magia en el ambiente”.

No sólo percibimos magia en el aura de un prestidigitador cuando hace brotar, como si de una semilla que germina en planta se tratara, a un blanco conejo de una negra chistera, colores contrapuestos y agitados de resultado peluchil al son de una, también mágica, varita. No sólo, añado, encontramos magia en una sala de partos, cuando tras múltiples oleadas (insufribles maremotos para la parturienta) de contracciones perfumadas con sangre, sudor , corte aquí, corte allá, “empuja-un-poco-mas-es”, desgarros y alteraciones de naturales constantes, todo ello circundando una placenta, se consigue producir el milagro de la vida. Magia, casi hechizo cuando una futura pareja establece primer contacto visual, magia que hace que sus pechos se acicalen punzantes y su pene corone cual bandera militar un nuevo territorio conquistado. Magia ante la reacción pilosa tras un solo de excelente piano, o de una afinada y precisa guitarra de agudas notas. Notas quebradoras de copas.

Magia cuando un padre acaba para siempre con la vida de aquel desviado (no desgraciado, ya que éste puede suscitar lástima o compasión) que violó sin tecla de rebobinado a su hijo púber.

Magia cuando hay perdón.

Lástima.

Apretón de manos.

Momentos antes de dar un abrazo. Reconciliación.

Cuando nos sentamos buscando el aislamiento para poder pensar de clara forma ante los pronombres:

“qué” sucedió (una tontería).

“porqué?”, porque merece la pena.

“quién”, porque eso sí merece la pena.

“cómo” y “cuándo”, cómo sea y cuánto antes.

Pero esa no es la Magia que me interesa ahora. La que me interesa la percibí el otro día en el báter, o mejor dicho, en el “retrete”

Antiguamente, el concepto de “retrete” no poseía el mismo significado que el que posee actualmente. Años ha, una persona se “retiraba” a una zona conocida como “retrete” cuando buscaba el camino de la inspiración, cuando quería pensar, evadirse o reflexionar, tal vez por aquel entonces saber qué cantidad de denarios debía pagar a su gobierno, o mentalizarse de que en menos de lo que cantaba un gallo debía andar a la guerra en pos de un futuro incierto entre la vida y la muerte.

Poco a poco, el concepto de “retrete” derivó al que albergamos actualmente en nuestros hogares, el de recinto cerrado (sea mejor así) donde desechar y librarnos de nuestras excretas e inmundicias a través de una combinada acción efectiva entre, una implacable marea de pulcra agua cristalina, y nuestra fiel escobilla de algo más que honrosa labor desempeñada.

El caso es que yo, y creo no ser el único, el otro día me “retiré” al báter a (16 líneas y 330 palabras para definir en Wikipedia el proceso de la defecación), cagar, y percibí solo en el momento de mi última contracción esfintérica de que no me hube dirigida a tal sacro lugar sólo para deshacerme de mis excretas. Fui a aquel lugar para pensar de una manera totalmente inconsciente. Casi autómata.

“Pensar como el culo”, “pensar mierda”… tal vez sean las más acertadas apreciaciones para una lógica reflexión, ya que si lo pensamos de cierta manera, tras la defecación nos libramos de “aquello que sobra”, aquello que puede sernos tóxico, heces y orina, nos desvestimos como si de un traje de dudoso corte se tratara de aquellas vestiduras que no nos sientan nada bien, estamos limpios por dentro, pulcros como tras una buena ducha con geles y sales aromáticas, es en aquel momento, cuando estamos “vacios” cuando debemos fijarnos en los azulejos.

Los azulejos de un baño SUELEN ser de color blanco, mas no el blanco opaco que tinta las ropas de los eclesiásticos, siendo también opaca su dudosa moral. Me refiero al blanco lacrimal, casi translúcido, que acompaña a una pupila emotiva y que deja atrás algo muy relevante, algo que altere para bien o para mal, los sentidos. Los azulejos son blancos ya que el blanco es el color de la serenidad, del equilibrio y la relajación, metáfora cromática del relax, una pausa “zen” que acompaña al arcoíris. El blanco es como la paleta de un prolífico pintor ancestral que un día decidiera imaginar los colores, que sobre inmaculada argamasa colocara un estrato rojo, uno verde, uno azul… así hasta conseguir que todo fuera un poco menos, ¿gris?, ya que siempre nos quedará la esperanza del verde, la pasión y fuerza del rojo que hace latir los corazones, o la enigmática del negro que envuelve una romántica noche. Entre otros.

La misión básica y humana que hemos impuesto al retrete es, eliminar nuestras escorias. Su misión encubierta, como si de un agente infiltrado se tratara, es encauzar nuestros pasos hacia la senda de la relajación. Y eso, es lo que buscamos cuando nos rodeamos de blanco.

Ahí, tenemos un poco de magia.

Hablamos de un lugar en el que aun a pesar de albergar nuestros restos, (y los expreso en tono vulgar para resaltar extremos) meados, mierda, escupitajos, sudor, sangre, pelos, tampones y sus restos, mocos, cera, pus, vómitos, caspa, semen, y demás desechos, aún a pesar de todo ello… nos permita adquirir relajación.

Y no son opacos, ya lo he dicho, ya que algo opaco no permite una contrapartida, un “feedback”. Sería como lanzar una réplica oral a un sordo que no sepa leer los labios, nuestra idea queda en el aire, sumida en aras de la gravedad, palabras voladoras que desconocen si su vida semántica acabará de forma estrepitosa contra el suelo, las letras desparramadas y su sentido diluído entre los baldosines, o si terminará confusa, desvalida y sin bastón, en los oídos, o peor, las orejas, de un oyente incierto. Tampoco son transparentes, casi peor esta premisa ya que, y pongámonos en el previo caso de nuestra idea vocalizada, ante una superficie transparente nuestra frase quedaría en saco roto, huérfana, volando completamente inadvertida ante nuestro interlocutor, que, fuera por la razón que fuera, no repararía en nuestra pobre idea X. ¿Qué resulta menos trágico para nuestra desgraciada conversación, ser dudosamente captada, como si de un móvil con precaria cobertura se tratará, o simplemente no ser escuchada, y valga esta comparación, resultar inocua como si de una patología para la cual inmunidad se posea.

Los azulejos son translúcidos para permitir reflejarnos en ellos y pensar, expresarnos aquel problema o circunstancia que canse nuestro cerebro o presione nuestro corazón. Nos permiten, una vez liberados de nuestras “cargas”, afrontar el otro peso, el moral, buscar el “qué” hacer. Es un momento de recogimiento puro.

Como el blanco impoluto.

Más de 1000 palabras para expresar la magia. Otro tipo de magia. Pero magia al fin y al cabo.

domingo, 20 de junio de 2010

Carta

Hola Cariño.

Disculpa si he estado ausente más de lo normal, pero es que de un tiempo a esta parte me he encontrado un poco "indispuesto", digamos que últimamente me ha dado por recordar más de lo normal, y eso me ha hecho plantearme si merecía la pena que, en vez de dejar pasar los días, acabara por sufrirlos.

La hija viene regularmente a casa, a verme y traerme comida en tapers, yo, claro, que nunca me han regalado nada, le digo que se los pago, que no se moleste, que con la pensión me llega de sobras, "papá, no seas tonto, ¿qué vas a pagarme?", "si, hija, no ves que no quiero causar molestias", "papá, que no son molestias, ¡ay, chico!, es que de verdad, desde que mamá...", y se calla, pobre hija, no sabes lo que te echa de menos, te juro que aquel día le salió desde dentro, y desde más adentro si cabe le vino la interrupción que evitó el "se fue" que vendría después, "papá, comételo y no digas tontadas, anda, cómetelo".

Los chicos están más que volcados en mi atención, yo les digo que no hace falta, que tienen su vida, que si necesitan algo ya les llamaré, aparte, de vez en cuando viene una chica del centro de salud a mirar que todo me vaya bien, la verdad es que no puedo quejarme de nada... bueno, sólo me quejo de vez en cuando a la propia vida, de que se te haya llevado a tí y no a mí, pero claro, es normal, eras para mí el origen y motor de todo aquello que pudiera hacer, el ánimo del día tras día, y que ahora, ahora ya no tengo.

¿Sabes qué?, no sé si decírtelo, "eres un viejo tonto, verde y tonto", me dirías, y me darías un pellizco de esos con moradura que me propinabas cuando decía alguna sandez delante de alguien. Si he tardado más de lo normal en enviarte la carta ha sido porque estuve mucho tiempo reflexionando, pensando, colocando en las pesas de una balanza aquello que pudiera hacerme virar hacia el camino del sentido común o el desespero. Por fortuna mi futuro se ha inclinado hacía el lado correcto. Te lo digo ya sin lágrimas en los ojos, porque lo he meditado el tiempo necesario y ahora lo veo como una humana reacción ante la pérdida de un ser querido. Cariño, pensé en quitarme la vida. Yo, a mis 78 años de edad, con dos hijos y tres nietos, morirme antes de tiempo, ¿para qué?, para que tres criaturas avasallen a sus padres con preguntas del tipo, "¿y el abuelo donde está?, ¿y porqué decís que ya no volverá?" o para que nuestros hijos se planteen aquel hipotético error que cometieron y que hizo cometer a su padre tal barbaridad, "¿hemos sido buenos hijos?"... no, no, no puedo discriminar el amor que siento entre un familiar y otro, tú eres (eres, nunca serás para mí pasada) mi mujer, pero ellos son nuestros hijos y maravillosos nietos. Me iré cuando mi alma hable con el cuerpo y le diga "basta, puedes reunirte con ella", y entonces me dejaré llevar, hacia arriba, abajo o en la dirección que el destino crea pertinente, pero que sea allá donde estés tú.
Aún siendo como soy, ateo, no imagino una eternidad durante la cual no me estés tú guiando.

Hasta aquel día dejaré una carta aquí cada semana. Ya te iré informando de la empresa de tu hijo, que le va así, así, pero todos sabemos que saldrá adelante gracias a su esfuerzo y cabezonería, tú sabés que ambas dos cosas le sobran. La chica sigue en la Universidad, ahora da "teoría de cuerdas", no sé lo que es, pero yo le animo igualmente (sabes que siempre ha recibido elogios de sus superiores). El nieto, el pequeño, dice que tiene tres novias, pero que no se quiere casar, que quiere un barco y recorrer el mundo, y que para eso no se necesitan mujeres, ya ves. Los otros dos van al colegio y van a empezar el instituto.

Vamos, que te he dejado por ahora bien alto el nivel, aunque tú lo sigues superando en nuestros corazones.

¿Y yo?, bueno, pues soy un viejo normal, me voy al bar de vez en cuando con Matías y Damián, jugamos al dominó y vemos el fútbol, allí me fumo todavía ese puro que el médico me sigue prohibiendo, y luego bajamos al parque a criticar largo rato a la juventud y las pintas que llevan... y sobre todo te extraño, te recuerdo en mis insomnios y te sueño cuando estos faltan, te imagino compartiendo mis risas perdido en tu sonrisa, ¿y sabes qué hago cuando la soledad me desespera?, pues antes de que el sinsentido de fugarme de esta vida me seduzca, me acerco al Paseo. En el Paseo veo mucha gente, y es en Primavera, ya casi en Verano, cuando las parejas jóvenes salen a perderse, a mirarse, y a reírse de las tonterías que el otro ha dicho, y se tumban en la hierba, no a perder el tiempo como en voz alta yo les digo "id a hacer eso a vuestra casa, desvergonzados!", sino a perderse uno en la mirada del otro, hasta que alguna de las responsabilidades de este mundo, el físico, les hace ver que no todo en este mundo, por desgracia, es ensoñación y belleza.

Ahora llevan pantalones caídos y camisetas extravagantes, llevan pendientes, tatuajes y pelos imposibles. Nosotros éramos más recatados y nos guardábamos más de miradas ajenas, escondiendo algo tan bonito como aquello que teníamos, por causas políticas y decoro, ahora no lo ocultan, a veces se lo recrimino ya que, quieras que no, me escandalizo... pero la mayor parte de las veces te imagino siendo una de estas jóvenes y yo el afortunado que la besa, y me quedo embelesado por el recuerdo de aquello que tuvimos y ahora permanece joven en nuestras pupilas.

Luego me voy a casa agradeciendo a la vida aquello que me regaló durante muchos años, y yo, como pago a tal presente prometo devolvérselo en el cielo, cuando aquí en la Tierra no sea yo ya necesario.

Te quiero. Tu marido.

viernes, 23 de abril de 2010

El viejo que observaba las vías del Metro

Este en cuestión es un relato que he escrito para un concurso de "relato breve" en el Metro de Barcelona. No da para mucho 3500 caracteres, la verdad, así que no hay mucho para sacar, jajaj, pero bueno, es lo que hay.




-Tío, vaya fumada llevo, madre mía, ¡jajaja!.- Expresó mi amigo entre episodios de incontrolable tos.

Acompañé su desvarío post-fiesta con una entrecortada risilla, mientras dejé caer con torpeza todo el peso de mi cuerpo sobre la fría pared sobre la que se adhería el asiento de la parada de Metro.
Habíamos salido por una macrodiscoteca cercana a la parada “Marina”, y la noche había transcurrido igual que si emulara a la vida misma, rápida e intensa, fugaz como fugaz pasa el tiempo cuando estamos disfrutando.

Mi amigo se tumbó, de hecho, se durmió sirviendo su alma al hastío, yo permanecí vígile. Observé el rótulo de números electrónicos que se situaba localizado sobre mi cabeza, y me dispuse a esperar resignado 14 minutos largos que restaban hasta el paso del próximo metro.

La imagen de una persona en pie a pocos metros de mí desvió mi atención de la serpiente come-huevos de mi Nokia. Era Don Diego. Lo bauticé así por, el “Don”, por que denota señorío y elegancia, y para mí todo ser humano que pertenezca a la tercera edad lo presenta, salvo agrias excepciones, y el “Diego”, en honor a un buen amigo mío al cual hacía ya tiempo que no veía, aparte también por la razón anterior, ya que, “Diego”, siempre ha destilado letra a letra a través de la historia gotas de distinguido porte señorial. Digo que lo bauticé, ya que lo había visto a menudo en días pasados en esta misma parada, a horas circundantes a mi entrada al instituto. Don Diego siempre hacía lo mismo, colocarse al borde del andén en calidad de temerario y, acompañado de una falsa valentía, permanecer estático a que el metro finalizara estacionándose. Luego, respondiendo con educación a sucesivas muestras de cortesía ajena, expresaba en voz muy baja, “no, no, gracias caballero (o señora), no subo, me quedo aquí, muchas gracias por su ayuda”. Al segundo día de yo observarlo, caí en la cuenta de que Don Diego era ciego.

El caso es que yo pensé que era posible que Don Diego no permaneciera allí parado por el mero y simple hecho de estar, imaginé la posibilidad de que estuviera tejiendo recuerdos con hilos de dulce sentimiento, y que el viento que escupiera el vagón al pasar cercano a su rostro fuese la aguja con la que darle punzadas a su negro mundo.

Es posible que Don Diego recordará la zona de raíles, y que ahora, no tristemente ciego, sino fastidiado por encontrarse con las luces apagadas, identificará ese lugar con el Río Ebro en el cual combatió durante nuestra guerra (sí, nuestros abuelos dirían “nuestra” guerra, triste y cruel posesión). Me imagino a Don Diego cruzando el río, protegido a la vanguardia por muchos y protegiendo a otros tantos, héroes sin nombre, anónimos para los libros, recordados entre laureles para familias y amigos. Fue en esa batalla donde perdió ambos ojos, un explosivo estalló muy cerca de él cuando se encontraba agazapado en una trinchera. No perdió la vida, pero sí el poder sentir todo aquello que la conformaba, por ello, prácticamente estaba muerto, un cadáver deambulante.

También estoy seguro de que Don Diego recuerda el negro foso con melancolía, ya que en él le aconteció una desgracia. Fue allí donde años atrás su mujer, Lorena, a la que el nombraba cariñosamente “vida” (ya que para él todo eso era ella), le arrebató inconscientemente sus ganar de seguir adelante, le privó sin quererlo del goce de disfrutar cada día. En esos raíles, Lorena, sufrió un traspiés poco antes del paso de un vagón con sombra de guadaña. Después de ello, el mundo se cubrió de un velo negro para la pobre alma de Don Diego. También me atrevería a decir que fue aquí donde perdió la vista, pero sé que lo que en realidad pasó es que se le secaron los ojos de llorar tantas lágrimas.

Entonces mi colega me privó de la ensoñación.

-Tío, pero que empanada llevas!, vamos que viene el Metro.

Me levanté del asiento, retornado al descansillo de la realidad que es la plena conciencia. Despedí con la mirada (aunque él hacia mí no ejerciera reciprocidad) a Don Diego, y una vez en mi cama continué componiendo con notas imaginarias, la que pudiera ser la historia de Don Diego, el ciego que observa entre sueños las vías del metro.

jueves, 1 de abril de 2010

The girl next door

Con el primer saludo del día adivinó cuánto la quería.

Los primeros retazos del sol se filtran cálidos a través de las láminas de la persiana. Finos retazos de espiga que, como el recién nacido, se muestran casi acobardados ante el irrumpir de un nuevo día.

Acicalan su rostro ya relajado, pálido como LECHE, lo bañan con paz, lo privan del recelo. El aire de la mañana le saluda poco a poco, mas que un saludo, le regala un discurso adornado. Sorprende sus pupilas, caldea las mejillas. Se adentra en su alma cansada.

Las ondas calientes son un jardin de flores que acarician casi con terciopelo. Horas antes, de no ser por el recogido de la noche, podrían haberse visto zambullidas en un mar en tempestad navegado por timoneles suicidas.

Charlie sentía celos de Sarah. Celos que son una fina y afilada espina que discurre tenaz en su trayecto.

Que se mueve a través de las venas hirviendo la sangre transportada.

Que sobrepasa el límite de lo racional. Se acoge a lo animal y se introduce en su cueva protegiéndose del VACIO de fuera que es la cordura.

Charlie es un lobo que mientras besa a una luna desbocada entre cólera, consigue ahogar, poderosa zarpa, a Sarah, su desprevenida presa.

"Sarah... yo te quería"- se deslizan a trompicones las letras entre MUSICA de notas tristes, empapadas ellas en lágrimas. Compases dispares de melancolía dentro de un triste cantar arrepentido- "eras lo único querido entre tanto malquerido. Eras para mí, Sarah, eras sólo mía, ¿cómo quieres que actúe, destino, dentro de límites no prohibidos cuando un trozo imprescindible de tí se agita, cuando quiere escapar, cuando no se halla otra opción posible que el triunfo de la fuerza sobre la razón... cuando sientes que algo en tu interior ansía REVENTAR.

Sus lágrimas no son ya secas, para siempre quedarán húmedas debido al arrepentimiento, aunque el rostro envejezca como lo hace la corteza de un árbol.

Arrodillado sobre la cama. Cercanas las manos. Se funden los corazónes casi como para empaparse de la sangre que a uno tanto le sobra, y al otro, agónicos momentos antes, le llegó a faltar. Charlie acaricia el rostro ya templado de aquella que le regalaba su vida entera. Con dedos temblorosos, separa los flecos sudados que son su melena y que cubren ahora sus mejillas, pintadas estas a trazos con sangre extraviada de sus propios vasos.

Cree verla abrir los ojos y ver cómo le saludan sus dos bellas pupilas, estas que ahora se encuentran en pleno anochecer, pero que antes iluminaban su despertar.

Llora tanto como le permite la fuerza de sus párpados, imagina sentirlos quebrar de rabia y un sentirse arrepentido, e imagina también que Sarah pudiera revivir por todo cuanto está sintiendo.

"En breves, mi estrella, llegará la policía. Yo mismo les avisé, he matado a mi novia, la razón de mi existir, y también he muerto yo con ella, vengan a detenerme, me tendrán en esta misma postura, tal y como debí siempre haberme encontrado, cerca de tí, siendo tu escudo y no un escollo letal por el cual caer y lastimarse. Me tendrán arrodillado, pero no para pedir perdón a las alturas, ya que no soy digno de recibir clemencia, me coloco así cerca del suelo para sentirme inferior a todo ser humano y ser, si cabe, blanco más fácil de aviesas punterías, regalándoles el ASCO que es mi presencia".

Charlie observa sus manos. Restos de color ROJO. Toda su piel vestida de Sarah. Corazón bombeado por el recuerdo.

Y una voz en su interior le susurra que cometió el crimen perfecto, realizado con ELEGANCIA también perfecta. Sabe que puede denominarlo así porque para siempre será recordado, al menos por él mismo, y porque aún a pesar de haberse ya cometido, continuará perpétuo atormentando un alma, la suya, hasta el fin de sus días.

"Ya oigo el agudo PITIDO de las sirenas, aquí les espero. Tan sólo Sarah, a tu alma le hablo, tenme presente cuando desde el cielo quieras atormentarme, para nada más recuerdes mi nombre y persona que evocan TRISTEZA, para nada más. Adiós Sarah, siempre te quise, es posible que nunca mereciera el llegarte a AMAR".

domingo, 28 de febrero de 2010

Cielo Rojo (Acto 2 de 2)

Padre e hijo contemplan el cielo.


El hijo contempla al padre. Bajo su mirada infante cree vislumbrar a través de la piel, y con no poco esfuerzo cree ver cómo algo diferente a un natural latido, hace vibrar su corazón, mas que vibrar... temblar de agudo escalofrío.


-Padre...te veo afligido. Acaso ocultas, o pretendes esconder algo que yo no deba, o tú creas, deba conocer?, si es así, ruégote me lo transmitas, ya que a simple vista creo casi ver quebrar tu mandíbula de agitado nerviosismo, y eso me preocupa sobremanera...


El padre inclinó la mirada hacia el atento rostro de su hijo, volvío a girarla hacia el lugar que marcó la estela del más pequeño, que ahora jugaba, y tras un suspiro y una amplia bocanada de aire inspirado, volvió a alinear su preocupado semblante con el del mayor, mirada transfigurada ahora ya en gesto compasivo.


-Hijo...si tiemblo es por frío, mas no el frío que hace reunirse a la familia en torno al fuego, como hacíamos con tu madre antaño durante las crudas épocas invernales, es el frío que envuelve una helada premonición, que ahora me atenaza el corazón en un puño y hace que me recoga alrededor tuyo, buscando tu querer.

-Padre, no te entiendo, tan sólo soy un niño no mucho mayor que mi hermano y todavía no comprendo las cosas de los mayores, hazme entender con palabras cercanas aquello que tú quieres contarme, y tu alma anhela confiarme.

Una nueva bocanada de aire. Un nuevo golpe de fuerza inspiratoria. Un nuevo ramillete de palabras por marchitarse entre preocupaciones.

-Sólo... sólo quiero decirte, hijo, que en estos tiempos de angustia, de frases cargadas de sentimiento y puños al aire...

-Padre!, siento interrumpirte, pero me confundes... ¿porqué apagas la vela que tan esperanzadora hiciste crecer alrededor de los pasos de mi hermano?, ¿qué es aquello que a él ocultas y a mí por asfixiante congoja intentas sin aprobado éxito transmitir?, dime Padre, que se liberen mis dudas.

El Padre observó nuevamente el horizonte, e imaginó un veloz discurrir de rojas nubes que arrastraban frenéticas al propio tiempo. Vio girar alocadas las manecillas de todos los relojes, y observó a su hijo crecer, lo imaginó madurar, y por ello, por esa necesidad de premura, de volcar en alguien su aflicción antes de verse ahogado en un torrente de lágrimas, casi lloró a su hijo:

-Hijo mío. Necesito que entiendas a tu padre. Tú eres lo más cercano a un confidente que poseo, tuve a tu madre, mas la tragedia decidió ocupar traicionera su lugar en nuestras vidas. El discurrir de los días me pesa cada vez más, ya no celebro aniversarios, sufro presentes, quisiera celebrar que me resta un día menos para volar, mas os tengo a vosotros que me retenéis confiados de que os pueda aún guiar... pero ya no es así, pronto hijo, Ellos vendrán, y primero acudirán a mí, violentos, sin el concepto de la clemencia en sus entrañas, dañino, como esa sensación punzante que padecemos al observar ciertas fotos y que nos hace girar el marco para alejarlo de nuestra vista...

Hincó las rodillas en el suelo, como si el mero hecho de la aproximación de un rostro a otro supusiera que el aún imberbe joven fuera a asimilar plenamente aquello que el sufrido padre le trataba de transmitir.

-Forzado a madurar te vas a ver, hijo mío, con brevedad pasarás de compañero de juegos de tu hermano a tutelarlo para que no sufra daño alguno. Pronto adoptarás mi puesto y...

-Pero Padre, todavía soy sólo un niño, no soy aún capaz de entender el tiempo como tú lo entiendes, todavía escucho a las estrellas y busco su fulgor, aún sueño con mente infantil y juego con mis recuerdos.

-Yo también hago todavía eso -y una lágrima comenzó un lacónico recorrido descendente a través del ahora anciano semblante del hombre, una lágrima que se vio necesitada de otras tantas para no verse acompañada únicamente por la soledad, para no sentirse envidiada-, escucho a las estrellas cuando rezo, sólo que yo lo hago con palabras de mayores, me afano constantemente en buscar el fulgor que a tí te arrulla antes de que abraces tu almohada, si no lo buscara (y por fortuna siempre lo encuentro, precedido por la luminosa estela de Ella), me hubiera visto perdido mucho tiempo atrás... no hubiera hecho mas que lamentarme a diario por cada una de mis respiraciones, si no hubiera sido capaz de trazaros un camino adecuado y limpio de maleza que os permitiera el caminar.

-No llores Padre, te prometo que... te prometo que haré lo que pueda, cuidaré de mi hermano, seré Tú, sólo qué... aún no sé muy bien qué significa eso.

Nunca antes había visto llorar su Padre, siempre pensó que los mayores albergaban una fuerza increíble que les impedía sentirse tristes, y concretamente su Padre era un hombre muy poderoso... sólo una vez creyó verlo debilitado y que pudiera desmoronarse, fue aquel día teñido de ropas oscuras y párpados quebradizos, pero estaba totalmente seguro de que, en el caso de que hubiera llorado, lo hubiera hecho hacia dentro, tragándose la pena y cargándola en los pies, para así poder arrastrarla con los pasos dados y verla esfumarse a través del tiempo y la distancia.

Abrazó fuertemente a su Padre, ya que si no lo hubiera hecho (esto él no lo sabía) éste se hubiera derrumbado, aplastado por una pesada losa disfrazada con traje de destino.

Un cálido abrazo que quiebra con armonía una atmósfera de duda, de desconcierto... de saber qué será después, de conocer si será muy distinto o trágicamente distinto. Una máscara por conservar atada en torno a un alma inocente que anhela sin quererlo ser cegada por humana necesidad.

domingo, 17 de enero de 2010

Cielo Rojo (Acto 1 de 2)

Padre e hijos contemplaban el cielo.

-Papá, ¿es este el horizonte teñido que nos comentaron en la escuela y oí en las noticias?, ¿es este el cielo encarnado que nos traerá un futuro mejor?, y si es así, ¿porqué siento un frío viscoso y helado en torno?, ¿porqué mi espíritu se muestra impaciente y, sin embargo, albergo un sentimiento de falsa esperanza que crece como lo hiciera de igual manera una traicionera ortiga?.

El padre pensó la respuesta, eterno en su ensoñación, mas fugaz en su réplica:

-Hijo, largos tiempos de hambruna hemos sufrido. Sequía hemos tenido en nuestras copas, y la más importante de las carencias en nuestros corazones hemos albergado, desde que mamá se fuera...pero desde aquí, hijo mío, desde la entrada a nuestro hogar te prometo un mañana en mejoría, recuerda mis palabras, y recuerda también este viento, ¿no lo ves, hijo?, es viento que arrastra de las copas de los árboles las hojas viejas, se lleva a rincones perdidos aquello mal pasado y con espinas.
No tienes que temer a tus dudas, ya que son el fruto natural que obtenemos cuando nos enfrentamos a algo nuevo y desconocido... ¡cómo el primer día de escuela!, ¿recuerdas?, llegaste asustadísimo, pánico y tú cogidos de la mano, niños nuevos, rostros que buscaban el amor que os damos en las casas, cada niño agarrado a las faldas de su madre, pensante de ser secuestrado y encerrado entre una abultada montaña de pesados deberes y sufridos quehaceres... y tras el llanto, llegó el consuelo.
Ahora es posible que no tengas pan en demasía para el desayuno, pero te sobran los momentos compartidos con tus compañeros y, ¿qué me dices de esas fabulosas y mágicas historias de almohada que nos regalas a tu hermano y a mí antes de las diez? - el hombre, emocionado, trago saliva y forzó fuerzas para disimular una casi lastimera frase bañada en sentimiento- , aquellas que a su vez permitían a tu madre regalarme una sonrisa previa al sueño...
Sólo es un bello mañana el que nos espera tras este rojo horizonte, te lo juro ("me privaría del cariño que me aferra a tí si no llegara a convencerte", le susurró a sus entrañas con el más recio de los convencimientos).

El niño se conmovió y cerró ,todavía más fuerte de lo que asustado hiciera, sus delicadas y finas manos alrededor de la pernera del pantalón de su padre.
Allí estaba seguro, nada podía pasarle, salvo cosas buenas. Eran mentira todas esas historias que había leído en Internet y en los diarios electrónicos de su hermano. Si su padre decía que los Visitantes eran la seña material de que todo iba a ir a mejor, no podía ser mentira. Papá nunca se equivocaba.
Papá podía predecir de un rápido vistazo al cielo si hoy era un día para recojerse en casa por la lluvia que aún no hubiera llegado, o si se podría salir al jardín a jugar...era Papá el que conocía el significado de todas aquellas palabras extrañas de los libros de su hermano, era él la persona a la que acudían los vecinos cuando se estropeaba algún sistema electrónico o era menester la reparación de cualquier otra cosa.
No, no podía equivocarse y, desde luego, la imagen de una mentira ni siquiera consiguió enturbiar de forma pasajera su mente.
Seguro que mañana mismo podrían regar los campos con el agua que Ellos traerían. Los frutos volverían a pintar con colores los ahora áridos pastos, y dentro de muy poco, la mesa albergaría algo más que tortas de harina y semblantes oscuros.

El niño tiró hacia si del bolsillo del pantalón del padre, éste, advertido, giró su preocupado semblante hacia el suelo, donde su hijo esperaba ansioso el entregarle un presente en forma de beso en la mejilla.
El padre se agachó, forzó una sonrisa de artista y su hijo le dio la más cálida de las caricias, luego se marchó corriendo al jardín a jugar y continuar imaginando.

miércoles, 13 de enero de 2010

Tq

Quiero saber de tí
Quiero conocerte
Quiero conocerte, aún más
Quiero profundizar en tí
Quiero asegurarme
Quiero no equivocarme
Quiero saber si sientes
Quiero saber qué sientes
Quiero estar contigo
Quiero compartir este día contigo
Quiero estar contigo mañana
Y quiero el día siguiente
Quiero ser el primer reflejo del día en tus ojos
Te quiero
Te quiero sólo para mí
Quiero entenderte
Quiero que me prestes atención
Quiero saber dónde has estado
Quiero saber con quién
Y quiero saber de ese olor
Quiero un tiempo
Quiero pensar
Te quiero
No quiero más dudas
No quiero continuar así
No quiero estar insegura
Y tú, ¿qué quieres?
Ya no sé qué quiero
No te quiero
Quiero saber porqué estoy así
Y tú, ¿porqué no sientes aflicción?
No te quiero
No quiero recordar momentos
No quisiera haberte conocido
Quiero quemar tiempos comunes
Y no quiero que dejen brasas:
Las que me hacen recordarte
Las que me hacen continuar queriéndote
Quiero decir que "te odio" con sentimiento
Quiero reconocer que no puedo engañarme
Por que te quiero.