jueves, 26 de noviembre de 2009

Serena

Esta es de las mías viejas.
Y no, no es que esté en sequía creativa ni nada de eso, siempre he sido bastante poco productivo en esto que yo no debo calificar de "literario", ya que no me acerco demasiado, la verdad, sólo lo intento... pero es que esta me gusta realmente, con lo cual la pongo.
Ale, un besico y a pasarlo bien.
Adiooos (y nos vemos entre líneas).
Ahí va:


Vida sombría oculta entre las sombras de una calle salpicada de intenciones tabúes.
Valerosa y serena se arma de su mejor estómago.
Resignada al mismo tiempo, se calza sus balas de plata, balas cazadoras de lobos nocturnos.

Sentada en la azotea de una silla de bar, acicala sus mejores pestañas para prender efectiva un espíritu catártico.

Quién puede decirte que el alma que hoy te posea, sea mas honrosa que el sujeto de tantos anteayeres?, quizás, bonita, hoy tengas suerte y te tome el respeto, no para desflorarte,
triste rosa, sino para hacerte sentir tan sólo una vez, la olvidada mujer que hace ya tiempo creíste dejar de ser.

Viniste con sana esperanza buscando tu destino aún inmaculado y blanco por crear, y por el
momento tan sólo el rosa intenso es el que tachona de negro tus interminables presentes de
cuarto de hora.

Y sin embargo, despiertas hoy prendida a un hilo de fina esperanza, mancillada ésta un poco más
por el ayer pero, y así le ruegas a las nubes y sus confines, esperando que un anhelado mañana
que bien podría ser hoy, te devuelva tu condición de ser humano prestado.

Grácil paloma que del cielo caíste herida desde las alturas que ansiabas coronar y nunca
alcanzaste. Tan sólo tu mirada poética te transporta bendita a esos lugares que desde la cabecera de una cama crees poder vislumbrar.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Mapa del cielo

Y con el selecto tacto con el que acarician mis dedos
separo con delicado esmero los primeros pétalos de tu flor,
protectores del secreto guardado sólo para el Elegido,
encofrado cual antiguo tesoro entre los dos laberintos sinuosos que son tus piernas,
largas, casi eternas como una bendita perdición,
como un goce proyectado para los sentidos.

Deslizo arqueólogo mi miembro explorador,
ávido del conocimiento que proporciona la búsqueda de tu éxtasis,
avaricioso de la lujuria que sólo quiere para él, codicioso aca en la Tierra.

Y tu sexo resplandece entonces como espejo,
empapado con gracia para que en él se reflejen las estrellas,
para que se sientan dichosas de contemplar desde las alturas,
protagonistas indiscutibles en primera fila,
de cómo el placer filosófico se vuelve hecho carne,
de cómo tú eres Venus y yo el creyente que le adora,
de cómo lo perfecto se transforma en espasmo convulsivo,
que me abraza, me acaricia, me toca y me araña.

Orgasmo en conjunción con los astros,
viajando junto a ellos y siendo éter,
creando un pequeño big-bang que no dura nada,
mas sí lo suficiente para volvernos locos,
para crear un mapa con tu cuerpo extendido sobre la hierba,
clavado en la inmensidad con cuatro de los sentidos
y el quinto en el centro a modo de corazón,
y de fondo,
de fondo nuestro horizonte plagado de estrellas.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Susan y Alex

Susan y Alex son turistas de Estados Unidos.

Han llegado a Barcelona por la mañana, y todavía les queda algo de camino por recorrer hasta culminar su objetivo. El objetivo de todos los años.

Susan es ama de casa, trabajo a ojos legales no reconocido, y a los morales de sobrada apreciación. Alex trabaja en una tienda de música, vendiendo acordes y regalando la intención, según él, de conseguir abrir alguna joven mente por medio de historias de juventud.

Ella es menuda, su peso rondará los cincuenta y tantos. En torno al metro sesenta de altura, ahora sesenta y pico, engañado por sus zapatos de alta suela.
El es el americano medio que visualizamos en las series tipo comedias de televisión. Cercano al metro ochenta, pesará sus "ochenta y", lo que le confiere un aspecto afable asegurado por su carácter abierto.
Ambos son pálidos de piel.
Ella se presenta convenientemente maquillada y vestida, como una de esas pudientes señoras extranjeras, que acuden a zonas de playa mediterráneas para degustar un dulzón cóctel mientras observan la playa, e intentan conseguir que alguna mente imaginativa les haga parecerse a Audrey Hepburn. De igual manera que su marido Alex, es de carácter abierto y tolerante, goza de una moderada cultura adquirida en la universidad por medio de una filología superada, y de una carrera de artes truncada por cuestiones de salud.
El aparece mucho más informal que su mujer, viste tejanos y una camisa oscura poco acorde con el caluroso verano de la ciudad condal. Calza zapatos negros envolventes de unos llamativos calcetines blancos, "no te pongas calcetines blancos con los zapatos negros, Alexander", le regañó de forma amable Susan momentos previos al cierre de la maleta, mas Alex divagaba y no escuchó a su detallista mujer. Alex ha vivido por y para la música, ya de adolescente trabajó en la tienda de su abuelo, abrillantando saxofones y calibrando cuerdas de violas y violines. Más tarde, y junto a su padre, llevaría el negocio hasta quedar al frente, donde tuvo que adaptarse a tiempos modernos e introducir junto al piano de cola, guitarras eléctricas y pedales para las mismas. Lo que más le molesta, la llegada mensual de material de lectura de heavy metal, "metal hammer" y "kerrang" le hacían situarse en el medio de un conflicto generacional... pero él trabajaba cara al público, y, ¡qué demonios!, le encantaba relatar a aquellos jóvenes macarras sus correrías en aquel lejano Woodstock del 69, "aquello sí molaba", susurraba entre melancólicos recuerdos a aquellos fanáticos de Ulrich y Hetfield.
Para Alexander Smith, Woodstock 69 molaba, no sólo porque allí pudo compartir su estado lisérgico con Hendrix o Joan Baez, sino porque fue en ese memorable concierto donde se enamoró locamente de Susan.

Han aterrizado en el Prat a las 10:30 de la mañana, tras una barbaridad de horas disminuídas en sólo un puñado por la química del Lorazepam.
Cansados ambos dos, y todavía casi durmientes, recogen su equipaje y se dirigen a una cafetería para tomar un café y comer algo, ya que el hambre aprieta y Alex ha pasado un montón de horas sin comer nada, y eso su particular metabolismo lo acusa sobremanera. Visualizan un "Café y Té" y se sientan en la primera mesa con la cual se topan.

-"Qué quieres, cariño?"- pregunta él.
-"Pídeme, por favor, un café con una bola de esas de helado, anda... y un bollo, una rosquilla, lo que quieras"- responde con cariz cansado ella.
-"Ahora vengo".
-"Eh!"- susurra ella- "te quiero".

Alex se dirige a la barra, y tras una breve charla con la camarera acerca del "bullicio" (palabra nueva que acaba de aprender durante el vuelo) y el gentío que supone trabajar en un aeropuerto, regresa a su silla trayendo, para él, un café con leche y una de esas napolitanas de chocolate, para ella un trabajado café con una bola de helado con virutas de chocolate y otra napolitana, ésta, de crema.

-"Qué te parece ese café, Susan?".-Le pregunta sonriente Alex. -"Muy bonito, gracias, seguro que está delicioso".- Sonríe agradecida a su marido.

Susan comienza a saborear el café. Está realmente bueno. Las primeras cucharadas son muy sabrosas, pero luego se vuelven amargas, y Alex lo estaba previendo, deja sobre el platillo su napolitana, y se acerca a su mujer arrastrando la silla, observa como el labio inferior de ésta comienza a temblar, pasa su brazo derecho tras el hombro de Susan y deja que descargue sobre su pecho, su ahora lloroso rostro y su quebrada alma.

-"Cariño, no teníamos porqué volver, tu sabes que..."
- pero el lamento de su mujer interrumpe su intento de consuelo.
-"Le quería tanto... era mi vida... tú y él"- continúa entre lágrimas.
-"Susan, el venir sólo nos trae dolor, porque es recuerdo, y justo esa es una parte del pasado que ambos queremos olvidar".

Susan se calma ligeramente, algo controlada tras un lógico estallido emocional, mira a su esposo y acaricia su mejilla sonrosada. También él quiere llorar, pero sabe que uno de los dos debe conservar, aunque sea en apariencia, el equilibrio, la cordura anímica, y visto lo visto, y tal y como sucede en años anteriores, es él quien debe adoptar tal rol.

-"Prométeme que nunca te irás. Sólo me quedas tú. Tú eres mi mundo y eres lo que más quiero junto con el recuerdo que, aunque no quiera, me mata y castiga"- le dice entre terminales sollozos.
-"Cariño, sin tí no me queda nada, salvo el cielo para compartir contigo, ahora sécate esas lágrimas que te hacen parecer algo menos bonita de lo que en realidad eres."- le consuela paciente Alex.

Algo más que infinitamente agradecida, le da Susan un beso de valor una vida, y con el querer en la conciencia continúa aguantando el tiempo hasta que consume su café...

Y mientras, la gente deambulaa por el recinto, a su lado, Alex observa casi melancólico a un joven excursionista, recuerdo personal reflexiona, de tiempos mejores, que se sienta su lado y con vivaz mirada observa a clientes y camareros.

Alex tiene 63 años, y Susan, 58.
Portan únicamente una maleta de viaje para ellos dos. En su interior, lo necesario para una estancia veraniega corta. Lo necesario para una corta travesia entre Barcelona y un pequeño pueblo costero, lindante con el mar y el recuerdo.

domingo, 2 de agosto de 2009

Etienne.

Etienne acaba de llegar a Barcelona.

Ha recorrido ni se sabe cuántos kilómetros a lo largo de toda Europa.
Ha pasado, por este orden, por Rumanía, la República Checa, Alemania y Holanda. Permaneció un corto espacio de tiempo en Bruselas donde tomó un avión hasta Inglaterra, y de allí, otro a su último lugar de peregrinaje, Barcelona.

Acaba de llegar al aeropuerto del Prat, y su aspecto, incluso a sus propios ojos, podría llegar a ser clasificado de deplorable: Anteponiéndose a su cariz cansado viste una barba de váyase a saber cuántos días de trazado europeo, tiene ojeras, y su melena circundante al ocaso del cuello ya podría recibir una más que merecida ducha. Todo su cuerpo está cansado, podríamos imaginar una imagen metafórica del cansancio con tan sólo echar un vistazo a la faz de Etienne.

Etienne es mochilero, y por ello guarda este aspecto, ya que si así no fuera tan sólo sería un viajero común.
Viste una camiseta más o menos limpia que hace ya mucho tiempo (incluso antes de que el viaje fuese imagen) fue blanca, la recubre con aire despreocupado una chaqueta guerrera de esas con bandera territorial en los márgenes de las mangas, se la compró en Berlín, en una tienda de saldos cercana al Checkpoint Charlie, dónde no quiso hacerse la foto pertinente junto al marine norteamericano. Lleva unos pantalones vaqueros ciertamente roídos por el uso, de color azul viajero, es decir, negros, con las nalgas en exceso desgastadas tras el rozamiento por las calzadas europeas. Calza botas de trekking y unos gordos calcetines de lana de destino la papelera.
Y bueno, lleva mochila. Una gran mochila de montaña con unas pocas cuerdas entrelazadas, que con plausible intención todavía consiguen asegurar una postura más o menos adecuada para la castigada columna vertebral de Etienne.

Viaja sólo, siempre ha viajado acompañado, mas esta travesía quiso realizarla acompañado únicamente de sus pensamientos, podría tratarse de un viaje de reflexión, de búsqueda de ese algo que todos tratamos de encontrar alguna vez y muchas veces no hallamos, y que aún a pesar de no haber sido encontrado nos permite continuar adelante... pero Etienne sabe que este viaje significa algo más, y mucho más el hecho de hallarse ahora en Barcelona, ya que es ésta la última ciudad que le resta por visitar y donde en algún momento cercano a su tiempo de reloj de arena deberá ya decidirse.

Sabe inglés fluído, y juguetea con el castellano, es decir, sería capaz de introducirse en cualquier tienda de souvenirs de éste aeropuerto y adquirir con soltura una de esas, horrorosas a sus ojos, folclóricas de orgulloso semblante nacional.

Tras haber recogido en la cinta de equipajes su mochila, y todavía con el ensoñamiento del vuelo pesándole sobre las pestañas, decide darse un descanso antes de alojarse en algún albergue todavía no concertado. Deja atrás sin mostrar demasiado interés un "Mango", un "Stradivarius", un "Pan´s and Company"... para él, estos y otros tantos negocios son establecimientos iguales a otros tantos pertenecientes a una de tantas cadenas, que con burlesca intención tratan de hacer equivalente la "necesidad" con el mero hecho de acaparar.

"Estoy cansado, ciertamente cansado... podría asegurar que mi propio nivel de hastío me hace incapaz de imaginar un bien merecido derrumbamiento sobre el suelo, caída al vacío... no sé lo que digo, necesito un café".

Para Etienne el café es un bien vital, si fuera por él lo incluiría en un escalafón adecuado dentro de las necesidades básicas, como el respirar y el, ¿beber agua?, (¿es eso una necesidad básica?, sí, lo colocaría entre el respirar el beber agua, bueno después del agua, claro). Fue en los tiempos de la Universidad, que dejó unos pocos años antes de sus idas y venidas de alma busca-no-se-sabe-qué, cuando descubrió la esencia de la cafeína.

Etienne es una de esas personas para las que el paso de dicha sustancia por el esófago supone un periodo virtualmente extenso de reflexión. Para otros supone una pausa acompañada de un cigarro o unas palabras vacías con el compañero de trabajo, pero para él representa casí un estadío momentáneo de bienestar con uno mismo, cuando se encuentran el antes" y el "ahora"y deciden mirarse a los ojos, diciéndose ambos de forma consabida, "parémonos y formemos el después".

Por todo ello, el repentino rótulo del "Café y té" tras la esquina, fue para su alma como el bálsamo reconstituyente lo es para el cansado. Prácticamente movido por aquella necesidad vital que imaginó anteriormente se arrastró pensamiento fijo hacia el interior del recinto.
No prestó demasiada atención a los parroquianos, simplemente echó un vistazo en busca de una posible mesa solitaria, hallándola inmersa entre el no demasiado bullicioso ambiente de mediodía de la cafetería. En la mesa anexa a la suya se encontraba una pareja de turistas (como él), supuso que ingleses, que degustaban, él con controlada gula, y ella con falso aire de madura pudiente, un par de piezas de bollería, seguro, mucho menos esponjosas de lo que hubieran deseado momentos antes de adquirirlas. Él bebía un simple café con leche, y ella (seguro que por aparentar), uno de esos cafés manufacturados tras la barra con bola de helado salpicada de ¿topping? ("¿en qué lugar aprendí sin querer ese vocablo?", se preguntó) de chocolate. Unas pocas mesas más allá vislumbró una joven bien parecida y de bonitas piernas ("adoro las piernas de las mujeres, pero ahora necesito un café", pensó) que probablemente esperara a su novio o afortunado compañero de juegos de escarceo, leía ese libro tan de moda, sí, ese que todo el mundo quiere almacenar en párrafos en la memoria para poder así compartir la sapiencia adquirida ("de verdad que no te lo has leído?", "pues no", le espetó al servilletero colocado sobre la mesa)... supo entonces que no sería la mujer de su vida.
Se dedicó entonces a esperar, observando las gráciles idas y venidas de uno de los camareros. Probablemente era gay, al menos, así lo suscitaban sus movimientos, pero no lo quería compartir con los compañeros, ya que entonces lo condenarían al "apartheid", imaginó Etienne. El camarero era sudamericano, probablemente, aunque también pudiera ser mexicano, ya que no guardaba los rasgos tan marcados de un habitante de tierras peruanas o colombianas, "sí, seguro que era mexicano". Pensó en llamar la atención del joven veinteañero, pero decidió que resultaba mucho más saludable entornar la mirada de nuevo hacia la joven que previamente hubiera vislumbrado. La imaginó con él en aquella mesa, girando distraida en aleatorios círculos la cucharilla, izquierda, derecha, derecha, izquierda... mientras lo observaba con ojos penetrantes intentando descubrir intenciones, entonces, se inclinaría hacia delante acompañando aquellos ojos de vórtice magnético y deslizaría con delicadeza la mano sobre la mejilla poblada del francés, dejándole fijo a su merced en el asiento. Luego, abriría lentamente la boca, y mostrando un finísimo hilo salival antes de juntarse los dos pares de comisuras, le besaría... Etienne dejó de imaginar, le privaba imaginar, podía permanecer como piedra en un mismo punto creando, abriéndose la cabeza y soltando su mente de forma anárquica hacia el mundo ("ve y haz lo que quieras, nada te puede suceder, y luego me cuentas), por eso le gustaba escribir.
Etienne escribía, relataba de todo un poco. Normalmente no apreciaba sus frutos personales, y sólo conservaba aquellos que realmente le llenaban, que eran escasos, por ello, su obra era bastante exígua, y ello le agobiaba. El crear un puñado de líneas una única vez al mes, y que incluso le agradaran, suponía para él confort y tranquilidad de ánimo. Poco entendía el mundo aquello que transcribía pero le era indiferente, probablemente se equivocara, mas el hecho no de escribir, sino de juntar letras para que los demás leyeran sin hacer un mínimo esfuerzo de comprensión, le suscitaba algo de desagrado.

Etienne tiene 27 años.
Etienne es mochilero. Dentro de la mochila porta lo necesario: todo aquello que cualquier viajero de interrail pudiera llevar, mas aparte una muy vieja visera del Olympique de Marsella, extremadamente pequeña para su cabeza, y que guarda entre algodones en el fondo de mochila y alma.

lunes, 13 de julio de 2009

Madre, yo no quiero ir a la guerra.
A Padre dígale al contrario, no se muestre retraída
ni muestre desengaño.
Hágale ver que su único hijo varón fue un valiente,
y que vuelva o no de las trincheras
el último tiro lo habrá dado siempre en honor a su bandera.

Madre, a la guerra yo no iré.
No acudiré aunque el presidente me llame,
no calzaré las botas ni ajustaré mi guerrera,
pero a Padre dígale que con orgullo su camisa gris habré manchado
del barro del camino, de la sangre del caído.

Madre.
Yo no soy un héroe, ni quiero ser recordado entre un sinfín de lápidas
No seré uno de entre tantos en los libros de historia,
que formando un ejército sea recordado en los examenes del colegio,
prefiero ser nombre y apellido en la mente de ustedes,
porque sé que cuando se reúna la familia en torno a una vela, o el trinchar de un pavo,
permaneceré innombrable, pero siempre perenne y con asiento reservado.

Madre.
Sea mas corajosa que yo.
Que no caiga la lágrima de la verguenza,
que caiga la del orgullo,
y que Padre me recuerde no como el que se fue,
sino como el que no volvió.

Madre, casádome.
Yo no quiero ver un último amanecer antes de que caigan barras y estrellas sobre mi rostro,
la única estrella que quiero ver todos los días antes de cualquier cosa es la cara de mi esposa,
su bello rostro, su limpia sonrisa,
prefiero privarme de los galones por los cuerpos tiroteados,
que cubrirme de desespero por un corazón roto.

Madre.
Mi patria no es el país que veo desde el cielo, es mi hogar y el aire que respiro.
Mi bandera no es el sudario de mi ataúd, es el cálido manto del atardecer junto a mi mujer.
Mis armas?, mi trabajo y el forjar de un nuevo mañana para los míos.
Mi destino, ¿cuál es mi destino?, ¿el promover una salva hacia las nubes?,
¿el quebrar de un disparo las raíces una familia entera?, hijos, hermanos a los cuales nunca pude conocer, y nada nunca me hicieron... no, tal vez ése sea mi destino, tal vez eso sea lo creado para mí, mas me niego.
Por eso Madre, a ojos de mi padre permaneceré furioso y guerrero ante el invasor, para el resto doy la vuelta sobre mis pasos y me arrodillo a la espera del desprecio fruto de la cobardía y la rebelión.

Madre, soy un cobarde.
Pero soy un cobarde vivo que puede reconocerlo,
no un muerto cuyo coraje en batalla sean otros los que relaten.
Seré un alma furtiva que desde la lejanía se aproximará en forma de recuerdo,
como el hijo perdido, como un loco enamorado de la vida.

Madre, yo no digo "adiós", si usted no quiere.
Usted no es mentirosa, pero sí sabia como toda madre lo es,
y bien es sabido que una mentira la acepta Dios si es de objeto piadosa.
Ruégole acepte mi decisión intolerable de jugar con Padre,
porque cuando llegue el momento de caer el oscuro telón,
me gustaría que mi padre pudiese recibirlo con la frente bien alta,
y que así su alma pueda elevarse mucho más arriba,
mirada altiva, cariz perlado de orgullo.

Madre, a la guerra yo no iré porqué quiero oírla ser nombrada abuela de una boca que esta por venir.

lunes, 22 de junio de 2009

Si fuera por mí ya estaría en las alturas.
Si fuera por mí ya sería un apéndice en el libro de vuestros corazones.
Pero no es así ya que peco de sentimiento, y ese pecado es a la vez condena y salvación.
Maldita sea la presencia de aquellos que me cortan las alas, los "no lo hagas" del final del camino, el desequilibrio de la balanza, la luz al final del camino por la cual no quiero dejarme cegar.

Acaricio con una mano el percutor, y la otra, aún atada a mi convicción, se adhiere viscosa a mi no deseado raciocinio.
Y no me deja pensar de otra forma.
No me permite culminar.
Sólo me deja seguir adelante para padecer, no le importa mi ánimo soterrado, y desprecia altiva mi intención confirmada de permitirle el paso al aire, dejando que otros respiren la vida que a mí me sobra.

Corazón traidor que a mis despiadadas entrañas pones freno, aparta de mí el recuerdo de una sonrisa o el primer beso, déjame ser frío como quiero ser, y aleja aunque sea con temporal amnesia el recuerdo de cualquier grata sensación de algo ya pasado, porque ansío la pérdida de sentido y sentimiento, y porque he aprendido que un exceso de bondad sólo lleva a que me aferre a lo terrenal, y no es eso lo que quiero, busco despojarme de la cadena a la que pertenezco, no soy eslabón imprescindible, estoy abollado y sin capacidad de reparación.

No lloro porque quiera irme, lo hago porque sé que por desgracia siempre estaréis ahí, protegiéndome a vuestra manera, matándome sin llegar a morir a la mía.

jueves, 18 de junio de 2009

Dime qué ves cuando me miras?.
Sé que intentas ir un poco más allá, que más que mirar quieres comunicar,
que tu mirada no está tan perdida como rezan los síntomas del libro,
que tus ojos se aventuran a salir de las cuencas donde está contenidos
para recorrer todos aquellos lugares a los que tus muertas piernas no te pueden llevar.


Tú otra vez, mi amigo.
Compañero y espía de aquello de fuera de mi mundo.
A que pobre alma has enriquecido hoy con tu presencia?,
seguro estoy que más de uno abandona su desgracia personal
mientras rondas tú en torno partiéndote en trozos por la búsqueda de aquello
que no aprendiste en la Universidad,
y que es la manera de llegar a diario a un sitio parecido a las estrellas,
y que tú consigues por medio de una sonrisa y un puñado de bellas palabras.

Yo aquí y tú allí, muy lejos.
Lejos de mí y mi físico, y quizás más distante aún del concepto de ser humano,
a millas evidentes de cualquier trazo de humanidad.
Y sin embargo pienso y te encuentro cerca de mí, dándote yo la mano al borde del barranco,
caída mortal, y estrechándome tú la tuya con la fuerza de tu alma.
Casi polos negativos en plena atracción.
Le doy la mano y mi entera comprensión, y ni toda la vasta extensión arenosa del más infinito desierto convertido en oro, podría equipararse en valor al cálido agradecer de aquella mueca futuro sonrisa.


Amigo eres luz en pasillo cerrado.
Eres los labios mojados del sediento.
Eres la esperanza del que nada tiene.
Eres tantas cosas como pudiera ser el verbo ser,
y para el caído y el que ya es parte del suelo,
te transformas en algo más imprescindible que el ser,
ya que no sólo "eres", sino que también "estás" si la clemencia lo solicita.

Desde cuándo treinta y cinco es sinónimo de penuria?.
Sólo inténtalo.
Porqué yo gozo saludable y tú sufres enfermizo?.
Dale aquello que merece.
Fe en qué?, ¿en la caída?, ¿en la tragedia?, cambio creencia por equidad.
Un último hálito. Algo de vida. Haz que los dados tiemblen. Juega de nuevo.
Cómo puedo verme reflejo en el espejo?, no soy vampiro, pero quiero carecer de alma, porque el alma es vida y no entiendo tal cruel reparto.
Te queda el pensamiento. Nos queda la intención. Y la voluntad son las riendas. Sólo tómalas y corre.
Cambiaré de rostro para mirar el nuevo día?, o mejor, ¿me quedará valor para juntar las horas y esperar a mañana, conservando hasta entonces la nueva cara?. No me queda verguenza, no tengo el valor de entrarle al día y morar en él, cambiando de maquillaje y siendo actor forzado para llegar a fin de mes.
Hazlo por él. Hazte valer por última vez, ¡aunque revientes!. Muéstrale respeto.


Entonces se abre el cielo, y en el horizonte aparecen dos soles más resplandecientes que el sudor de una madre tras el alumbrado.
Los ojos son vidrio que trema, y el cristal estalla sin quebrarse, dando una lágrima como resultado que desciende lenta, casi agónica como las acciones del paciente, por una de las mejillas, en concreto la más cercana al corazón del verde ángel.



Sin aliento, me hace agarrarme a la baranda.
La tomo con fuerza, ya que mi corazón hecho pedazos me trastoca el equilibrio.
Tomo la lágrima con la mano, y esta me pide con segundos contados, clemencia, tiempo que duele para ambos. La gota se evapora, al igual que la fuente original, sólo que esta lo hará mucho más lentamente, más cruel y de manera más agónica, durante quién sabe cuánto tiempo, que seguro será eterno, perpétuo, germinando un fruto doloroso al cual nunca uno puede acostumbrarse, ya que siempre va in crescendo.
Por eso le digo "adiós".
No me guardo mis lágrimas para casa, se las doy, porque ahora son también suyas.
Las combino y las empujo con el émbolo. Le presento al desvalido, que en breves evitará su caída, le pondrá alas y se alzará.
Ahora sólo le digo adiós, aunque esta noche le vaya a ver, y también mañána y al otro, incluso si cabe y mi desgraciada memoria me lo permite, en cualquier futuro, ya que ha sido un trayecto de la vida, y el sólo ver puntos en el cielo o sentir brisa que aclare las nubes, me hace evocar justa libertad, y por lo tanto lo evocaré a él.


Poco a poco el mar que tengo dentro se tranquiliza.
Ya no hay cataratas en la frente, ni rápidos que azucen mis manos.
Sólo hay un mar en calma en tranquila corriente.
Y las aguas se acercan a una cascada iluminada.
Y salto.
...
Y entonces vuelo.

sábado, 7 de marzo de 2009

El conejito despertó bruscamente, de manera violenta como cuando despertamos de un mal sueño, sólo que en este caso la pesadilla giraba en torno a la realidad, devorándola como la fatalidad engullía los últimos trazos de una desdibujada esperanza.

"Aaaaaaaaaghhhhh", inspiraron el conejito y la supervivencia, ambos dos al unísono para tomar una rapida bocanada de aire, antes de que Orson, el forzudo conejo, volviera a introducir sin la más mínima clemencia la cabeza del gris conejo en la cristalina agua del río.

Y entonces nuevamente, el descenso a lo translucido. Nuevamente la violencia de la garra musculada sobre la nuca, de nuevo el panorama mojado del fondo del río, mojado y agorero, porque no sólo la trágica situación actual la conformaba el fondo del riachuelo, también era el fondo de una falsa ilusión, la de ser aceptado entre semejantes y sin embargo ser replicado con furia, como cuando se lanzan tomates podridos a un joven e imberbe actor con el objeto de pudrir, también así, la consecución de un ideal.

Cuando volvió definitivamente en si, y tras haber sido lanzado por tierra como cuando se lanzan al olvido los malos recuerdos, fue agarrado por el pescuezo y con la mirada puesta fija en el frente. Delante de él se erguía Abraham, y desde su posición derrotada lo pudo contemplar como un dios implacable ejecutor de justicia, no sólo lo observaba el señor de aquella camada, practicamente lo estaba condenando la propia ley a sus ojos, y ni mucho menos el entorno bucólico que ahí lo rodeaba, ni la mirada suplicante empapada en terror, casi agónica, iba a proporcionar una mínima clemencia al brazo dictatorial que lo juzgaba con pronóstico nada incierto.

"Pero, pero... ¿porqué?, ¿qué delito he cometido?, salvo el de intentar superar mi propia felicidad?, ¿acaso la codicia?, ¿por el mero hecho de acumular más y más dicha?, dime Abraham, tú que eres señor y dueño de este sacro milagro en tierra, dime qué falta he cometido para ser tratado como un despiadado reo".

El anciano observó inquisitivo el semblante tachonado de desconcierto del conejito. Y fue entonces, sólo entonces cuando la autoridad decidió irrumpir en escena, que se hizo el silencio, las hojas secas obviaron la gravedad y el murmullo lacónico del río cubrió con un manto de timidez su propio correr. Fue como si aquel claro se hubiera visto cubierto por una esfera transparente a la cual el sonido quisiera traspasar mas no pudiera, y todo en derredor suyo quedara pendiente y con permiso de aparición.
Abraham el sabio se rebajó a inclinarse sobre el lacónico ser:

"No te llamaré hijo mío, ya que no lo eres. Te bautizo como "ser", ya que gozas de dicha cualidad por gracia de no se que circunstancia. Y ahora, sólo te diré, mira en torno tuyo y dime qué ves."

El conejito, con la respiración acelerada y entrecortada, procedió a observar su cárcel particular, buscando, mas que la respuesta a la pregunta del juez, una posible vía de escape que le garantizara el salir a flote. Un gran manto blanco impoluto lo rodeaba. Firme. Erguido ante él y predominando aquel juzgado un único par de ojos de cejas forzadas y cristalino enrojecido, furioso y en previo descontrol colérico, sólo sedado momentaneamente por la barrera del "ahora", imperativo sin réplica promulgado por el líder.
"Sólo, sólo veo lo que vemos todos -y tragó saliva antes de la precaución- , ¿padre?..., a mis hermanos, y a tí, dime sólo en qué he fallado o de qué se ha visto privada mi conducta que tánto ha llegado a afligirte-.

A
braham respondió ante aquella desesperada cuestión:

"En torno a mí veo a mis hijos, todos ellos iguales, blancos. Pureza, y ante todo equidad, un mismo cuerpo, una misma vida rodeada de parejas circunstancias... me otorgaron el poder mis antecesores, todos ellos justos también, y de igual manera que yo, y mis congéneres, blancos. Cierto día apareciste tú. Con tu antipático y depresivo color, gris, ni blanco ni negro, algo intermedio, indefinido, en resumen, y que la cordura no me abandone al pronunciar tal improperio... raro. Eres distinto, ser, y lo distinto es agresivo, daña, distrae de la belleza circundante y sólo fomenta cambios de matices y pareceres. A esta sociedad no nos gusta lo distinto, aquello que destaca enarbolando un manto de intriga, del "qué pasará", eres prescindible, al menos aquí dentro, y como somos precavidos, y no queremos ser la madre que germine un fruto podrido, nosotros mismos nos encargaremos de tallar dicho brote. Sea así pues. Procede Orson, hijo mío, y hazlo de manera implacable, que ni siquiera el salpicado tenga la posibilidad de contagio. Adios, ser, y que allá donde vayas no se te ofrezca la posibilidad de retorno.

Confundido sobremanera, y ante todo agitado, hizo de la supervivencia su principal exponente y aliado, e intentando alzarse en pie, trastabilló y cayó, consecuencia de la pesada zarpa de su guardian, Orson, sobre su espinazo.
A continuación, fue la pesada piedra la que hizo impacto sobre su cabeza, privándole súbitamente de su combustible vida y haciendo que el interior se fundiera, poco a poco, gota a gota, con la naturaleza de la madre tierra.


Y ahora, pobre conejito, un trazo sonrosado tiñe tu estática visión del entorno. Cruel es, pero así es la vida, es el castigo del que destaca, sea voluntario o espontáneo. Sé distinto y se te aplicarán reglas parejas, pobre conejito. Sé gris, y tu camino sólo acarreará sendas de negrura, siendo las sombras las que te guíen de forma vil y mezquina, engañosa.
Adecúate tú también, seas conejo o pretendas serlo, porque sólo el pretender te integra, recuérdalo o, como el conejo, cierra los ojos y sé tu mismo, que el resto te adaptará...

Y luego viene otra hebra, igual de rosa que la anterior, acompañándola en su recorrido hasta el suelo.
Luego vienen dos más. Y tras ellas alguna más.
Y al final, viene lo oscuro, y tras él, antes de que caiga el telón, los iguales danzán agarrados unos a otros, bailando y acoplándose, uno al otro, siendo uno en común... lástima que el conejito no lo consiguió.
Mas hebras, y al final, el negro, aún con los ojos abiertos...

sábado, 17 de enero de 2009

El conejito asomó la cabeza fuera de la oquedad, y tal fue su asombro al contemplar lo que se encontraba delante de él, que casi trastabilló y cayó torpemente fuera del arbol partido.
Ante él se erguian a dos patas todos sus amigos, todos ellos con mirada fija en él y en pose inquisitiva.

"Vaya, amigos, habéis dado conmigo, ¡que pena!, me ha faltado muy poco para conseguir la tan ansiada manzana". Exclamó tras darse una palmadita en la frente .

Fue tras levantar una vez más la vista cuando se percató de algo extraño, inusual. Algo escalofriante turbaba aquel ambiente. Una sensación inquietante sesgaba con trazos finos aquella presunta plácida quietud. El conejito se sintió algo intranquilo al verse reflejado, de soslayo, en las pupilas de la primera columna de aquella particular avanzadilla.

"¿Chicos, porqué me miráis así?, si queréis la pago yo otra vez y jugamos de nuevo".

Un cosquilleo casi fantasmal acarició su lomo grisáceo, y le hizo estremecerse. El conejito sintió algo que hacía mucho no había sentido, casi lo había olvidado, sucedió tiempo atrás, en aquel bosque oscuro en el que inconscientemente se internó sólo. Aquella vez fue un gigantesco oso pardo el que le persiguió hasta que le dio esquinazo... esta vez, y no lo quería reconocer, eran sus propios amigos, termino del que ahora manaba cierta particular sospecha, fluyendo lentamente y en silencio como surgen los inmensos mares que se crean desde pequeños arroyos. ¿Eso era el miedo?.

Fue entonces, cuando estando todavía en un estado a caballo entre la perplejidad y un pánico incipiente, Abraham se adelantó entre sus hermanos. El más anciano de todos ellos dio un paso al frente y, siempre erguido, habló con penetrante voz:

"Extraño", el sólo pronunciar aquel vocablo con aquella poderosa tonalidad vocal hizo que el conejito, pese a no querer asumirlo, imaginara inconscientemente un agorero destino. "Sabias son mis palabras, como sabios son mis consejeros. Te acogimos desde el principio como hermano, aceptándote y llegando incluso al límite de la tolerancia. Observamos en tí semejanzas muy, muy parejas a nuestro ser y parecer, y debatimos en silencio siendo cómuna, llegando a una conclusión totalitaria. Inquebrantables son mis juicios, y yo, como juez, voz, y razón, decido a través de mis súbditos". El conejito gris permaneció petrificado sobre su cadalso particular, mientrás poco a poco percibía cómo una mueca de incredulidad podía llegar a esbozar un retrato plástico de creciente terror.

"Hemos decidido que seas ejecutado por ser agresivo contra nuestro medio, es decir, por intentar establecer una línea de distinción más allá de nuestra normalidad cotidiana, por querer hacerte ver cuando todo lo que debieras haber hecho desde que llegaste hubiera sido desplazar muy lejos tu grisáceo rostro... ahora, compañeros y amigos... familia, podéis proceder".

El conejito dejó escapar un lastimero quejido de congoja tras escuchar la última sílaba tónica del poderoso interlocutor. Después, un tardío sentido de alerta le hizo elevar la cabeza para ver como el líquido descendía peligrosamente hacia él.

El hirviente aceite hizo mella en su pelaje. Con la celeridad propia de un ser en llamas, arremetió colérico y descontrolado en todas direcciones, mientras sus "hermanos" se alejaban precavidos para no ser salpicados por tal desbocada centella.
Corrió alocado, revolcándose cuanto pudo por el suelo, intentando así refrescar su castigado cuero con la hierba, escasamente mojada ya por el rocío. Cuando llegó, e incluso traspasó el límite de sus fuerzas (una frontera que nunca antes llegó a conocer), cayó rendido al suelo, y antes de perder el conocimiento, sus ojos le permitieron observárse sus propias patitas: lo que antes eran dos poderosos miembros adaptados para la marcha y la carrera, dos extremidades ágiles generadoras de imposibles cabriolas y maniobras físicas, ahora no eran mas que dos pantomimas sanguinolentas de todo lo anterior. Una de ellas mostraba un tendón asomando al exterior intentando escapar de ese sinsentido muscular, y en su evasión furibunda entre ramas, arbustos y zarzales, éste conseguiría dejar tras de si pequeñas placas de tejido muscular informe, entretejidas por pedazos de algo que antes fue un organismo y con lo que ahora guardaba una muy dispersa similitud.

miércoles, 7 de enero de 2009

En reposo. Previo desastre.

Erase una vez un pequeño conejito que correteaba por el bosque.
Alegre y aventurero, recorrió muchos y variados parajes en busca de un anhelado objetivo, su objetivo, el conocer a otros semejantes con los que poder vivir y continuar girando alrededor del mundo, sólo que esta vez, estando acompañado.
Cuentan que visitó muchos lugares, pero en todos ellos encontró el rechazo, pájaros cantantes, monos trapecistas, fieros leones y ágiles gacelas no le aportaron la tan ansiada compañía, por eso, siguió explorando nuevos territorios mucho más allá de sus fronteras de origen.
Exploró las gélidas tierras del norte, y de allí, apesadumbrado, volvió sobre sus pasos, encaminándose con las orejas gachas hacia el sur, en busca del necesario calor y de una remota esperanza.
Y cuentan también que el pequeño conejito hizo un alto en el camino en las orillas de un caudaloso río, allí, se detuvo a beber y a reposar sus cansadas y ajadas patas. Había caminado durante todo el día, espoleado por su afán de esperanza, y se merecía un mas que necesario descanso.
Apoyado en las raíces de un grueso roble, quedó a merced del sueño y de los cálidos rayos del sol del ya naciente verano. Allí se durmió.
Fue entonces cuando un lejano, casi inaudible susurro, hizo que su oreja derecha se erizara. El susurro evocaba alegría, se oía a alguien gritar, por ello, se encaminó precavido hacia la fuente de tal dicha. Y entonces, el susurro se volvío fiesta y la fiesta, jolgorio, y tras una vasta maleza de hierbas, arbustos secos y bayas de diversos colores, el conejito encontró a sus semejantes.
Eran en torno a dos docenas, todos ellos libres y juguetones. Todos blancos. Era un manto blanco sobre la verde hierba escasamente humedecida por el rocío temprano. Todos jugaban a corretear, se perseguían unos a otros, jugando por parejas, de tres en tres o en grupos mayores, siempre alegres, podríamos decir que allí la vida se detuvo por siempre jovial, y que el tiempo allá donde decidiera andar no iba a procurar nunca ningún mal para esa entrañable familia.
El conejito estuvo a punto de salir trotando desbocado con sus semejantes, pero un sentimiento extraño le asaltó.
Que fuese verguenza o congoja, no lo sabía, diríase que miedo, no, no era miedo, probablemente precaución, a fin de cuentas eran extraños, iguales que él, pero extraños, "que sean blancos, no quiere decir que sean buenos", pensó, "y si no me aceptan?, ¿y si me dan de lado y me rechazan, y tengo que volver a vagar sólo por lejanas tierras?, ¿qué será de mi?, triste y sólo".

Entonces allí, agazapado y en pose reflexiva, el conejito fue descubierto.

"¿Quién eres tú?", le preguntó una voz chillona proveniente de un precioso conejo blanco, "¿no eres de estas tierras, verdad?".

El protagonista de nuestra historia quedó parcialmente petrificado, tan sólo una palpitante barbilla, y un deseoso sentimiento de darse a conocer dieron muestra significativa de que algo ahí permanecía vivo.

"No, no... soy... no soy de aquí". Dilo, le urgía el corazón. "Podría yo... jugar con vosotros?, estoy sólo y querría ser amigo vuestro, ¿puedo?".

El animal situado delante suya dio un paso al frente, situándose a la distancia necesaria para... extender una pata y alcanzar el hombro del extraño, y así fue exactamente cómo el recién llegado encontró el calor que tanto buscaba, el calor que proporciona algo parecido a una familia, y que tras tanta búsqueda infructuosa, tras tanto paraje recorrido sin meta alcanzada consiguió encontrar.

El conejito jugó mucho tiempo con sus nuevos amigos, allí conoció al joven James, al divertido Daniel, al inteligente y sabio Abraham, y al amigable John, entre tantos y tantos otros, todos ellos iguales, no sólo en cólor, sino en afabilidad y compañerismo.

Cierto día, nuestro amigo jugaba al escondite con sus congéneres, y tras localizar diversos cúbiles para no ser encontrado, decidió alojarse en el hueco semioculto del tocón de un árbol. Allí, convencido de que no iba a ser encontrado, y que así iba a ganar la partida (estaba en juego una gran manzana roja, sin una sola imperfección en su piel, bien merecía no ser atrapado) permaneció en silencio y casi petrificado.

Continuó escondido, allí, agazapado, mientras pensaba todo lo feliz que era allí, con sus hermanos. Por fin había encontrado gentes que le aceptaran, que le toleraran y comprendieran, afines de pensamiento y comprensibles de actitud. Dio gracias a las alturas, y, ¿porque no?, gracias también a si mismo por haber trabajado y luchado tanto por conseguir un ideal, ideal que ahora habia logrado labrar con su propio esfuerzo y tesón. Bravo por el conejito.

Pues bien. Pasó una considerable ración de tiempo, tras la cual, llegó a impacientarse, preguntándose dónde estaban sus amigos, y cómo de bueno y recóndito era su escondrijo (a fin de cuentas, era un conejo, y los conejos presentan importantes dotes de camuflaje). Tanto llegó a extrañarse que, arriesgando la localización de su secreto, decidió asomar la cabecita fuera del tocón.