Es el Otoño el que me despierta.
Avido.
Sibilante como el viento que mece sueños y agita cadenas.
Raso y terciopelo, y entre ambos dos, tan sólo savia.
A quién le importan las cartas que nadie regala, si todo resulta brillante, incandescente como un beso, cuando son las cuatro esquinas de tu boca las que atesoran mi yo. No será mi persona, y mucho menos mi pesar ,los que digan "basta", crujiendo nubes, atravesando montañas y parajes.
No seré yo.
Aquí sólo, sentado, contemplo una lápida, nombre inscrito?, qué mas da!. Latente alevosía.
Tanto pensar en esculturas de barro, en tareas por realizar y en aquello que fue dicho o nunca pensado... mientras tanto sigo encaramado al árbol que, alto cual lejana o distante senda, pide ser repoblado por todo aquello que enuncia tu pelo.
Levántate y pronuncia aquello que merece ser dicho, no consideres nunca un tarde, o siquiera un "quizás" cuando todo ello deba ser debatido ya. Sólo son adverbios de tiempo, no hay desdicha.
Y me contemplo en el espejo, y ni siquiera los rayos de Sol que anuncian un nuevo día sabrán que sólo él fue quien nos mantuvo expectantes, tendidos sobre pendiente cuerda y tejiendo más y más quehaceres.
Nadie más lo sabrá.
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