jueves, 7 de mayo de 2020

Cigarrillos



No éramos mas que críos cuando quemábamos animales en la puerta de casa, al lado del jardín. Prendíamos cigarrillos que a escondidas le habíamos sustraído a los mayores, entonces nos dedicábamos a acosar a inocentes insectos. ¡Cómo se doblaban los desgraciados!, como acompasados al ritmo de una muy personal Danza Macabra. Los atontados acababan como las hojas quebradas en Otoño, sólos, tristes, y a pedazos.

Fue de más mayores (¿13?, ¿14?) cuando empezamos a fumar. Por aquel entonces íbamos a la tienda de ultramarinos, uno distraía al tendero “Don Genaro, ¿cuándo va a traer el tebeo nuevo del Capitán Trueno?, mi primo el de Madrid lo tiene ya de hace una semana”, y el otro se dedicaba a robar cajetillas de cigarros de la trastienda. Pobre viejo, el cabrón no veía tres en un burro.

En el instituto pasamos entonces a “condimentar” el cigarro. Empezamos con costo, costo que luego migraría a marihuana. Y así pasábamos las horas que supuestamente debíamos invertir en clase, viendo películas para “fumaos”, y comiendo pizza recalentada.

-“Carlos, ¿has visto qué arte tiene Jose fumando?, parece un actor de Hollywood”- me llegó a decir en algún momento Lydia.
-”Sí, no sé, éso dicen las mujeres. La verdad es que nunca me había fijado, ¡y mira que hemos fumado juntos!”

Al final, el cabrón me quitó la novia.
Y eso que fui yo quien le enseñó a fumar, al hijo de puta.


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