viernes, 2 de mayo de 2014

Hoy se ha despertado, asustado, muy asustado. Si hubiera contemplado su propio reflejo en el lago, como suele hacer todas las mañanas, hubiera podido observar el mismísimo rostro del miedo asustado. Petrificada esta máscara, eterna, clavada en su piel y de extremos tachonados en torno a sus grandes y peludas orejas.

Se ha despertado y ha dado un respingo. Ha saltado como el animal que es hacia detrás, arriesgando la integridad de su primitiva cabeza en torno a una estalactita.
Sus congéneres se agrupan cual camada, todos juntos, sentido de protección en torno a la comuna.
Algo gruñe uno, le responde otro agitando sus miembros en posición guerrera pero basada en el pánico. "Qué es eso, qué es eso?", dirían si su anatomía y un cerebro acorde se lo permitiera, mas son sólo gruñidos aquello que reverbera, y por lo tanto, asusta, dentro y fuera de aquellas fauces cavernosas... pero es temprano todavía para decir u opinar.

El observa su propia entrepierna.
Ahí está.

Su mente, plagada de recuerdos salpicados como anárquicas gotas de lluvia,  todos dispersos y a la vez agrupados, tantos y tantos acumulados, desde que aquel primer día se despertó acunado por un congénere del cual mamó leche. Su mente le hace evocar, peligrosamente, a aquel otro similar:

Se encontraban todos juntos bajo una arboleda, bueno, arboleda... un conjunto masivo de aquellas imponentes "cosas" que se yerguen entre lo verde que pisan, y lo azul que torna en negro cuando las mandibulas se abren y los ojos se cierran. Se hallaban ahí, descubriendo el mundo, hasta que uno de ellos rasgó la tranquilidad de un Universo todavía naciente... qué es aquello!?, sorpresa-duda-miedo-PANICO. El homínido observa su propio pene mantenerse erecto, más y más erecto, creciendo sin pausa y expandiéndose como aquellos círculos concéntricos que nacen cuando con un dedo se toca el agua.
Está horrorizado. Todavía a cuatro patas, salta hacia atrás, como intentando escapar de sus propias ingles, pero resulta un esfuerzo inútil, porque, por mucho que salte o escape, aquella... cosa rosa!, le persigue allá donde vaya. Gruñe, patalea, pero por mucho que agite sus oseznas piernas, aquel extraño que invade su cuerpo sigue pendiendo, balanceándose de izquierda a derecha, casi seleccionando dónde mirar, arboleda-primates-lago, y nuevamente, lago-primates-arboleda... el resto de homínidos permanece agrupado, con aquella expresión de desconcierto que aún, y todavía, se nos dibuja en el rostro cuando observamos algo desconcertante.
Revolcándose, su huída queda frenada por la pared externa de la cueva.
Lo positivo es que "aquello" no ataca, sólo escudriña, con aquel ojo rasgado en su punta. Por ello, decidirá que es su turno, quizás sea el último!, por lo cual no hay momento que perder.
Una de aquellas puntas afiladas... "Piedra", lo llamaremos cuando juntemos varias para crear una rueda. Una piedra parecida a aquella otra que usó para abrir el pecho de aquel animal, e introducir sus entrañas en su boca.

Agarra la piedra. Si pudo rasgar un animal, también podrá rasgar este otro. Por ello, armado con la cortante piedra y, escudado por necesario coraje, asesta varios asesinos, y certeros, golpes en la base de aquello que ha tomado su cuerpo.
Siente dolor. Ya lo ha sentido antes. Como cuando resbaló por un barranco y cayó violentamente, torciéndose ambas muñecas por el plazo de varias lunas, o como aquella vez que aquel congénere de pendientes pechos le asestó un manotazo tras intentar arrebatarle algo que llevarse a la boca.
Pues bien, el dolor es el mismo, ¡y aquella cosa intenta defenderse de extraña manera!, ¡escupiendo!... "aleja eso de mí!!!", gruñe en su personal lenguaje a sus lastimadas gónadas. Algo que combina la sensación placentera que proporciona la bola que "no se puede mirar", con la oscura vestimenta que recubre aquellos brotes del árbol, avanza pintando su pecho, por arriba, y sus muslos, por debajo... pero eso no le achanta, y continúa lanzando dentelladas de furia victoriosa contra eso.
No se da cuenta que, cuanto más golpea, más se expande el bermellón... pero eso aún no lo concibe.

En algún momento de aquella batalla perdida se desmayará por la pérdida de sangre.
Todos lo observarán como uno más que está durmiendo. Un largo sueño.
Es posible que alguno, no encontrando resistencia por parte del cadáver, devore su miembro ya cortado. A fin de cuentas es carne, y satisface una necesidad.

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