Hola, te quieres acostar conmigo?
Con ella es con la que mejor me compenetro.
Con ella no hay necesidad de alcohol o promesas inalcanzables. No necesito el esfuerzo de bajar Lunas a su cama, ni necesito rebuscar en mi alma esa llave capaz de abrir corazones. No hay mitades, sólo un "uno" sin quebranto.
Retozamos.
"Me quieres?", le pregunto. "Claro que te quiero, eres lo que más quiero, ya lo sabes, te lo dije ayer y te lo diré mañana", responde. La miro, y quedo convencido de ello.
No he necesitado rimas o sonrisas bonitas, esta vez no he usado aquel verso que lleve al beso y que, perpétuo, suele funcionar.
Seguimos retozando. No nos faltan sábanas, ya que sabe dónde y cómo ajustarse. Disfruto del frescor de cada esquina entre almohadas, y no me pide nada, salvo respuestas a aquello que deseo. Siempre complaciente, nos entregamos a la marea que es el sueño, ése que es como una suave ola que desemboca en la futura playa que será la mañana.
Despierto y, como siempre, ya no está.
No está, aunque no se ha ido. Siempre me hace lo mismo.
Otras llaman (llamarán) a la puerta. Rasparán conciencias, y tocarán pulpas sensibles intentando herir mi pecho, me gustaría, de manera perpétua. Sin embargo sé que ninguna lo conseguirá... salvo ella, que me despierta cada mañana sin pedirme siquiera un beso, que, sabe, siempre lo tendrá reservado.
domingo, 28 de diciembre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Mundalia.
Es ya temprano por la mañana, y los médicos se preparan a pasar visita en la vasta, y abarrotada, planta de Geriatría del Hospital General de Mundalia. Todo transcurre tal que así:
"Matasanos!, usted lo que quiere es que me pase la noche meando, métase usted la pastilla por el gaznate", le grita quejoso el anciano Francés a la espalda del joven galeno tras el cambio de dosis de sus pastillas para la próstata, "no, no, es por tu bien, él chico sólo quiere ayudarte, en éso consiste su trabajo" -intenta calmarle la anciana Danesa con tono y ademanes conciliadores- "lo único que quiere es un poco de compañía, sabe?, sus hijos y nietos nunca vienen a verle, con lo cual, se encuentra sólo y por éso se queja", le explica al Doctor, comandante éste de su propio ejército de pupilos estudiantiles, y súbdito a la vez de su propia soberbia.
Mientras tanto, el anciano Italiano hará alarde de su propia capacidad elástica, multiplicando la longitud del único miembro que no posee vendado, para erigirse como indiscutible campeón arquero en el torneo de tino y pericia. Un certero cachete le será propinado a la Enfermera en su prominente trasero, "Caballero!, estése quieto y relájese", exclamará saltando sorprendida Lady Nightingale, tras recoger el bloc donde se registra el deterioro, o mejoría, físico de una persona.. La anciana Sudafricana no se quedará corta, no, y, pecando también de líbido, realizará acción pareja aplicada ésta en las inmediaciones traseras del joven Fisioterapeuta.
La paliativa anciana Marroquí se encomienda a Alá. Un contínuo murmullo de plegarias, como pequeños artrópodos, se escucha viajero desde el fondo de su alma. Durante los breves momentos de sufrida lucidez que los opiáceos le permiten gozar, la pobre mujer se cuestionará si dichos salmos serán recogidos por su salvador, ya que, a medida que pasan los días, cada vez le resulta más complicado recoger el artificial aire que la opresiva mascarilla le proporciona... por su parte, el anciano Peruano (también paliativo) hará lo equivalente para con su Mesías. Una retaila de Aves Marías serán orquestadas cual sedante nana tiñendo la sala de murmullo color tristeza... pero no todo quedará ahí!, ya que el anciano Indio, cuasi celoso de ajenas peroratas, le regalará misivas oratorias a Shiva, Vishnu y Ganesh, lanzándolas como acto reflejo al inconsciente universal. "Salvas militares despidiendo al caído", nos diría la musa... "fanáticos", piensa la anciana Australiana mientras se encomienda a su propia suerte, sedada también ésta, sirviéndole así de muy poca ayuda. Ella es atea. Ella está sóla. No quiere un Dios, sólo verse privada de esta naturaleza que le mantiene con agónica vida.
"Y los ingleses destruyeron nuestros barcos y nos robaron todo, y son unos perros, y encima se quieren llevar nuestro peñón y..."- tose el anciano Español entre oraciones copulativas. En la cama de enfrente, el anciano Inglés sentencia, tajante, con británica flema "los españoles son unos muertos de hambre y, merced a los elementos y su propia soberbia, tuvieron lo que se merecieron"... entonces estallará nuevamente el fragor de la guerra anglo-hispánica. Cañones, polvora y metralla. Metralla tachonada en las palabras, y una muy sucia dialéctica por ambos bandos. Varios "porfavores" intentarán mediar entre banderas, pero sólo las taquicardias y violentas toses de posterior gris esputo, conseguirán acallar los tambores de guerra.
Al final, durante el horario de visitas, ambos ancianos rogarán a sus barbilampiños nietos que eviten el conflicto, que la guerra sólo mata y confunde a los pueblos. Que sí!, que somos distintos, pero también es distinto, y muy raro, el futuro, y , que qué mejor que trabajar juntos ante lo incierto?.
La anciana Somalí es muda, pero la incapacidad del habla no le frena a la hora de lanzar un certero beso al Terapeuta. Es su humana, e impagable manera, de agradecer al chico el noble gesto de separarle ambas piernas, rígidas, articuladas, esqueléticas, cansadas y doloridas, piel seca retazo de una bella y suave dermis envidiada antaño. Piernas como viejas ramas de un roble, como ramas que se quebran por una úlcera que nadie merece, como si de cuajo cortaran raíces.
El anciano Canadiense mide casi dos metros, y pesa más de cien kilos. A pesar de los años se mantiene activo y fuerte, y su piel todavía conserva tersura e hidratación, "mi padre fue muy guapo de joven, sabes?, todas las mujeres del pueblo le iban detrás". Y también es orgulloso, mucho!. Quién sabe?, será por esa misma tozudez por lo que le oculta al sanitario, que cada vez que va al baño encuentra sangre en su muda?, será porque no quiere ser dependiente?, o será porque tiene miedo y no quiere enfrentarse a una realidad que pueda quebrarle sus, otrora cultivados, músculos, sí, podría ser... "un exceso de tozudez", nos sususarría al oído la anciana Nepalí que, al contrario que el Canadiense, pide ayuda cada vez que quiere beber agua, "es que si no me da de beber el chico, la tiro toda por la mesa", nos dice riendo, riendo como un pequeño pajaro... "y me mojo no sólo por el agua que derramo, sino también por estas lágrimas de impotencia, lágrimas que tiñen de sal mi rostro de cartón", nos expresan, mudos, sus vivarachos ojos de avellana.
El anciano Afgano se ha levantado más enfurruñado que de costumbre "una mujer, UNA MUJER me han asignado como Doctora!, habráse visto, con la de hombres que hay en el hospital y me asignan una mujer, a mí!, y encima no puedo hacer nada, porque, claro!, como es un hospital públicooo. Maldita Sanidad, y maldita sea también mi propia suerte"... El anciano poco a poco se tranquiliza. Pero no se tranquiliza por que él quiera, no, se tranquiliza porque el tamborileo trepidante que siente en el pecho se lo dicta. Tal traqueteo es el que le llama a la calma y a buscar un comportamiento conciliador. Cuando se calma, se recuesta. Moldea las cuatro almohadas que le sirven de un configurado casero trono, y acopla su espalda, ajustándola. "Discúlpame, cariño", le regala versos a su guapa nieta, "qué tal la Universidad?, acabarás pronto ya, no?, sé que te irá muy bien, eres una de las mujeres más listas que han pasado por mi vida, mucho más lista que yo, qué duda cabe!, seguro que llevarás de cabeza a tus profesores, verdad?, y seguro también que cuando vas a... el hombre intenta adecuar sus pensamientos, sabe que algo es incorrecto en su discurso, pero no sabe qué, tampoco lo dice, porque tiene miedo y no quiere alimentar su confusión. Todo el mundo sabe que es una idea repetida, que la nieta hace años ya, acabó la Universidad y ya tiene un trabajo, pero tanta idea de cambio no le gusta a la Señora Demencia, por eso no se lo cuenta al cerebro, que permanece ajeno a tales menesteres.
"Siempre juntas, míralas, ahí están, embobadas mirando las plantas", gruñen otras pacientes al verlas sentadas en el banco del huerto. "No sé qué tienen con el jardín, pero se pasan las horas muertas ahí, parece ser que de jóvenes fueron buenas amigas aunque, claro, la negra no se acuerda de nada, seguro...". Y son ciertas tales palabras, no nos engañemos. Ciertas en gran medida, de hecho. La anciana Argentina le explica a la anciana Etíope cómo mantener las tomateras en buenas condiciones, cuándo regar, cuánta cantidad y cuán importante es hablarle a las plantas, sí, porque, por el hecho de no moverse no van a dejar de ser seres vivos, no?, y todo ser vivo necesita entablar una comunicación, porque si no, se aburre, y el tedio lleva al cansancio vital, y si te aburres de la vida... "yo no me aburro contigo", enuncia calma y pausadamente, la mujer de ébano. Un extremo de su boca se abre para dejar paso tal máxima que, como un suave hilo de seda, recorre la superficie labial seca de la mujer. La oración dibuja el contorno sonriente de tal paisaje carnoso y confluye, agradecida, en el oído receptor de la argentina. "Yo tampoco contigo, por eso te quiero aquí, conmigo, observando la tierra, como antes, te acuerdas?...". Es posible que se acuerde de todo, o de la mitad, o de un cuarto... o de nada. Bueno, de nada, no, siempre queda algo, las caricias lo dicen, y también es posible que lo recuerden los sueños de manera inconsciente. Seguro que la mujer recuerda muchos pasajes en estado REM, cuando todo era muy difícil, requería mucho combate y mucho esfuerzo, cuando todo el mundo sospechaba de un estado incierto entre ellas y acciones, y gestos, empañados de duda y sospecha. Aquellas caricias de ayer son las caricias de hoy, las mismas, orquestadas por cerebros destrozados y constituciones raquíticas, pero dirigidos por una batuta inteligente movida por algo casi literario y poético.
El anciano Búlgaro...
Viajamos, descubrimos, conocemos y entendemos, amamos - engañamos, destruímos y guerreamos. Perdonamos. Luchamos, ganamos (perdemos), caemos, nos levantamos.
Vivimos.
El caso es que al final todo el mundo acaba en Mundalia. No hay colores. No hay sexos, ni religiones. No hay tendencias u orientaciones. Sólo hay el mundo que nos queda, el recuerdo del que dejamos atrás. Con suerte, nos acordaremos de éste último.
Al final sólo queda Mundalia, y ahí acabamos... con nuestras cosas.
"Matasanos!, usted lo que quiere es que me pase la noche meando, métase usted la pastilla por el gaznate", le grita quejoso el anciano Francés a la espalda del joven galeno tras el cambio de dosis de sus pastillas para la próstata, "no, no, es por tu bien, él chico sólo quiere ayudarte, en éso consiste su trabajo" -intenta calmarle la anciana Danesa con tono y ademanes conciliadores- "lo único que quiere es un poco de compañía, sabe?, sus hijos y nietos nunca vienen a verle, con lo cual, se encuentra sólo y por éso se queja", le explica al Doctor, comandante éste de su propio ejército de pupilos estudiantiles, y súbdito a la vez de su propia soberbia.
Mientras tanto, el anciano Italiano hará alarde de su propia capacidad elástica, multiplicando la longitud del único miembro que no posee vendado, para erigirse como indiscutible campeón arquero en el torneo de tino y pericia. Un certero cachete le será propinado a la Enfermera en su prominente trasero, "Caballero!, estése quieto y relájese", exclamará saltando sorprendida Lady Nightingale, tras recoger el bloc donde se registra el deterioro, o mejoría, físico de una persona.. La anciana Sudafricana no se quedará corta, no, y, pecando también de líbido, realizará acción pareja aplicada ésta en las inmediaciones traseras del joven Fisioterapeuta.
La paliativa anciana Marroquí se encomienda a Alá. Un contínuo murmullo de plegarias, como pequeños artrópodos, se escucha viajero desde el fondo de su alma. Durante los breves momentos de sufrida lucidez que los opiáceos le permiten gozar, la pobre mujer se cuestionará si dichos salmos serán recogidos por su salvador, ya que, a medida que pasan los días, cada vez le resulta más complicado recoger el artificial aire que la opresiva mascarilla le proporciona... por su parte, el anciano Peruano (también paliativo) hará lo equivalente para con su Mesías. Una retaila de Aves Marías serán orquestadas cual sedante nana tiñendo la sala de murmullo color tristeza... pero no todo quedará ahí!, ya que el anciano Indio, cuasi celoso de ajenas peroratas, le regalará misivas oratorias a Shiva, Vishnu y Ganesh, lanzándolas como acto reflejo al inconsciente universal. "Salvas militares despidiendo al caído", nos diría la musa... "fanáticos", piensa la anciana Australiana mientras se encomienda a su propia suerte, sedada también ésta, sirviéndole así de muy poca ayuda. Ella es atea. Ella está sóla. No quiere un Dios, sólo verse privada de esta naturaleza que le mantiene con agónica vida.
"Y los ingleses destruyeron nuestros barcos y nos robaron todo, y son unos perros, y encima se quieren llevar nuestro peñón y..."- tose el anciano Español entre oraciones copulativas. En la cama de enfrente, el anciano Inglés sentencia, tajante, con británica flema "los españoles son unos muertos de hambre y, merced a los elementos y su propia soberbia, tuvieron lo que se merecieron"... entonces estallará nuevamente el fragor de la guerra anglo-hispánica. Cañones, polvora y metralla. Metralla tachonada en las palabras, y una muy sucia dialéctica por ambos bandos. Varios "porfavores" intentarán mediar entre banderas, pero sólo las taquicardias y violentas toses de posterior gris esputo, conseguirán acallar los tambores de guerra.
Al final, durante el horario de visitas, ambos ancianos rogarán a sus barbilampiños nietos que eviten el conflicto, que la guerra sólo mata y confunde a los pueblos. Que sí!, que somos distintos, pero también es distinto, y muy raro, el futuro, y , que qué mejor que trabajar juntos ante lo incierto?.
La anciana Somalí es muda, pero la incapacidad del habla no le frena a la hora de lanzar un certero beso al Terapeuta. Es su humana, e impagable manera, de agradecer al chico el noble gesto de separarle ambas piernas, rígidas, articuladas, esqueléticas, cansadas y doloridas, piel seca retazo de una bella y suave dermis envidiada antaño. Piernas como viejas ramas de un roble, como ramas que se quebran por una úlcera que nadie merece, como si de cuajo cortaran raíces.
El anciano Canadiense mide casi dos metros, y pesa más de cien kilos. A pesar de los años se mantiene activo y fuerte, y su piel todavía conserva tersura e hidratación, "mi padre fue muy guapo de joven, sabes?, todas las mujeres del pueblo le iban detrás". Y también es orgulloso, mucho!. Quién sabe?, será por esa misma tozudez por lo que le oculta al sanitario, que cada vez que va al baño encuentra sangre en su muda?, será porque no quiere ser dependiente?, o será porque tiene miedo y no quiere enfrentarse a una realidad que pueda quebrarle sus, otrora cultivados, músculos, sí, podría ser... "un exceso de tozudez", nos sususarría al oído la anciana Nepalí que, al contrario que el Canadiense, pide ayuda cada vez que quiere beber agua, "es que si no me da de beber el chico, la tiro toda por la mesa", nos dice riendo, riendo como un pequeño pajaro... "y me mojo no sólo por el agua que derramo, sino también por estas lágrimas de impotencia, lágrimas que tiñen de sal mi rostro de cartón", nos expresan, mudos, sus vivarachos ojos de avellana.
El anciano Afgano se ha levantado más enfurruñado que de costumbre "una mujer, UNA MUJER me han asignado como Doctora!, habráse visto, con la de hombres que hay en el hospital y me asignan una mujer, a mí!, y encima no puedo hacer nada, porque, claro!, como es un hospital públicooo. Maldita Sanidad, y maldita sea también mi propia suerte"... El anciano poco a poco se tranquiliza. Pero no se tranquiliza por que él quiera, no, se tranquiliza porque el tamborileo trepidante que siente en el pecho se lo dicta. Tal traqueteo es el que le llama a la calma y a buscar un comportamiento conciliador. Cuando se calma, se recuesta. Moldea las cuatro almohadas que le sirven de un configurado casero trono, y acopla su espalda, ajustándola. "Discúlpame, cariño", le regala versos a su guapa nieta, "qué tal la Universidad?, acabarás pronto ya, no?, sé que te irá muy bien, eres una de las mujeres más listas que han pasado por mi vida, mucho más lista que yo, qué duda cabe!, seguro que llevarás de cabeza a tus profesores, verdad?, y seguro también que cuando vas a... el hombre intenta adecuar sus pensamientos, sabe que algo es incorrecto en su discurso, pero no sabe qué, tampoco lo dice, porque tiene miedo y no quiere alimentar su confusión. Todo el mundo sabe que es una idea repetida, que la nieta hace años ya, acabó la Universidad y ya tiene un trabajo, pero tanta idea de cambio no le gusta a la Señora Demencia, por eso no se lo cuenta al cerebro, que permanece ajeno a tales menesteres.
"Siempre juntas, míralas, ahí están, embobadas mirando las plantas", gruñen otras pacientes al verlas sentadas en el banco del huerto. "No sé qué tienen con el jardín, pero se pasan las horas muertas ahí, parece ser que de jóvenes fueron buenas amigas aunque, claro, la negra no se acuerda de nada, seguro...". Y son ciertas tales palabras, no nos engañemos. Ciertas en gran medida, de hecho. La anciana Argentina le explica a la anciana Etíope cómo mantener las tomateras en buenas condiciones, cuándo regar, cuánta cantidad y cuán importante es hablarle a las plantas, sí, porque, por el hecho de no moverse no van a dejar de ser seres vivos, no?, y todo ser vivo necesita entablar una comunicación, porque si no, se aburre, y el tedio lleva al cansancio vital, y si te aburres de la vida... "yo no me aburro contigo", enuncia calma y pausadamente, la mujer de ébano. Un extremo de su boca se abre para dejar paso tal máxima que, como un suave hilo de seda, recorre la superficie labial seca de la mujer. La oración dibuja el contorno sonriente de tal paisaje carnoso y confluye, agradecida, en el oído receptor de la argentina. "Yo tampoco contigo, por eso te quiero aquí, conmigo, observando la tierra, como antes, te acuerdas?...". Es posible que se acuerde de todo, o de la mitad, o de un cuarto... o de nada. Bueno, de nada, no, siempre queda algo, las caricias lo dicen, y también es posible que lo recuerden los sueños de manera inconsciente. Seguro que la mujer recuerda muchos pasajes en estado REM, cuando todo era muy difícil, requería mucho combate y mucho esfuerzo, cuando todo el mundo sospechaba de un estado incierto entre ellas y acciones, y gestos, empañados de duda y sospecha. Aquellas caricias de ayer son las caricias de hoy, las mismas, orquestadas por cerebros destrozados y constituciones raquíticas, pero dirigidos por una batuta inteligente movida por algo casi literario y poético.
El anciano Búlgaro...
Viajamos, descubrimos, conocemos y entendemos, amamos - engañamos, destruímos y guerreamos. Perdonamos. Luchamos, ganamos (perdemos), caemos, nos levantamos.
Vivimos.
El caso es que al final todo el mundo acaba en Mundalia. No hay colores. No hay sexos, ni religiones. No hay tendencias u orientaciones. Sólo hay el mundo que nos queda, el recuerdo del que dejamos atrás. Con suerte, nos acordaremos de éste último.
Al final sólo queda Mundalia, y ahí acabamos... con nuestras cosas.
domingo, 22 de junio de 2014
"Me parece incorrecto que los amantes expresen el típico “te
amaré hasta el día que muera”, ya que, si el amor es eterno, no sería posible
amar hasta la Eternidad?, o es que acaso el hecho o circunstancia de morir nos permite
sobrepasar la línea de la fidelidad, vamos, el engaño carnal, con otras almas
libertinas en el Más Allá?. Yo creo que, realmente, los amantes no se aman
tanto, vamos, que pecan de escasa, o incluso vácua, calidad amatoria."
sábado, 21 de junio de 2014
La mujer que no tenía pechos.
El otro día, sentado en el metro, observé a una mujer que cargaba un niño en brazos.
Una mujer de raza blanca. Blanca como otra mujer aleatoria de raza blanca, que bien pudiera pertenecer a una raza más oscura, amarillenta, o cetrina, si sus melanocitos se hubieran confabulado con tal fin. Pero no, amigos, esta mujer en concreto era blanca.
Y blanco también era el bebé de pocos meses que portaba en brazos. Indefenso por su constitución todavía no formada, pero invulnerable ante el agresivo exterior por los brazos protectores de su progenitora.
Sin embargo, de todo aquel pack familiar constituído por dos indivíduos, lo que más llamó mi atención cual badajo (colérico agitado en torno a martillo, yunque, y estribo) fue la escasa protuberancia mamaria de la mujer.
"Joder", pensé para mis adentros, "que tetas más pequeñas tiene la tía, si casi no tiene".
La imaginé de pechos convexos, cual pareja de grutas inframundo bajo la montaña. Dos parábolas gemelas verticales destacando alrededor de un sobresaliente esternón.
El traqueteo del vagón parecía estimular la conexión sináptica de mis neuronas, o bien, simplemente, divagaba por divagar. El caso es que me imaginé los desgarradores esfuerzos de aquel prepúber intentando sorber algo de material lácteo a traves de aquellos ínfimos pezones. Aquel pobre ser, boqueante cual agónico pez engañado por espejismo en el desierto, tenía que estar sufriendo, "se lo merece?", "no sé, lo dudo, no creo que un ser humano de tal pronta edad sea capaz de cometer, o siquiera imaginar, un conato de maldad cuando ni siquiera es competente como para deletrear tal vocablo.
Y me pregunto yo "cómo eres tan mala madre de tener un crío, cuando ni siquiera puedes darle de mamar?".
"Marrana!", "asquerosa", "fea", le gritarían algunos, "no eres digna de ese bebé, ni de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sacarme", espetarían otros. Si cerca se hubiera localizado una obra en plena construcción, ésta se hubiera visto desprovista de adoquines, todos arrebatados por una masa violenta con afan de lapidar tal fulana.
Pero no creo que la madre fuera consciente de tal eventualidad, ya que, en tal caso, hubiera recurrido a legales, y reglados, métodos anticonceptivos determinados, o bien hubiera acallado, recurriendo a la masturbación, la lujuriosa llamada de su isósceles libertina, aquella que se aloja caliente en la fosa entrepierna.
Y sin embargo, ahí estaba el pobre y minúsculo desgraciado, intentando alojar sus pequeños y adorables labios en torno a una aureola inexistente.
Cómo permite la policia semejante atentado vital?. Desmedida es la violación del humano derecho que tal personita está viendo vulnerada, ¡y nadie hace nada!, deberían colgarle a ella, por perra tentadora, y a todos los humanos en torno, por espectadores de pasiva actuación.
A los pocos minutos, un ofrecido joven cederá su asiento a la madre, para que esta pueda sentarse y ofrecer el pecho a su hijo. Ella lo agradecerá acaloradamente. Y yo, yo volveré a refugiarme, autístico en mi soledad, hasta que llegue a mi parada.
Una mujer de raza blanca. Blanca como otra mujer aleatoria de raza blanca, que bien pudiera pertenecer a una raza más oscura, amarillenta, o cetrina, si sus melanocitos se hubieran confabulado con tal fin. Pero no, amigos, esta mujer en concreto era blanca.
Y blanco también era el bebé de pocos meses que portaba en brazos. Indefenso por su constitución todavía no formada, pero invulnerable ante el agresivo exterior por los brazos protectores de su progenitora.
Sin embargo, de todo aquel pack familiar constituído por dos indivíduos, lo que más llamó mi atención cual badajo (colérico agitado en torno a martillo, yunque, y estribo) fue la escasa protuberancia mamaria de la mujer.
"Joder", pensé para mis adentros, "que tetas más pequeñas tiene la tía, si casi no tiene".
La imaginé de pechos convexos, cual pareja de grutas inframundo bajo la montaña. Dos parábolas gemelas verticales destacando alrededor de un sobresaliente esternón.
El traqueteo del vagón parecía estimular la conexión sináptica de mis neuronas, o bien, simplemente, divagaba por divagar. El caso es que me imaginé los desgarradores esfuerzos de aquel prepúber intentando sorber algo de material lácteo a traves de aquellos ínfimos pezones. Aquel pobre ser, boqueante cual agónico pez engañado por espejismo en el desierto, tenía que estar sufriendo, "se lo merece?", "no sé, lo dudo, no creo que un ser humano de tal pronta edad sea capaz de cometer, o siquiera imaginar, un conato de maldad cuando ni siquiera es competente como para deletrear tal vocablo.
Y me pregunto yo "cómo eres tan mala madre de tener un crío, cuando ni siquiera puedes darle de mamar?".
"Marrana!", "asquerosa", "fea", le gritarían algunos, "no eres digna de ese bebé, ni de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sacarme", espetarían otros. Si cerca se hubiera localizado una obra en plena construcción, ésta se hubiera visto desprovista de adoquines, todos arrebatados por una masa violenta con afan de lapidar tal fulana.
Pero no creo que la madre fuera consciente de tal eventualidad, ya que, en tal caso, hubiera recurrido a legales, y reglados, métodos anticonceptivos determinados, o bien hubiera acallado, recurriendo a la masturbación, la lujuriosa llamada de su isósceles libertina, aquella que se aloja caliente en la fosa entrepierna.
Y sin embargo, ahí estaba el pobre y minúsculo desgraciado, intentando alojar sus pequeños y adorables labios en torno a una aureola inexistente.
Cómo permite la policia semejante atentado vital?. Desmedida es la violación del humano derecho que tal personita está viendo vulnerada, ¡y nadie hace nada!, deberían colgarle a ella, por perra tentadora, y a todos los humanos en torno, por espectadores de pasiva actuación.
A los pocos minutos, un ofrecido joven cederá su asiento a la madre, para que esta pueda sentarse y ofrecer el pecho a su hijo. Ella lo agradecerá acaloradamente. Y yo, yo volveré a refugiarme, autístico en mi soledad, hasta que llegue a mi parada.
miércoles, 4 de junio de 2014
sábado, 10 de mayo de 2014
Corazón en un puño.
Es el Otoño el que me despierta.
Avido.
Sibilante como el viento que mece sueños y agita cadenas.
Raso y terciopelo, y entre ambos dos, tan sólo savia.
A quién le importan las cartas que nadie regala, si todo resulta brillante, incandescente como un beso, cuando son las cuatro esquinas de tu boca las que atesoran mi yo. No será mi persona, y mucho menos mi pesar ,los que digan "basta", crujiendo nubes, atravesando montañas y parajes.
No seré yo.
Aquí sólo, sentado, contemplo una lápida, nombre inscrito?, qué mas da!. Latente alevosía.
Tanto pensar en esculturas de barro, en tareas por realizar y en aquello que fue dicho o nunca pensado... mientras tanto sigo encaramado al árbol que, alto cual lejana o distante senda, pide ser repoblado por todo aquello que enuncia tu pelo.
Levántate y pronuncia aquello que merece ser dicho, no consideres nunca un tarde, o siquiera un "quizás" cuando todo ello deba ser debatido ya. Sólo son adverbios de tiempo, no hay desdicha.
Y me contemplo en el espejo, y ni siquiera los rayos de Sol que anuncian un nuevo día sabrán que sólo él fue quien nos mantuvo expectantes, tendidos sobre pendiente cuerda y tejiendo más y más quehaceres.
Nadie más lo sabrá.
Avido.
Sibilante como el viento que mece sueños y agita cadenas.
Raso y terciopelo, y entre ambos dos, tan sólo savia.
A quién le importan las cartas que nadie regala, si todo resulta brillante, incandescente como un beso, cuando son las cuatro esquinas de tu boca las que atesoran mi yo. No será mi persona, y mucho menos mi pesar ,los que digan "basta", crujiendo nubes, atravesando montañas y parajes.
No seré yo.
Aquí sólo, sentado, contemplo una lápida, nombre inscrito?, qué mas da!. Latente alevosía.
Tanto pensar en esculturas de barro, en tareas por realizar y en aquello que fue dicho o nunca pensado... mientras tanto sigo encaramado al árbol que, alto cual lejana o distante senda, pide ser repoblado por todo aquello que enuncia tu pelo.
Levántate y pronuncia aquello que merece ser dicho, no consideres nunca un tarde, o siquiera un "quizás" cuando todo ello deba ser debatido ya. Sólo son adverbios de tiempo, no hay desdicha.
Y me contemplo en el espejo, y ni siquiera los rayos de Sol que anuncian un nuevo día sabrán que sólo él fue quien nos mantuvo expectantes, tendidos sobre pendiente cuerda y tejiendo más y más quehaceres.
Nadie más lo sabrá.
viernes, 2 de mayo de 2014
Hoy se ha despertado, asustado, muy asustado. Si hubiera contemplado su propio reflejo en el lago, como suele hacer todas las mañanas, hubiera podido observar el mismísimo rostro del miedo asustado. Petrificada esta máscara, eterna, clavada en su piel y de extremos tachonados en torno a sus grandes y peludas orejas.
Se ha despertado y ha dado un respingo. Ha saltado como el animal que es hacia detrás, arriesgando la integridad de su primitiva cabeza en torno a una estalactita.
Sus congéneres se agrupan cual camada, todos juntos, sentido de protección en torno a la comuna.
Algo gruñe uno, le responde otro agitando sus miembros en posición guerrera pero basada en el pánico. "Qué es eso, qué es eso?", dirían si su anatomía y un cerebro acorde se lo permitiera, mas son sólo gruñidos aquello que reverbera, y por lo tanto, asusta, dentro y fuera de aquellas fauces cavernosas... pero es temprano todavía para decir u opinar.
El observa su propia entrepierna.
Ahí está.
Su mente, plagada de recuerdos salpicados como anárquicas gotas de lluvia, todos dispersos y a la vez agrupados, tantos y tantos acumulados, desde que aquel primer día se despertó acunado por un congénere del cual mamó leche. Su mente le hace evocar, peligrosamente, a aquel otro similar:
Se encontraban todos juntos bajo una arboleda, bueno, arboleda... un conjunto masivo de aquellas imponentes "cosas" que se yerguen entre lo verde que pisan, y lo azul que torna en negro cuando las mandibulas se abren y los ojos se cierran. Se hallaban ahí, descubriendo el mundo, hasta que uno de ellos rasgó la tranquilidad de un Universo todavía naciente... qué es aquello!?, sorpresa-duda-miedo-PANICO. El homínido observa su propio pene mantenerse erecto, más y más erecto, creciendo sin pausa y expandiéndose como aquellos círculos concéntricos que nacen cuando con un dedo se toca el agua.
Está horrorizado. Todavía a cuatro patas, salta hacia atrás, como intentando escapar de sus propias ingles, pero resulta un esfuerzo inútil, porque, por mucho que salte o escape, aquella... cosa rosa!, le persigue allá donde vaya. Gruñe, patalea, pero por mucho que agite sus oseznas piernas, aquel extraño que invade su cuerpo sigue pendiendo, balanceándose de izquierda a derecha, casi seleccionando dónde mirar, arboleda-primates-lago, y nuevamente, lago-primates-arboleda... el resto de homínidos permanece agrupado, con aquella expresión de desconcierto que aún, y todavía, se nos dibuja en el rostro cuando observamos algo desconcertante.
Revolcándose, su huída queda frenada por la pared externa de la cueva.
Lo positivo es que "aquello" no ataca, sólo escudriña, con aquel ojo rasgado en su punta. Por ello, decidirá que es su turno, quizás sea el último!, por lo cual no hay momento que perder.
Una de aquellas puntas afiladas... "Piedra", lo llamaremos cuando juntemos varias para crear una rueda. Una piedra parecida a aquella otra que usó para abrir el pecho de aquel animal, e introducir sus entrañas en su boca.
Agarra la piedra. Si pudo rasgar un animal, también podrá rasgar este otro. Por ello, armado con la cortante piedra y, escudado por necesario coraje, asesta varios asesinos, y certeros, golpes en la base de aquello que ha tomado su cuerpo.
Siente dolor. Ya lo ha sentido antes. Como cuando resbaló por un barranco y cayó violentamente, torciéndose ambas muñecas por el plazo de varias lunas, o como aquella vez que aquel congénere de pendientes pechos le asestó un manotazo tras intentar arrebatarle algo que llevarse a la boca.
Pues bien, el dolor es el mismo, ¡y aquella cosa intenta defenderse de extraña manera!, ¡escupiendo!... "aleja eso de mí!!!", gruñe en su personal lenguaje a sus lastimadas gónadas. Algo que combina la sensación placentera que proporciona la bola que "no se puede mirar", con la oscura vestimenta que recubre aquellos brotes del árbol, avanza pintando su pecho, por arriba, y sus muslos, por debajo... pero eso no le achanta, y continúa lanzando dentelladas de furia victoriosa contra eso.
No se da cuenta que, cuanto más golpea, más se expande el bermellón... pero eso aún no lo concibe.
En algún momento de aquella batalla perdida se desmayará por la pérdida de sangre.
Todos lo observarán como uno más que está durmiendo. Un largo sueño.
Es posible que alguno, no encontrando resistencia por parte del cadáver, devore su miembro ya cortado. A fin de cuentas es carne, y satisface una necesidad.
Se ha despertado y ha dado un respingo. Ha saltado como el animal que es hacia detrás, arriesgando la integridad de su primitiva cabeza en torno a una estalactita.
Sus congéneres se agrupan cual camada, todos juntos, sentido de protección en torno a la comuna.
Algo gruñe uno, le responde otro agitando sus miembros en posición guerrera pero basada en el pánico. "Qué es eso, qué es eso?", dirían si su anatomía y un cerebro acorde se lo permitiera, mas son sólo gruñidos aquello que reverbera, y por lo tanto, asusta, dentro y fuera de aquellas fauces cavernosas... pero es temprano todavía para decir u opinar.
El observa su propia entrepierna.
Ahí está.
Su mente, plagada de recuerdos salpicados como anárquicas gotas de lluvia, todos dispersos y a la vez agrupados, tantos y tantos acumulados, desde que aquel primer día se despertó acunado por un congénere del cual mamó leche. Su mente le hace evocar, peligrosamente, a aquel otro similar:
Se encontraban todos juntos bajo una arboleda, bueno, arboleda... un conjunto masivo de aquellas imponentes "cosas" que se yerguen entre lo verde que pisan, y lo azul que torna en negro cuando las mandibulas se abren y los ojos se cierran. Se hallaban ahí, descubriendo el mundo, hasta que uno de ellos rasgó la tranquilidad de un Universo todavía naciente... qué es aquello!?, sorpresa-duda-miedo-PANICO. El homínido observa su propio pene mantenerse erecto, más y más erecto, creciendo sin pausa y expandiéndose como aquellos círculos concéntricos que nacen cuando con un dedo se toca el agua.
Está horrorizado. Todavía a cuatro patas, salta hacia atrás, como intentando escapar de sus propias ingles, pero resulta un esfuerzo inútil, porque, por mucho que salte o escape, aquella... cosa rosa!, le persigue allá donde vaya. Gruñe, patalea, pero por mucho que agite sus oseznas piernas, aquel extraño que invade su cuerpo sigue pendiendo, balanceándose de izquierda a derecha, casi seleccionando dónde mirar, arboleda-primates-lago, y nuevamente, lago-primates-arboleda... el resto de homínidos permanece agrupado, con aquella expresión de desconcierto que aún, y todavía, se nos dibuja en el rostro cuando observamos algo desconcertante.
Revolcándose, su huída queda frenada por la pared externa de la cueva.
Lo positivo es que "aquello" no ataca, sólo escudriña, con aquel ojo rasgado en su punta. Por ello, decidirá que es su turno, quizás sea el último!, por lo cual no hay momento que perder.
Una de aquellas puntas afiladas... "Piedra", lo llamaremos cuando juntemos varias para crear una rueda. Una piedra parecida a aquella otra que usó para abrir el pecho de aquel animal, e introducir sus entrañas en su boca.
Agarra la piedra. Si pudo rasgar un animal, también podrá rasgar este otro. Por ello, armado con la cortante piedra y, escudado por necesario coraje, asesta varios asesinos, y certeros, golpes en la base de aquello que ha tomado su cuerpo.
Siente dolor. Ya lo ha sentido antes. Como cuando resbaló por un barranco y cayó violentamente, torciéndose ambas muñecas por el plazo de varias lunas, o como aquella vez que aquel congénere de pendientes pechos le asestó un manotazo tras intentar arrebatarle algo que llevarse a la boca.
Pues bien, el dolor es el mismo, ¡y aquella cosa intenta defenderse de extraña manera!, ¡escupiendo!... "aleja eso de mí!!!", gruñe en su personal lenguaje a sus lastimadas gónadas. Algo que combina la sensación placentera que proporciona la bola que "no se puede mirar", con la oscura vestimenta que recubre aquellos brotes del árbol, avanza pintando su pecho, por arriba, y sus muslos, por debajo... pero eso no le achanta, y continúa lanzando dentelladas de furia victoriosa contra eso.
No se da cuenta que, cuanto más golpea, más se expande el bermellón... pero eso aún no lo concibe.
En algún momento de aquella batalla perdida se desmayará por la pérdida de sangre.
Todos lo observarán como uno más que está durmiendo. Un largo sueño.
Es posible que alguno, no encontrando resistencia por parte del cadáver, devore su miembro ya cortado. A fin de cuentas es carne, y satisface una necesidad.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Ver
Ver.
El otro día me desperté para ir a trabajar. Como cualquier otro día.
Calenté café y añadí leche. Un poco de azúcar. Lavado de dientes. Intercambio de ropa, y listo.
"Andar" es otro verbo. Como "ver" lo es.
Y el resto de la batería verbal que conforma nuestra historia horaria, queda desprovista de sentido cuando es el verbo "ver" el que no se articula propiamente.
No veía bien.
Veía, sí, pero no tan bien como siempre solía hacerlo. Mi ojo izquierdo lacrimaba algo más de lo habitual.
Seguí andando mientras me frotaba el párpado con el dedo corazón. Pero seguía viendo algo borroso.
"Será que todavía estoy medio dormido y tengo alguna legaña", pensé. Cinco minutos después la cuasi imperceptible calidad reducida de mi retina izquierda, seguía pecando de vagancia.
Fue entonces cuando reduje el paso y me preocupé.
Tapé con la palma de mi mano el malogrado ojo, observando con el contrario, "no hay problema", me dije. Realicé la misma acción pero espejada. Un neblinoso trazo cruzaba siniestro mi ángulo visual. Entonces frené en seco. "Joder, joder, qué pasa?, qué pasa?, qué es esto?". Y otros comentarios peyorativos a todo aquello en torno que pudiera ser observado, es decir, TODO.
Nunca, creo, he sufrido un ataque de ansiedad o algo parecido. Siempre me han gustado las multitudes, el caos, y el desorden en torno a mí, por eso vivo en una ciudad como esta, en un barrio como este, e intento localizarme en entornos parejos, con afán de averiguar dónde se encuentra el orden escondido, y si no lo encuentro, fabricarlo. Pues bien, concebí esta preñada ansiedad en la más absoluta soledad de una calle cualquiera poblada por nadie, únicamente, por el entorno material, por mi ajada pupila, y por un distante recuerdo de todo aquello sobresaliente observado en un cercano pasado.
Llegué al trabajo y las posteriores tres, o cuatro horas fueron, para mí, un circo de los horrores, con payasos melodramáticos y números circenses fallidos.
Con muertos.
Con desgracias.
Con lágrimas secretas fluyendo en torno a un rollo de papel higiénico.
Con exagerados pensamientos agoreros de ceguera, pelos de punta y carne de gallina.
Con "diosquemeestapasando" varios y respiraciones agitadas, como de miedo, como de pánico nunca sentido.
Con pausas de pensamiento mientras ahora tecleo esto.
Para más inri me colocaron en una zona de la planta más complicada, con más responsabilidades que acometer, más técnicas que realizar y más quebraderos de cabeza para esa horrorosa mañana que tuve que sufrir.
Nunca me ha pasado nada en la vida. Supongo que por eso una mínima alteración en mi yo físico supone un mundo desquebrajado que se precipita al vacío más negro y universal.
Actué. Actué como un desesperado hasta la hora (mi hora) de la comida, lo que supone varias horas con retardo, ya que soy así... y luego aquel mojado tatuaje quiso subyugarse por fin ante mis arrodilladas rogativas. Luego volví a ver bien. Bien, como siempre.
Probablemente no fuera nada importante, nada que pudiera desmontar mi mundo interior como así yo lo hice. Pudiera ser que estuviera cansado, que no durmiera suficiente la noche anterior, o que, pudiera ser, algún imperceptible cuerpo extraño, mínimo, hubiera decidido alojarse entre mi racionalidad y el desespero, con objeto de jugar a un Maquiavélico juego de dados trucados y cartas marcadas.
Internet, whatssap, videojuegos, tecnología, drogas, alcohol, viajes, coches caros, espectáculos... todo aquello extra en nuestras vidas es superfluo. Todo se reduce a vacuos vocablos cuando se padece la desgracia de no poder verse observado.
Sólo aquel que nace invidente puede, de irónica manera, considerarse afortunado por no padecer la desgracia de poder llegar perder la vista.
Querría, como siempre, haber escrito esto enfocado hacia un entorno más poético, pero, y me pregunto, qué resulta más bello, y más poético, que poder leer delante de un monitor aquello escrito?, aunque sea de calidad discutible.
Esta mañana me he levantado y he observado en el espejo una horrorosa maraña de enredados pelos que cubrían un pálido rostro dormido.
Y ha sido hermoso.
lunes, 13 de enero de 2014
Empiezo de manera un poco brusca, impetuosa, como movido por un ansia feroz y un reloj de manecillas veloces. Luego ya me asiento, me tranquilizo y centro en tu boca, y experimento tu saliva mezclándola con la mía. La gente nos mira, seguro que envidiosos. Bajando por la calle nos otorgarán unos segundos de gloria en su memoria, como actores principales sobre el escenario. Privilegiados somos por adornar con calor y belleza sus ocupadas memorias de entornos laborales. Y sus retinas también se impregnarán de aquello que conmueve nuestros labios, difuminando el entorno que, ahora sí, aprecian entre nubes bajas.
Luego me separo un poquito, o me separas?, ya no me acuerdo pero es irrelevante. Mesamos recíprocos nuestros cabellos como si nunca antes hubiéramos peinado otros, y volvemos a hacer que nuestras bocas se encuentren, como si el intervalo de breves segundos, del previo beso, se hubiera dilatado en el tiempo por varias edades.
Vuelvo a besarte, y me besas como buscando un balance. Un balance que atenúe el frenético batir que te regala mi pecho. Es como si la Tierra se abriera y fuera a tragarme, por eso mis labios se adhieren a los tuyos, como un poderoso enlace entre fuerzas opuestas que te arrastre conmigo hacia algo más profundo que la Eternidad.
Al final los ojos se miran, ajenos a todo aquello en torno a nuestra burbuja, y todavía con cohibidas palabras, tu corazón habla: "tenías ganas, eh", y yo respondo, rebuscando falsa hombría entre camuflados temblores "más que de encontrar el aire que respiro". Y luego hay un abrazo, y abrazando este abrazo no hay nada más, salvo la vida real y cosas que poco importan.
Luego me separo un poquito, o me separas?, ya no me acuerdo pero es irrelevante. Mesamos recíprocos nuestros cabellos como si nunca antes hubiéramos peinado otros, y volvemos a hacer que nuestras bocas se encuentren, como si el intervalo de breves segundos, del previo beso, se hubiera dilatado en el tiempo por varias edades.
Vuelvo a besarte, y me besas como buscando un balance. Un balance que atenúe el frenético batir que te regala mi pecho. Es como si la Tierra se abriera y fuera a tragarme, por eso mis labios se adhieren a los tuyos, como un poderoso enlace entre fuerzas opuestas que te arrastre conmigo hacia algo más profundo que la Eternidad.
Al final los ojos se miran, ajenos a todo aquello en torno a nuestra burbuja, y todavía con cohibidas palabras, tu corazón habla: "tenías ganas, eh", y yo respondo, rebuscando falsa hombría entre camuflados temblores "más que de encontrar el aire que respiro". Y luego hay un abrazo, y abrazando este abrazo no hay nada más, salvo la vida real y cosas que poco importan.
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