jueves, 7 de mayo de 2020
Mandy
El otro día fui a ver Mandy.
Qué ganas tenía de ver esta película!. La recuerdo en el cine, con ese cartel rosa-oscuro tan particular, y esa idea preconcebida acerca de "algo de una secta" y una escena con una motosierra… pero duró poco!, la verdad es que no sé porqué, pero estuvo poco tiempo en cartel. El tiempo pasó y la tuve olvidada, y siempre con la cantinela del "ya me la bajaré", hasta que un bendito día me dije "hoy", y así lo hice.
Película dirigida por Panos Cosmatos, director al cual yo no conocía de nada y, según leo en páginas cinematográficas, de poca trayectoria filmográfica hasta la fecha, parece ser… largo protagonizado por ese irregular icono del cine Americano llamado Nicholas Cage. Ese Nicolás, ese hombre con esa expresión tan particular, "esa expresión", y enfatizo "ESA EXPRESION", porque ciertamente es un actor que no goza de un variado registro artístico, aunque ello no sea motivo para destacar (por uno, u otro motivo) títulos como La roca, Con Air, Leaving Las Vegas (por supuesto), o el propio filme del cual hablamos, Mandy.
Estructuro Mandy en dos partes, la primera una puramente química, un viaje exagerado y espontáneo, casi vivo, que se nos va de las manos, anárquico e independiente, que se ve orquestado y esquematizado por una lisérgicas imágen y puesta en escena que no harán mas que sentirnos incómodos aún a pesar de estar disfrutando. Me recuerda un poco también (pero ésto ya es una idea bastante personal) a ciertos vídeos de temática punk/gótica de finales de los 70-principios de los 80, dígase, Joy Division o The Cure, por ejemplo, y una segunda parte que nos llevará de la mano a un festival de desvarío y desparrame donde primarán la ira, la violencia y la venganza, y sobre todo un Nicholas Cage desatado que pareciera que hubiera acabado con todas las existencias de opiáceos de las boticas de una gran ciudad.
Y de qué va?. La trama gira en torno a una pareja enamorada, casi exagerado "love is in the air", con las aguas del lago de Crystal Lake (¿Viernes 13?) a modo de espejo cósmico reflejando infinito el cariño en torno. Todo es bonito, todo queda bañado por un aura de ensoñación y placidez alejado del caos y el mundanal ruido, burbuja sólo quebrada por el trinar de gráciles jilgueros y pisadas de salvajes y nocturnos cánidos… pero ese sueño se verá cruel y fatalmente quebrado por una despiadada secta que nos recuerda a la liderada, allá en los 60, por Charles Manson. La chica es secuestrada (y más cosas), y Nicholas Cage buscará venganza durante toda la segunda mitad de la película.
La chica.
La actriz es Andrea Riseborough, actriz bastante prolífica con casi 50 apariciones entre series y películas de entre las cuales me gusta destacar Birdman. Su personaje dista mucho de ser humano (metafóricamente hablando) ya que en ciertas escenas parece una ninfa, una preciosa bruja, o una de ellas que pretenda ser la otra. Centra un par de escenas caminando por el bosque que me gustaron sobremanera, desplazándose lenta y pausadamente, combinando sensualidad con distancia, como si quisiera provocarnos miedo, pero un miedo bello capaz de atraparnos y hacía el cual no tuviéramos mucha intención de ofrecer resistencia. Probablemente será esa presencia, fantasmagórica e inquietante, la razón de la obsesión del lider mansonizado que acabará culminando con el secuestro de la joven.
¡Destaco!:
-De la primera parte, aquella escena ciertamente memorable que gira en torno al lavado de cerebro por parte del líder hacia la protagonista. En ella, y como si se tratara de uno de aquellos juegos visuales tan trillados en televisión en los que un mago, o hipnotizador, menea una varita dibujando espirales de colores hasta lograr la abstracción de un inocente sujeto, veremos a la chica protagonista siendo sometida a un proceso de convencimiento voraz alimentado por las drogas y encauzado por la cacharrería verbal del déspota lider sectario. La escena en cuestión ofrece una actuación por parte de ella que resulta atrozmente enfermiza, así como sobresaliente a la hora de convencernos. Tétrica y fantasmagórica es la sucesión de caras simultáneas que nos ofrece el punto de vista de la, casi poseída, mujer… da mal rollo, pero es muy bonita de ver.
-De la segunda parte, sobre todo, el trabajo de Nicholas Cage. Si normalmente (a mi parecer, y como ya he nombrado arriba) este actor peca de carencia de expresión, es en esta película donde precisamente tal carencia es lo único que no se le puede achacar. El Americano interpretará a un personaje totalmente ido pero no perdido, ya que conoce de manera sobrada su objetivo, y que no es otro que una colorida y húmeda venganza. Pasadísimo, colocadísimo, y enfadadísimo, ahí tendremos a Nicolás bailando al son de una motosierra herrumbrosa y sedienta de hemoglobina, ahí estará también luchando contra un grupo de motoristas ¿humanos?, ¿demoníacos?, de similitud apreciable a pin-head, el cenobita de Hellraiser, y permanentemente encocados, cuya razón de ser en este mundo rádica en el consumo de cocaína y en la propagación de una violencia desmedida estimulada por el susodicho opiáceo, y ahí lo volveremos a ver también desangrándose cual cerdo el día de matanza, en el baño, en calzoncillos, y desinfectándose las heridas con una botella de vodka de la cual beberá entre gritos de agonía y desespero (creo que la única escena de toda la película de tonos y colores claros, y rodada en un único plano)
La película es pura poesía visual, y aquella alternancia de colores brillantes/apagadísimos una sucesión de versos encaminados al infierno, destino al cual Nicholas Cage se embarca de manera desmedida, atroz, y sin billete de vuelta. Mandy es una película de estética ochentera que a mí me recuerda un tanto a la grandísima Drive gracias a la imagen y la música adornada con sintetizadores, entre otros factores.
Junto con Hereditary, Mandy (para mí) constituye otra de las joyas del terror (terror ultraviolento, si se quiere denominar así) del 2018.
Lo tiene todo, y no le sobra nada.
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