Empiezo de manera un poco brusca, impetuosa, como movido por un ansia feroz y un reloj de manecillas veloces. Luego ya me asiento, me tranquilizo y centro en tu boca, y experimento tu saliva mezclándola con la mía. La gente nos mira, seguro que envidiosos. Bajando por la calle nos otorgarán unos segundos de gloria en su memoria, como actores principales sobre el escenario. Privilegiados somos por adornar con calor y belleza sus ocupadas memorias de entornos laborales. Y sus retinas también se impregnarán de aquello que conmueve nuestros labios, difuminando el entorno que, ahora sí, aprecian entre nubes bajas.
Luego me separo un poquito, o me separas?, ya no me acuerdo pero es irrelevante. Mesamos recíprocos nuestros cabellos como si nunca antes hubiéramos peinado otros, y volvemos a hacer que nuestras bocas se encuentren, como si el intervalo de breves segundos, del previo beso, se hubiera dilatado en el tiempo por varias edades.
Vuelvo a besarte, y me besas como buscando un balance. Un balance que atenúe el frenético batir que te regala mi pecho. Es como si la Tierra se abriera y fuera a tragarme, por eso mis labios se adhieren a los tuyos, como un poderoso enlace entre fuerzas opuestas que te arrastre conmigo hacia algo más profundo que la Eternidad.
Al final los ojos se miran, ajenos a todo aquello en torno a nuestra burbuja, y todavía con cohibidas palabras, tu corazón habla: "tenías ganas, eh", y yo respondo, rebuscando falsa hombría entre camuflados temblores "más que de encontrar el aire que respiro". Y luego hay un abrazo, y abrazando este abrazo no hay nada más, salvo la vida real y cosas que poco importan.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario