jueves, 7 de mayo de 2020

No tan Stranger Things



El otro día vi Stranger Things 3.

Siempre pensé que la serie ya debería haber acabado al finalizar la segunda temporada. Ese mundo reflejo, “upside down”, espejo del que los protagonistas pisan sólo que poblado por criaturas malignas que anhelan conquistar el anexo contrario. Dominado todo él por una entidad descomunal, terrorífica y de pesadilla, y alimentada a través del miedo en forma de parásito, algo así como un ente voraz y canibal sin capacidad de sentirse saciado.

Pero no, Netflix da pasta, ¡pero mucha!, y como borregos (yo, el primero, aunque no creo que cuenten conmigo para la cuarta temporada) acudimos en masa a digerir nuestra ración mainstream pertinente como si fuéramos obsesivos compulsivos, heroinómanos contemporáneos pinchándonos series en vena con objeto de aplacar nuestro mono de innecesaria información opiacea.

Los niños van creciendo, y con ellos sus hormonas, que han dejado de lanzar dados buscando el crítico rolero que les permita asestar un buen golpe de mandoble a dos manos, para intentar hallar la manera de afilar por primera vez su daga todavía envainada. Ya se besan, ya se dicen que se quieren, y ya observamos unas diferencias cliché entre géneros: ellas van de compras, ellos se tiran pedos y los ríen, ambos critican la futilidad del pensamiento de su especie opuesta.

¿Y lo de los Rusos?, la verdad es que no me ha quedado todavía claro si los Duffer brothers intentaban exponer de una manera personal, honesta y sincera, la ideología comunista y el conflicto de la guerra fría entre las dos potencias, o sólo pretendían caricaturizar de manera típica y tradicional los tópicos recurrentes aplicados al país eslavo (Gorbachov-Vodka-frialdad y ausencia de sentimientos o empatía)

El caso es que, y como bien he mencionado, el dinero llama al dinero, y los directores han decidido lanzarse un salvavidas a ellos mismos en caso de que el buque de la inventiva se encamine a un puntiagudo y personal iceberg, dejando, por si acaso, un final abierto al cual agarrarse si así lo consideraran pertinente.

Aún así, me he quedado con tres puntos a destacar de la temporada:

-La emotiva carta del Chief Hooper a Eleven, una declaración honesta de intenciones en la que deja patente que todos maduramos, nos desarrollamos, y envejecemos, y que, aunque nos joda y nos dé lástima, es la propia vida la que nos obliga a movernos hacia delante, aunque no sepamos bien qué estamos buscando.

-El guiño de Dustin a La Historia Interminable. Ahí me reí bastante, cierto es.

-Winona Ryder. Qué maja es esta mujer, copón, destacado mito sexual mío adolescente (y es que la mujer sigue, o parece, estando de buen ver, ¿no?


Llegaremos a ver un Stranger Things 11?, ¿con esa suerte de telépata, ya cuarentona, lanzando demogorgons en un Hawkins actual?

Nadar



El sonido que hablan las burbujas
Que reverbera como discusiones de delfines
Con agudos celestes
Con timbres oxigenados

Es salir al exterior
Por tu propio impulso
Pon la necesidad de aire
De vida
De respirar
De volver a nacer
Como un parto inducido por uno mismo

Ingrávido
Levitando húmedo con tú propio yo
También húmedo
A solas con los sentimientos
Danzando en el espacio
Como un astronauta errante observando el vacío
Saludando al cosmos

Transpirando paz
Como un embrión tranquilo
Como un ser limpio
Pulcro entre azules

Nadar es jugar con el cielo
Con el cielo bajo el cielo
Es ser frágil
Y sentir nuevamente paz
Salir entonces al exterior a respirar oxígeno
Buscando una luz guía

Tu alma es ya plena
Tu espíritu tranquilo está
Y tu conciencia se apacigua

Jornada de reflexión
En ese lugar donde analizar ideas
Donde dibujar el problema que tu mente carcome
Y donde sosegarse ante desavenencias previstas
Y traspiés pasados

Nadar es viajar a ese pacífico mundo de manera temporal
Sin más aletas que el empuje de tu propio afán por reencontrarte
Y sin más escamas que tu propia piel
Dañada esta por tanto error cometido

Apoyarte en el borde
Respirando ideas nuevas renovadas
Aceptando una nueva forma de ser
Pausada
Reflexionada
Y descansada

Midsommar



El otro día fui a ver Midsommar.

Segundo largo de Ari Aster tras su debut con Hereditary, para mí, la mejor película de terror del 2018.

¿Y qué conlleva, para mí, ello?, pues básicamente las expectativas generadas, altas expectativas y un nivel sobresaliente y difícil de superar,  consecuencia del otro largo ya mencionado. La verdad es que esperé Midsommar con ansia e incluso con claro recelo crítico ("a ver qué me encuentro") ya que el listón dejada por la primera fue ciertamente alto.

La película nos cuenta la historia de una pareja cuya situación sentimental no pasa por el mejor momento (vida estancada, rutina, amor no totalmente correspondido, ¿quién sabe?) a lo cual se sumará una horrorosa tragedia familiar que castigará emocionalmente, y todavía más, al personaje de Dani, interpretado por Florence Pugh. Ambas dos circunstancias nos harán partícipes del tenso y crítico momento por el cual la pareja pasa previamente al nudo real de la trama, el viaje a Suecia.
El viaje:

Christian (el novio de Dani) y tres amigos suyos planean viajar a una recóndita localidad de Suecia con objeto de disfrutar del Midsommar, un festival practicado en la región y que sólo se celebra cada 90 años. Christian le propondrá a Dani viajar con él y sus amigos al país Nórdico, con el fin de apaciguar y salvar la tensa relación amorosa por la que ambos están pasando. Y aún con el recelo patente de los amigos de él (salvo uno, oriundo de la tierra del Midsommar y perteneciente a la comunidad que dirige y organiza tal festival), se embarcarán en una empresa que distará muy mucho de unas vacaciones idílicas.

Midsommar es, a día de hoy y para mí, la mejor película del género de terror del 2019, sin duda.
Es una película que tiene muchísimas cosas que ofrecer, para empezar, es una película de auténtico miedo, ¡de mucho miedo!, y que no recomiendo a personas que digan de antemano "mira que a mí las películas de miedo me asustan mucho, eh", por que sinceramente, lo van a pasar mal. El miedo de Midsommar es miedo "tradicional", de susto, espasmo y sobresalto, sí, pero en muy poca cantidad, y éso me agrada, ya que Ari Aster da a entender que el horror está madurando, cambiando, o evolucionando, como lo quieras ver. Aún a pesar de visionarse situaciones gore (porque las hay, y bastantes, y bastante chungas, la verdad), no es la tónica predominante del filme, no es a lo que estábamos habituados dentro del género slasher de finales de los 80-principios de los 90, con el asesino enmascarado persiguiendo a sus víctimas y matándolas siguiendo un patron macabro o un modus operandi determinado, vemos un miedo que juega con el desconocimiento, con la idea de saber que algo va a pasar, algo horroroso y bizarro, y que va a pasar muy pronto, pero que no nos va a pillar de sorpresa, si no que se acerca, se acerca, y poco a poco ya se ha generado delante de nosotros, no habiendo escapatoria posible y originándonos sufrimiento. Es pura psicología muy bien tratada.

¿Qué más nos regala Midsommar?:

-La imagen, sin duda. Es una película de terror diurno, las dos horas y pico suceden de día y en plena campiña (salvo algunas escenas contadas dentro de cabañas, claro), y eso no es muy frecuente que sepa yo. Aquellos planos, aquellas fotografías larguísimas, anchísimas que pareciera que alargaran la pantalla del cine a una anchura más larga de lo normal, combinando escenas en un mismo plano de caracter idílico, precioso, bucólico y pastoril, con lo más bizarro, grotesto y angustioso que una mente cuerda pueda llegar a imaginar. La manera de conjugar el sueño con la pesadilla en un mismo plano resulta enfermizamente sublime.

-Las drogas. Como toda buena secta, la comunidad de Midsommar no va a escatimar en el uso y consumo de sustancias psicotrópicas, naturales, eso sí, ya que todo irá encaminado a satisfacer a la Madre Tierra, «aquí no queremos químicos y opiáceos de ejecutivo, aquí tiramos de hongos, setas, y psicodelia»… resultan muy, ¡pero que muy bonitos!, los efectos de cámara e imagen a la hora de trastocar la visión del personaje que esté colocado en ese momento, haciéndo partícipe al espectador y en formato de primera persona (como si fuera uno más de los turistas), del viaje iniciático experimentado. Esos rasgos faciales deformados, esas narices puntiagudas, esos ojos como platos de tamaño acrecentado. Juega incluso con el paisaje, como si éste oscilara en espirales, deformándose y reformándose a su libre albedrío y generando al mismo tiempo placer, y nerviosismo. Es una pasada.

-Y la actriz, Florence Pugh. La viva imagen del llanto y el desespero, la ansiedad y el sufrimiento. Será con la llegada del personaje de Dani a la comunidad, cuando se nos regale el sádico presente del disfrute de la agonía ajena, y esta chica se encargará 11/10 de hacerte sentir molesto ante tanta barbarie, porque lo hace tan real, tan vívido, y tan natural, que casi llegas a empatizar con su triste realidad, siendo consciente de que no puedes hacer, por desgracia, nada para ayudarle.


¿Y qué es lo peor?, que sólo dure dos horas y media, aunque creo recordar que existe por ahí cierto material extra que saldrá a la luz en algún momento.

La mejor película de terror del 2019, así.

Messiah



El otro día fui a ver Messiah.


"Will he convert you?, or con-you?", me pregunta un imponente anuncio instalado bajo el túnel que lleva a la mastodóntica Waterloo Station.

La última serie de Netflix ya está aquí, y la verdad es que en un principio no le voy a hacer mucho caso "Ale, lo anuncia Netflix, y todos a verlo. Yo paso…", intenta convencerme un repentino alarde de personal gallardía y autenticidad.

Las paredes del metro me lo siguen recordando "mírame, mírame, quiéreme, dame tu tiempo, sólo 45 minutos"
. Intenta atraerme, fruta prohibida de serpiente enroscada, Adán desvalido y perdido en su Paraíso personal de ociosas noches fieles a sus amantes arábica y robusta.
No obstante me documento, rescato alguna sinopsis, observo la duración de cada capítulo, la premisa es interesante (cierto es), entre eso, y que en ese momento no tengo en mente ninguna serie por ver, pues me animo a subirme al carro de lo mainstream (una vez más)

Messiah nos cuenta la historia de un predicador en Damasco que tras advertir a sus fieles sobre la necesidad de permanecer fuertes y tranquilos ante el peligro inminente de una ocupación violenta por parte del Estado Islámico, consigue sobrevivir y salir indemne de una feroz tormenta de arena (casi Bíblica, podríamos decir) la cual truncará las intenciones de conquista por parte del mencionado grupo terrorista. El hombre, sin él quererlo, conseguirá formar un grupo muy sólido de acólitos que irá creciendo en número, se erigirá entonces como guía de tal rebaño de «peregrinos», conduciéndolos hacia la frontera con Israel con objeto de expandirse por otros territorios árabes fomentando la paz y la concordia. Será entonces cuando el fenómeno del surgimiento y aparición de un Mesías se empiece a germinar, y a expandirse por el resto del mundo entero.

Esta es la premisa más objetiva y material de la serie, sin embargo Messiah trata muchos otros temas socio-políticos y de actualidad de mucho calado y patente interés, desde la ocupación del estado Palestino por parte de Israel, el drama de los refugiados, la fe en todos sus sentidos (y la falta o pérdida de ésta), las creencias, los nexos entre las religiones, la arrogancia y presupuesta supremacía de unos pueblos más poderosos sobre otros, el fanatismo y sus condiciones violentas… por supuesto que tendremos la trama mágica y misteriosa, quién es este hombre?, es en realidad un salvador?, un profeta?, o no será mas que un charlatán con mucho carisma que algo oscuro oculta?, será un falso profeta?, y porque SIEMPRE Estados Unidos tiene que estar metido en todo?, joder.

La verdad es que la recomiendo, tanto si se opta por el visionado más directo y palomitero, como por el más analítico y filosófico.

Messiah, de vez en cuando Netflix hace cosicas decentes, oye.

Mandy



El otro día fui a ver Mandy.


Qué ganas tenía de ver esta película!. La recuerdo en el cine, con ese cartel rosa-oscuro tan particular, y esa idea preconcebida acerca de "algo de una secta" y una escena con una motosierra… pero duró poco!, la verdad es que no sé porqué, pero estuvo poco tiempo en cartel. El tiempo pasó y la tuve olvidada, y siempre con la cantinela del "ya me la bajaré", hasta que un bendito día me dije "hoy", y así lo hice.

Película dirigida por Panos Cosmatos, director al cual yo no conocía de nada y, según leo en páginas cinematográficas, de poca trayectoria filmográfica hasta la fecha, parece ser… largo protagonizado por ese irregular icono del cine Americano llamado Nicholas Cage. Ese Nicolás, ese hombre con esa expresión tan particular, "esa expresión", y enfatizo "ESA EXPRESION", porque ciertamente es un actor que no goza de un variado registro artístico, aunque ello no sea motivo para destacar (por uno, u otro motivo) títulos como La roca, Con Air, Leaving Las Vegas (por supuesto), o el propio filme del cual hablamos, Mandy.

Estructuro Mandy en dos partes, la primera una puramente química, un viaje exagerado y espontáneo, casi vivo, que se nos va de las manos, anárquico e independiente, que se ve orquestado y esquematizado por una lisérgicas imágen y puesta en escena que no harán mas que sentirnos incómodos aún a pesar de estar disfrutando. Me recuerda un poco también (pero ésto ya es una idea bastante personal) a ciertos vídeos de temática punk/gótica de finales de los 70-principios de los 80, dígase, Joy Division o The Cure, por ejemplo, y una segunda parte que nos llevará de la mano a un festival de desvarío y desparrame donde primarán la ira, la violencia y la venganza, y sobre todo un Nicholas Cage desatado que pareciera que hubiera acabado con todas las existencias de opiáceos de las boticas de una gran ciudad.

Y de qué va?. La trama gira en torno a una pareja enamorada, casi exagerado "love is in the air", con las aguas del lago de Crystal Lake (¿Viernes 13?) a modo de espejo cósmico reflejando infinito el cariño en torno. Todo es bonito, todo queda bañado por un aura de ensoñación y placidez alejado del caos y el mundanal ruido, burbuja sólo quebrada por el trinar de gráciles jilgueros y pisadas de salvajes y nocturnos cánidos… pero ese sueño se verá cruel y fatalmente quebrado por una despiadada secta que nos recuerda a la liderada, allá en los 60, por Charles Manson. La chica es secuestrada (y más cosas), y Nicholas Cage buscará venganza durante toda la segunda mitad de la película.

La chica.
La actriz es Andrea Riseborough, actriz bastante prolífica con casi 50 apariciones entre series y películas de entre las cuales me gusta destacar Birdman. Su personaje dista mucho de ser humano (metafóricamente hablando) ya que en ciertas escenas parece una ninfa, una preciosa bruja, o una de ellas que pretenda ser la otra. Centra un par de escenas caminando por el bosque que me gustaron sobremanera, desplazándose lenta y pausadamente, combinando sensualidad con distancia, como si quisiera provocarnos miedo, pero un miedo bello capaz de atraparnos y hacía el cual no tuviéramos mucha intención de ofrecer resistencia. Probablemente será esa presencia, fantasmagórica e inquietante, la razón de la obsesión del lider mansonizado que acabará culminando con el secuestro de la joven.

¡Destaco!:

-De la primera parte, aquella escena ciertamente memorable que gira en torno al lavado de cerebro por parte del líder hacia la protagonista. En ella, y como si se tratara de uno de aquellos juegos visuales tan trillados en televisión en los que un mago, o hipnotizador, menea una varita dibujando espirales de colores hasta lograr la abstracción de un inocente sujeto, veremos a la chica protagonista siendo sometida a un proceso de convencimiento voraz alimentado por las drogas y encauzado por la cacharrería verbal del déspota lider sectario. La escena en cuestión ofrece una actuación por parte de ella que resulta atrozmente enfermiza, así como sobresaliente a la hora de convencernos. Tétrica y fantasmagórica es la sucesión de caras simultáneas que nos ofrece el punto de vista de la, casi poseída, mujer… da mal rollo, pero es muy bonita de ver.

-De la segunda parte, sobre todo, el trabajo de Nicholas Cage. Si normalmente (a mi parecer, y como ya he nombrado arriba) este actor peca de carencia de expresión, es en esta película donde precisamente tal carencia es lo único que no se le puede achacar. El Americano interpretará a un personaje totalmente ido pero no perdido, ya que conoce de manera sobrada su objetivo, y que no es otro que una colorida y húmeda venganza. Pasadísimo, colocadísimo, y enfadadísimo, ahí tendremos a Nicolás bailando al son de una motosierra herrumbrosa y sedienta de hemoglobina, ahí estará también luchando contra un grupo de motoristas ¿humanos?, ¿demoníacos?, de similitud apreciable a pin-head, el cenobita de Hellraiser, y permanentemente encocados, cuya razón de ser en este mundo rádica en el consumo de cocaína y en la propagación de una violencia desmedida estimulada por el susodicho opiáceo, y ahí lo volveremos a ver también desangrándose cual cerdo el día de matanza, en el baño, en calzoncillos, y desinfectándose las heridas con una botella de vodka de la cual beberá entre gritos de agonía y desespero (creo que la única escena de toda la película de tonos y colores claros, y rodada en un único plano)

La película es pura poesía visual, y aquella alternancia de colores brillantes/apagadísimos una sucesión de versos encaminados al infierno, destino al cual Nicholas Cage se embarca de manera desmedida, atroz, y sin billete de vuelta. Mandy es una película de estética ochentera que a mí me recuerda un tanto a la grandísima Drive gracias a la imagen y la música adornada con sintetizadores, entre otros factores.

Junto con Hereditary, Mandy (para mí) constituye otra de las joyas del terror (terror ultraviolento, si se quiere denominar así) del 2018.

Lo tiene todo, y no le sobra nada.

Lolita´s



El otro día fui a ver Lolita.

Bueno, vi Lolita, y también Lolita, sendas adaptaciones del libro de Nabokov aquellas de Adrian Lyne (del 97), y del maestro Kubrick (del 62)

Andaba con bastantes ganas de ver la película de Kubrick (al cual considero cineasta de referencia), ya que un día antes de verla me había acabado el libro, así que me dije "vamos a comparar, que quiero escribir la reseña". Me di cuenta entonces de que existía, pues la versión original, la que ya he mencionado, y un remake de un tal Adrian Lyne creado allá por el 97, por ello, pues me puse a investigar a ver quién era este hombre… Atracción fatal, Una proposición indecente, yyy, ¡La escalera de Jacob!, aquella grandísima película de Tim Robbins, y a la cual yo tengo en un altar. Bueno, el caso es que, y en correlativos días, pues me vi ambos largos, primero, la más actual, y segundo, la clásica.

La de los 90 es más, ¿cómo decirlo?, más visual, más "plástica", más provocadora y con intención determinada a "llamar la atención", de lo cual bien se encargará Dominique Swain encarnando a una Lolita muy sexualizada pero, a mi juicio, mucho menos sexy y morbosa que la interpretada por Sue Lyon, allá por los 60, la cual dejará más patente ese aura de misterio y curiosidad, así como de una morbosa inocencia infantil, diana certera del pecaminoso dardo asqueroso del erudito docente.

Opino que ambas Lolitas están bien interpretadas y transfiguradas, aunque bien es cierto que son muy diferentes entre ellas. Si bien una es más directa que la otra (aunque menos sensual), no creo que ello sea debido a la interpretación de las actrices, o a los designios del director, sino a la época en la cual ambos largometrajes fueron rodados, quiero decir, una niña pre-adolescente de los 60 probablemente se comportara a un nivel primario de interacción sexual con sus semejantes como bien lo expresa la actriz en la película de Kubrick, por contra, en el largo de los 90, y aunque esté basado en las mismas época y circunstancias temporales, el personaje de la pre-adolescente creo que adopta una actitud más cercana a la de una adolescente de finales de los 90, lo cual lo considero no tan acertado si entendemos que ambas películas hablan del mismo libro ambientado en los años 40 (¿es mi idea un poco confusa?, puede ser)

La película de Lyne es más fiel al libro, transcribirá y plasmará fielmente escenas y diálogos directamente del texto, no dejando demasiado a la interpretación libre que sí deja patente Stanley Kubrick, el cual alterará un poco a su juicio y quehacer los altos y bajos del libro, dándole un protagonismo evidente al personaje de Clare Quilty, otro enfermo como Humbert excelentemente trabajado por el grandiiisimo Peter Sellers, actor al cual, y como siempre, da gusto verlo en pantalla aunque en este filme se dedique a encarnar a un pedófilo asqueroso, vicioso, y plagado de tics fruto de una represión sexual más que evidente. Al personaje de Humbert Humbert le dará vida, respectivamente, Jeremy Irons en la del 97, y James Mason en la del 62, ambos dando vida con acierto adecuado a un pederasta culto, letrado, y arrogante, con el cual, y a diferencia de muchos otros antihéroes (¿podría llegar a considerarse Humbert Humbert un antihéroe?) nadie en su sano juicio llegaría a guardar una mínima empatía aunque muchos de sus actos podamos interpretar que provengan de un amor enfermo y deleznable hacia su Lolita.

En resumen: la película de los 90 es más visual, más "fácil de ver", más atractiva por el desparpajo de ella y el carisma de él si queremos decir, pero la de Kubrick es mejor película en general, y atesora más calidad.

Lágrimas de toro



Es ahora cuando nos quejamos, cuando vemos materializarse y hacerse real aquella sombra de éso que considerábamos impensable, como aquella barbaridad del Brexit, o aquella otra estupidez de Trump en la Casa Blanca, o sí, que Mariano pudiera volviera a deambular por La Moncloa.
Lo hemos visto también muy recientemente ejemplificado en el país carioca, ¿quién se iba a pensar que Bolsonario iba a conseguir la mayoría en el país de la capoeira?, ¿tú sí?, porque yo ni me lo planteaba.
Lo tenemos en Suecia, en partes de Alemania, en Ucrania, en la Italia de Salvini, la misma donde antes morara Beppe Grillo y su movimiento Cinco Estrellas… y ahora, y como «por arte de magia», lo vemos ganar en uno de los feudos socialistas por antonomasia de España, la ultraderecha gana cuerpo y adquiere consistencia en Andalucía, amigos, sí, en la tierra del amor y el ensueño propagados por Lorca, aquella tierra feliz plena de espíritu libertario cantada por Camarón, donde el patrón no quería ni escuchar aquello que nos cantaban de Andaluces levantaos, y donde Julio Anguita trabajaba por, para, y desde el pueblo. Esa tierra, ese lugar de España que ahora se queja, y llora, y patalea, ese lugar que ahora, AHORA, sale a la calle y dice que hay que parar a la ultraderecha, que "¡luchemos contra el fascismo!", que "estamos hartos", y que "esto hay que cambiarlo"... ahora, sí, ahora, joder, no antes, no, no durante el proceso pre-electoral, ni durante el pre-pre-pre proceso a previas elecciones cuando ya se empezaba a vislumbrar alguna que otra nube aislada entre claros.

Es fácil quejarse en casa, es fácil verter todo tu odio sentado (o mejor, tumbado, para demostrar que nos la suda todavía un poco más) en redes sociales, "fachas fuera, ¡toma meme de Pablo Casado con el bigote de Hitler", "le doy al no me gusta a todo lo que dice Albert Rivera, ¡viva Podemos!", y mierdas así. Es posible que el descomunal tamaño de los huevos de la gente que no fue a votar, les impidiera entrar a la cabina donde estuviera colocada la urna de las votaciones, supongo que éso explicaría esa desmesurada dejadez a la hora de decir a quién quiero votar.

Y es que, no hemos ido a votar, no hemos ido a votar porque no nos interesa. No nos interesa la política, con lo cual, ¿para qué voy a ir a votar?, o mejor dicho, "¿para qué voy a ir a votar si nada va a cambiar?", pues no, parece ser que no yendo a votar sí que cambian las cosas, ¡joder si cambian!, ahora mismico lo hemos visto, un debilitamiento destacable de la izquierda Andaluza materializado, uno, en la pérdida de escaños del PSOE, y dos, en el mal resultado cosechado por el Podemos Andaluz (sí, el de los dragones, el de los putos dragones). Recordemos que casi la mitad de los Andaluces no se han acercado a depositar su voto, éso nos da una muestra preocupante de la dejadez y la desidia del electorado Español, pero a pequeña escala, a un nivel autonómico que podría reflejarse, pero perfectamente, en cualquier otra comunidad autónoma salvo en Cataluña y País Vasco, donde la desconfianza hacia el gobierno central es por todos ya conocida y más que resabida.

Y ahora nos quejamos, nunca nos imaginábamos que tal catastrófico resultado pudiera materializarse en el Sur de España, pero ahí está, y ganando, y ganando, y ganando votos, y alimentando el odio hacia lo de fuera, y culpando siempre al ser ajeno y al forastero (¡ay, mi España!, qué bien te conozco), y es que no hay recurso más pobre, cobarde, y despreciable, que acusar al otro de los errores de uno mismo, "no es mi culpa, es de los putos negros" (léase moros, chinos, o rumanos).

Ahora, azuzamos un poco a Cataluña y a su independencia, colgamos la bandera en el balcón, y amenazamos con la instauración de la arepa Venezolana en detrimento de, esta, nuestra sacra tortilla Española, y entonces, ¿qué tenemos?, pues tenemos un germen de odio instaurado hacia todo aquello que no huele a patria, que conseguirá materializarse en una papeleta con el membrete de VOX, ese partido que nos va a sacar del agujero en el cual nos han metido golpistas, humoristas, y putos inmigrantes (nosotros mismos no hemos contribuído para nada, eh, a mí que me dejen con mi vagancia y mi pandereta)

Pero, ¿y qué pasa con la izquierda?, ¿porqué va tan mal?, ¿y la derecha?, porqué a la derecha le ha ido mejor?, pues porque la izquierda Española da asco, no existe nada más desorganizado que un partido de izquierdas Español. Discrepancias, proyectos políticos difusos y enfrentados, luchas internas, dimisiones, y gente "invitada" a dimitir, ideologías enfrentadas y muy poco dialogadas entre unos y otros… ésto es la izquierda. La derecha, sin embargo, es diferente. Con la derecha se puede discrepar mucho, sí, estar parcial, o totalmente en desacuerdo de aquello que promulguen, pero sí es verdad que atesoran mucha más organización y son capaces de mover al elector mucho más, y de manera más efectiva, que cualquier otro partido de izquierdas. Es triste reconocerlo, pero es verdad, es así.

Tenemos políticos basura, totalmente faltos de profesionalidad, de gargantas desbordando aquello de que hay que luchar contra el fascismo, pero no sabiendo sin embargo cómo hacerlo. ¿Qué es toda esa mierda infantil que lanzan por Twitter, Facebook o Instagram?, ¿de qué coño estamos hablando?, ¿de un puto patio de colegio?, señores, que tenemos que gobernar un país, que no es lanzar un chiste por Internet y que me den muchos me gusta, joder, que éso no lo hace (bueno, un poco sí, pero no tanto) ni el PP, ni Ciudadanos, ni VOX, hombre ya.

Muy mal augurio, pero muy, muy mal augurio albergo yo para este país durante años venideros (y tempranos). Ojala me equivoque, pero no me extrañaría a mí que lo sucedido en Andalucía pudiera repetirse a una mayor escala en todo el territorio nacional, y entonces, a ver qué coño le respondo yo a mi madre cuando me pregunte "
Jose, ¿cuándo vas a volver a España?"

Isle of dogs



El otro día fui a ver Isle of dogs (Isla de perros, en Castellano)

La película ya me pareció llamativa superlativa cuando por vez primera vi el cartel de la misma. Varias decenas de perros de, ¿peluche?, que luego resultaron ser marionetas, circundando de manera protectiva/servil (o respetando, a modo de jerarquía) a un niño de apariencia asiática embuchado en un traje de astronauta.

Justo vi el cartel segundos antes de entrar a la sala a ver Ready Player One, la cual, pues no me gustó en demasía, no, no me gustó, fui con ganas casi de cumpleañero previa apertura de regalos, y mi gozo en un pozo tras finalizar el visionado de la misma… a lo que voy, la de los perros:

De qué va?
La historia nos cuenta la épica búsqueda realizada por un niño, y en solitario, de su perro extraviado en una isla/vertedero, isla tan sólo habitada por perros apartados de la sociedad presuntamente culpables de originar, e incubar, una presunta gripe mortal.

¿Es una película para niños?, decididamente no, aunque tampoco he de afirmarlo de manera categórica, quiero decir, a ojos de un infante no deja de ser una película de animación, con perros que hablan y marionetas que gritan al más típico estilo del vodevil japonés, con respuestas muy emocionales, y diálogos de recia expresión vocal. Lamentablemente, y al no ser una película adaptada al menor, es probable que el niño medio no responda muy fiel al transcurso del metraje, ya que toca algún que otro tema político que pueda no llegar a cuajar totalmente en el menor, motivando el tedio, ocasionando la pataleta, el escalado alpinista entre butacas, la pelea predecible entre hermanos/amigos, y el consecuente hartazgo del, o la, progenitor/a, el cual, y sin atisbo de duda, culminará en la Gran Evasión de esa sala de cine convertida en campo de concentración para la desgraciada criatura.

Bendita paternidad.

Entonces, ¿es una película para adultos?, sin duda. Aparte de lo mencionado un poco más arriba, «perros que hablan, marionetas que gritan, peleas, bla, bla, bla», no deja de ser una película política que toca un tema serio y peliagudo como es el racismo o la discriminación. ¿Entes individuales que se ven apartados del resto de la sociedad por el mero hecho de ser diferentes?, no sé, a mí me recuerda tristemente a aquellos desvaríos de demente desatado, escupidos por ese presidente Americano que (y acabo de darme cuenta) parece también de plastilina. Ese temor a enfrentarnos a lo diferente o a la búsqueda de un cambio y un desarrollo, el estancado más retrógrado debido a esa «amenaza» que viene del Sur (y del Norte, y del Este, y del Oeste, y del negro, y del blanco…), la MEGAMENAZA culminante en el aislamiento del mundo del gigante Americano. Dibujemos un muro en nuestras cabezas, y ahí tenemos esa isla canina, con esa presunta gripe que bien podría haber sido importada por inmigrantes provenientes de un país desfavorecido. No es un tema baladí, por desgracia, aunque quede revestido de pulgoso uniforme configurando lo entrañable.

La dirige Wes Anderson, el de Grand Hotel Budapest, Fantastic Mr. Fox, Darjeeling ltd., los Tenenbaums, etc. Y como buena película de Wes Anderson, todos y cada uno de los fotogramas que componen la película bien podrían capturarse, imprimirse, y pegarse en las paredes de nuestra habitación a modo de decoración. Más que sobresaliente el uso de la cámara que hace este hombre con esos colores que pareciera estuvieran dotados de lumínica vida propia, regalándonos unos escasos segundos de pausa previos al diálogo que acontezca, para enfocar nuestras pupilas en tales paletas policromáticas disfrutando de aquello observado. Vamos, que da gusto ver, en el más simple sentido de la palabra, las películas de este señor.

Lo he visto en otros filmes de este realizador y, parece ser, es una marca característica de su buen hacer. Escenas de personajes estáticos en segundo plano, recortados de manera difuminada sobre otro personaje principal al cual el ojo de la cámara sí que enfoca. Tal personaje (tal can) expresa su emoción, deseo o motivación, quedando difuminado después y alternando su presencia ahora borrosa con la de los personajes previamente desdibujados, que ahora gozarán de claridad visual para expresar su protagonismo en torno a una respuesta al diálogo.

Y esos perros, ¡esos perros!. Tenemos a Brian Cranston, a Edward Norton, ¡a Bill Murray!, aparece también esa sensual perrita actriz a la que pone voz Scarlet Johannson. ¡Hasta Yoko Ono aparece en el casting! (sí, sí, Yoko Ono, la de los Beatles), actuando de intérprete Japonés-Inglés durante los discursos del tiránico alcalde Kobayashi (voz del veteranísimo Ken Watanabe)
Elenco de grandes (muy grandes todos ellos) actores a los cuales me hubiera gustado ver en directo doblar tales personajes, sobre todo en aquellos momentos en los que sus alter-ego estornudan debido a la contaminación o presunta gripe.

Y ya me voy, no sin antes destacar el concepto de stop motion, que es la técnica usada para realizar tal película. ¿Alguien se acuerda de aquellas libretas con un dibujo en sus esquinas inferiores y que, tras pasar las páginas muy rápidamente, generaban una parca animación?, pues en algo así, pero más desarrollado, y con muchísimas más horas de trabajo a sus espaldas, es en lo que radica el fundamento de tal técnica.
También aprecié bastante la música. El Francés Alexandre Desplat (recurrente en las películas de este director) configura una banda sonora de corte de folklore Japonés, armonizada por la presencia y uso de típicos instrumentos orientales, como por ejemplo (bonito nombre) el taiko, un enorme tambor capaz de hacer retumbar los titánicos graves de el Dolby Surround de la sala.

Me pareció una película excepcional, casi de 10. Lo primero que hice al salir de la sala fue escribir a mi hermano Carlitos, he visto Isle of dogs. Hacía tiempo que no veía una película tan buena, ¿y lo segundo?, tan sólo disfrutarla, rememorarla, y tratar de no olvidarla para poder transmitir las excelencias que puede llegar a regalarnos un largometraje tan bonito, tan trabajado, tan interesante, y, y… ¡tan lleno de perros!

El expreso de medianoche



Y literalmente, aterrizando, me acabé el libro.

Parecía que tiempo y casualidad hubieran pactado un adecuado tiempo conveniente. Las pesadas ruedas del Boeing 737, y su asociado impacto contra el suelo, acordaron firmar el término FIN como si de un ocaso bélico negociado entre generales se hubiera tratado.
Curioso ese FIN, originando el PROLOGO de mis vacaciones (cortas, pero vacaciones a fin de cuentas)

Billy Hayes es un joven mochilero aficionado a la vida y al disfrute de la misma. Recorre Europa con una vida empaquetada cargada a sus espaldas. Recorre la vieja Europa y cierto día decide tantear a su propia suerte intentando traficar unos pocos kilos de hachís desde el aeropuerto de Estanbul, en la mágica y preciosa Turquía. Billy arriesga. Billy tiene suerte. Adhiere la mencionada materia prohibida a su propio cuerpo, pegando a este pequeños fardos como los que observamos en televisión cuando la policía localiza un alijo. Billy no tiene tanta suerte entonces y es detenido, siendo encarcelado en la inhumana prisión de Sagmacilar donde pasará varios años de su vida entre barrotes.
De eso va el libro.

Y también de muchas más cosas.

Para empezar diré que está basado en una historia real contada en primera persona por el propio WIlliam Hayes. El autor nos relata los hechos y las vivencias asociadas al encarcelamiento sucedido en la década de los 70.
Sus pensamientos, sus lamentos, su desesperación, su vuelta moral a creer en aquella luz al final del túnel, los apoyos recibidos y las decepciones inesperadas (y sus opuestos también)
Su principal y humana duda, ¿fuga?, ¿o sumisión ante la extralimitada severidad de las leyes de la Turquía de los 70?

Es ante todo una historia de supervivencia, de superación personal, de confianza, y sobre todo de barbarie, de barbarie retrógrada y libertades cohibidas que pusieron en entredicho, cara al exterior, la aplicación de las leyes y su tratamiento por parte del país Turco (no muy buena propaganda para el país Otomano, la verdad).

Ahora veré la película. Ya la había visto, hace años, de niño, y es curioso que de lo que más me acuerde sea del tema principal. Esa electrónica Italiana, setentera, abanderada (entre otros) por Giorgio Moroder que pareciera buscara pareja copular para germinar a los actuales Daft Punk.
No quiero ni pensar qué le hubiera pasado al pobre Billy si en vez de hachís hubiera intentado pasar cocaína o heroína.

En la hierba alta



El otro día fui a ver In the tall grass (En la hierba alta)

 Largometraje de terror producido por Netflix, cuyo estreno venía anunciándose durante bastante tiempo por la propia plataforma de contenido audiovisual y otras redes sociales, ¿la razón?, pues parece ser que este año Stephen King está de moda ya que hemos visto varias adaptaciones de obras suyas tales como 1922, La niebla, El juego de Gerald, y lo más mainstream hasta la fecha, el remake de It (todo el mundo como loco, no sé, parece que hayamos descubierto ahora a Pennywise). In the tall grass es un relato corto escrito por Joe Hill en colaboración con el mencionado King que por cierto, ¡es su padre!

La película está dirigida por Vincenzo Natali (que no es Italiano, por cierto).
Descubrí a Vincenzo Natali (no personalmente, artísticamente, me refiero) una tarde aburrida de Sábado allá a finales de los 90. Andaba yo deambulando entre pasillos y pasillos de cintas VHS en el centro comercial El Corte Inglés, con la intención clara de comprar una película de terror/gore. Pues bien, allá, sepultada entre otros títulos, encontré una carcasa azul de variados tonos metalizado-plateados con un llamativo y sobrio encabezado, «CUBE» rezaba el mismo, y así de claro, y sin exagerar, en aquel momento se abrió para mí una nueva concepción del cine de terror angustioso y psicológico.
Vincenzo Natali es un director irregular, no lo voy a negar. Cube fue un pelotazo, y aunque a día de hoy haya podido perder categoría entre otros títulos más recientes y relevantes, tal obra sigue siendo básica y pionera dentro de su género. Tras ésta su carrera se fue diluyendo lentamente, y su producción cinematográfica contándose entonces con cuentagotas. Sí, tenemos Cypher (que está bien), Splice (no tanto) y alguna que otra colaboración en capítulos de series televisivas punteras tales como WestWorld, o American Gods, pero no mucha realización más como autor propio e independiente, por desgracia.
 
De qué va la película?:
Pues bueno, la premisa es bastante simple: Dos hermanos recorren en coche una carretera perdida allá por el estado de Kansas. En un momento dado se verán forzados a parar como consecuencia de determinadas razones fisiológicas. Una vez ya estacionados, escucharán una llamada de auxilio de un niño que, parece ser, procede de lo más recóndito de un inmenso campo de alta hierba extendido hasta el infinito, la pareja acudirá entonces en ayuda del desdichado infante germinándose así la semilla (adecuada expresión para este artículo, no lo voy a negar) de una trama sobrenatural, enferma, y claustrofóbica.

Qué le veo de bueno?:
Comencé a ver la película sin saber siquiera que estaba dirigida por Vincenzo Natali, el caso es que al poco rato de perderse nuestros protagonistas entre esa espesa maraña de verdes brotes pensé, «joer, me recuerda un poco a Cube, pero al aire libre», luego ya, leyendo los créditos, confirmé mis sospechas. Es cierto que sí que guarda muchas similitudes con la ópera prima del director (para bien), ya que juega mucho y sin parar con la claustrofobia (mejor, ¿agorafobia?), la opresión, la ansiedad, y su consecuente falta de oxígeno. Si a uno le gusta el género o el tema, esta película le dará mucha posibilidad para el disfrute.
Stephen King está por ahí, sí, y a ratos me recordó a aquella teleserie de los 80 que tantas veces yo habré visto de crío y que se llama «Los Langoliers», donde se juega constantemente con paradojas temporales, el terreno sobrenatural, alteraciones del mundo físico, y de telón de fondo unas criaturas poco amigables con un cometido muy particular (la recomiendo muy mucho, por cierto)
La imagen. Uno que sea profano como yo en el mundo de la cinematografía y el arte audiovisual, llegará a apreciar y a valorar muy positivamente el trabajo de la imagen y la producción visual de esta película. La película es un regalo de tonos muy vivos, y tonos muy muertos, muchos juegos de cámara, y escenas que rayan la enfermedad, que hacen sentir al espectador a ratos molesto e indigesto, que suscitan emociones y las elevan para bien, y sobre todo, para mal.

 Qué le veo de malo?:
Para empezar, es un relato, no una novela. Podría haberse hecho un muy buen corto en vez de una película de casi dos horas. La trama pierde relevancia antes de la mitad del largo y se diluye lentamente haciendo que perdamos el interés, manteniéndonos sentados delante de la pantalla sólo para ver qué coño pasa en el campo ese.
El trabajo de los actores no convence ni hace que empaticemos, a nadie nos preocupa qué le pueda pasar a la chica ni al idiota de su hermano, la familia que anda rondando por ahí carece de la más mínima importancia o relieve, tan sólo es el niño, un fantasmagórico Will Buie Jr. el que nos hará sentir algo más partícipes de aquello que está sucediendo en aquel maizal donde sólo faltan Los Chicos del mismo. Sale Patrick Wilson que, bueno, aparece por ahí con intenciones engañosas pero que, aún intentándolo, no consigue involucrarnos en su juego malo maloso.


Yo creo que el problema de esta película es, como ya he dicho, su metraje. Si toda la trama se hubiera condensado en media hora-cuarenta y cinco minutos, hubiéramos disfrutado de un corto muy, pero muy bueno y sobre todo muy intenso. La segunda mitad de la película se vuelve vaga y repetitiva, y aún a pesar de meternos conjuras, ritos, subtramas, dramas familiares y juegos físico-temporales, el interés que podamos todavía albergar por el visionado del resto del filme es casi nulo, tan sólo se verá nutrido, uno, por salteadas escenas terrorífico-oníricas (que son muy bonitas de ver, no voy a decir que no), dos, saber qué pasa al final de la película, y tres, esperar con ansia que aparezca un pirómano y se dé un festín orgiástico con ese puto campo del demonio.

El Faro




El otro día fui a ver El faro.

La película nos cuenta la historia de un farero (Willem Dafoe) y su aprendiz (Robert Pattinson) que se verán obligados a convivir durante 4 semanas en un islote distante de Nueva Inglaterra, mientras realizan las labores de manutención de tal elemento guía. Durante las casi dos horas de metraje observaremos cómo la relación entre ambos personajes se deteriora progresivamente debido a la presencia de determinados factores externos imposibles de controlar, hablamos del tedio, de la sospecha, del aislamiento, y de la locura, resultando esta última la campeona perversa de una batalla constante y sin cuartel entre la cordura y el desvarío.

Robert Eggers es el director, el mismo que allá por el 2015 nos presentara La bruja, una interesante historia retrato de la sociedad colonial de la Nueva Inglaterra del Siglo XVII, que presentaba como telón de fondo el satanismo y la brujería (para mí, un gusto esta película, sobre todo a nivel del habla y acentos de la época). El señor Eggers nos trae ahora este regalo, este cuento maldito de insania y perdición, de turbias gaviotas, de molestos tonos graves de sirenas de alta mar, y leyendas de pata de palo, pipa, y parches en el ojo que otrora consiguieron avistar el más allá.

La película está rodada en un formato un tanto inusual, el 4:3 (vamos, casi un cuadrado), un poco alejado del panorámico más tradicional al que estamos acostumbrados. Entre eso, y que el largo está grabado en blanco y negro (más negro que blanco, ciertamente), puede ser cierto que los primeros minutos de visionado resultarán un poco incómodos de disfrutar. Por fortuna, la película goza de calidad suficiente para que ello no resulte un factor en contra.

Y los actores?, buf, los actores… empiezo:

-Willem Dafoe encarnará al farero experimentado, al viejo, al verdadero lobo de mar, aquel con la categoría suficiente para decir "arrr" cada dos por tres, y escupir al suelo si así le viniera en gana. Willem Dafoe es un muy grande actor, y perfectamente podría ser también un viejo marinero ajado por los años y el ron, y nadie se daría cuenta.
Este hombre, directamente, ha hecho lo que le ha dado la gana en esta película, y lo ha hecho de manera superlativa, dando vida a un pirata de la vieja escuela en el más tradicional esquema de tablas y escenario. Su labor como marinero de agua dulce y poeta trovador a lo Herman Melville es uno de aquellos regalos que el teatro más puro es capaz de producir de manera esporádica. Sus monólogos alcohólicos (sobre todo uno de ellos del que todavía recuerdo ecos), babeantes de escupidera y etílicos juramentos, casi que nos remontan al Inglés más arcaico y quebrado, a un anglosajón Shakesperiano que perfectamente nos pudiera motivar a levantarnos de la butaca o el sofá para aplaudir al cielo, los cuatro vientos, y tirar por la quilla al desagradecido que no sintiera un mínimo hálito de emoción exaltada.

-Robert Pattinson es el nuevo, el joven, "el chico" al cual el anciano no para de criticar, de mandar, y de ladrar reprimendas como si de un hijo desobediente se tratara. Robert Pattinson ha sido, con esta película, una agradable sorpresa que me ha congratulado no para bien, sino para mejor, me explico… para Leonardo DiCaprio, el niñato de Titanic supuso un estigma y arma de doble filo, lo lanzó al estrellato, pero lo congeló casi perpétuo y condenó al ostracismo como "guaperas de cualidad actoral cuestionable", lo mismo le pasó a Brad Pitt con Thelma y Louise, y Leyendas de pasión después, crucificados ambos dos, y de ahí no los saques… por fortuna (para ellos, y para los que disfrutamos con el cine) ambos actores se atrevieron a apostar y arriesgar, a forjarse una identidad propia dentro del celuloide, y así lo han conseguido… por ello espero que a este chico, a Robert Pattinson, le suceda igual tras El faro y nos olvidemos un poco de aquel vampiro de "todo a cien" que una vez fue.
El personaje de Pattinson está totalmente a la altura del de Willem Dafoe. El se encargará de mostrarnos el verdadero rostro de la psicosis y los deterioros mental y emocional. Su personaje es demencial, y conseguirá de manera sobresaliente embarcarnos con él en ese viaje sin retorno a un profundo mundo acuático de sirenas, tritones, y vórtices en un mar agitado y tan lleno de preguntas como de respuestas.

El faro es opresiva, es triste, es perturbadora, es sospechosa a más no poder, y es un delirio en picado y en espiral a lo más hondo de la locura,. El objetivo de El faro no es sino hacernos partícipes de la fragilidad de la psique humana, y de la facilidad con la que se puede trastocar la brújula de nuestro juicio si soltamos el cabo que nos ancla al raciocinio.

El faro es una luz cuya finalidad no es mas que guiarnos, el problema es que tal faro refleja una vasta infinidad de posibilidades, igual que un viaje psicodélico de lentes reflejando un vacío sin retorno.



El Camino (una historia de Breaking Bad)



El otro día fui a ver El Camino.

Película dirigida por Vince Gilligan (creador de esa maravillosa serie que es Breaking Bad), producida y anunciada a bombo y platillo por la plataforma audiovisual Netflix, y que sigue la estela (y a modo de epílogo) de la mencionada serie de drama y humor negro.
Por que El Camino se queda en eso, en una estela, en una estela muy pequeña, poco brillante, y mucho menos fulgurante que cualquier episodio de la galardonada serie.
El Camino es una película que a los que disfrutamos y aprendimos a amar las aventuras de Walter White (Heisenberg, ¡qué grandísimo alter ego!) y su carismático y entrañable socio (y durante emotivos periodos de la serie, digno de compasión), Jessie Pinkman, nos va a resultar muy poco interesante, y a aquellos a los que la serie no les atrajo en su momento (o bien tuvieron la desgracia de no haberla conocido) les va a atraer si cabe, todavía menos.
Es un largo soso, plano y aburrido, que carece de la más mínima acción y no resulta para nada trepidante o interesante, ¡y es una lástima!, porque el trasfondo filmográfico que ofrece la serie, la trama, y sus personajes, está más que abierto a ofrecer posibilidades interesantes.
Los únicos dos intereses que, a mi juicio, El Camino ofrecen son, uno, saber qué fue de Jessie Pinkman tras su huida en coche en el último capítulo de la serie, y dos, poder disfrutar de algún flashback (que sí, lo hay) en el que pueda aparecer el narco-profesor.

El Camino podría bien haberse resumido en un extra o director´s cut tras la finalización de la serie, o un corto de media hora creado para beneplácito del espectador, no resultando así tan hueco, vacío, y desprovisto de interés.



Disenchantment



Disenchantment, o "lo nuevo del de Los Simpson"

Resumiré de esta manera las impresiones suscitadas:

-Inicio, y antes de comenzar el visionado: "Anda, qué curioso, vamos a ver qué tal"
-Capítulos 1-5: "Mmm, no sé…, no me termina de convencer, voy a seguir viéndola porque ya que he empezado…"
-Capítulos 6-7: "Bueno, bueno, no está mal, ya me estoy riendo un poco más y la trama parece interesante"
-Capítulo 8-final de temporada: "Ah, pues mira, me ha gustado, aparte, quedan bastantes cosas por resolver. Habrá que esperar a que saquen la segunda temporada pues"


Opino que son 3 las principales diferencias entre esta serie y las otras dos del mismo autor (Simpson y Futurama):

1. Estética y concepto visual: Comenzaron Los Simpson con una bofetada de humor ácido y crítica social enfocada sobre todo al modelo de familia, política, y forma de vida americanas (EEUU). Le siguió Futurama con su particular visión de un futuro no muy halagueño, no muy iluminado, y bastante carente de humanidad (exagerado, pero a mi parecer no muy alejado de la realidad que nos-les espera), pero muy, muy cargado de humor negro y referencias científico-nerd.
Pero, ¿y  la estética?, vamos, lo que se ve. Ya vimos la evidente y progresiva madurez visual de la familia amarilla a lo largo de su longeva (y todavía activa) vida, todo ello se reforzó en Futurama, sobre todo en esos planos aéreos en torno a la ciudad de Vieja Nueva York en los principios de cada capítulo. Todo ello ya viene implícito, y desde el primer fotograma, en Disenchantment. La tecnología 3D es abundante, así como el cuidado trazo dibujado y la estética, es una serie más "plástica", más "bonita de ver", y todo ello se agradece. Se nota que la actividad de los diseñadores y realizadores adquiere más peso en la serie medievo-fantástica, y que lo visual prima sobre el gag.

2) El humor: Aún siendo una serie animada y de comedia, cierto es que no aborda el chiste como sí lo hacen las otras dos series. Personajes específicos como Homer, Bender, el abuelo Abraham Simpson, Ralph Wiggum, Zoidberg… todos ellos son personajes creados por y para el humor, y cada uno de ellos ampara un tipo de broma muy específico y acorde con su personalidad, todos. Esto no pasa en Disenchantment, donde sí se dan situaciones humorísticas, pero aparecen muy a cuenta gotas y no son tan efectivas como las recurrentes en las mencionadas series. Todos vamos a recordar las simplezas de Homer, los episodios dementes del abuelo y los vicios del robot nihilista pero, igual me  equivoco, nadie va a recordar los periodos de embriaguez de la princesa Tiabene, o las apreciaciones infantiloides (¿estamos hablando de un verde Ralph Wiggum?) de Elfo, por ejemplo.
En resumen, NO es una serie para reírte.

3) Hablamos de una serie: Tanto Futurama como Los Simpson son series compuestas por capítulos de tramas aisladas entre ellos (por lo general) que, aún a pesar de guardar conexiones espacio-temporales o, a veces, de situación, no siguen una trama de principio a fin, cosa que sí sucede en Disenchantment
En Los Simpson podremos ver a Bart causando problemas por Springfield, y en Futurama tendremos a Bender bebiendo alcohol de bar en bar y sin parar, y ello no será problema para que luego podamos desconectar totalmente cambiando a otro plano que siga una historia paralela totalmente distinta, pues bien, nada de esto pasará en el Reino de Dreamland, donde sí se sigue una trama que se gesta en los primeros capítulos de la serie, se desarrolla a mitad con su núcleo, y nos deja con varios cliffhanger en el último episodio. Todo ello también es de agradecer porque es diferente, no es común con otras series animadas con las que sí comparte formato.

En resumen, sí que me ha gustado. Lógicamente, tengo mis preferencias, léase, primero Los Simpson, luego Futurama, y tercero, Disenchantment. Creo que dentro de unos años todos nos seguiremos acordando del presente amarillo, unos cuantos recordaran al metálico futuro, y alguien al fondo de una mesa dirá "por cierto, Matt Groening también hizo otra serie que se llamaba Disenchantment y que también estaba bastante bien. Póntela, a ver qué te parece"

Concierto de Iphone y sus teloneros, Disturbed




Anoche Disturbed llenó el Alexandra Palace. Según datos de la propia página, 10000 personas abarrotaron anoche el icónico recinto de la capital Inglesa.

La veterana banda de heavy metal dio un muy buen concierto durante dos largas horas, repasando temas imprescindible como «The vengeful one», «A reason to fight», «The light», «Land of confusion», o «Down with the sickness», el símbolico himno del grupo materializado allá por el 1999. No faltó, para el agrado de toda aquella masa metalera, el cover de Simon and Garfunkel «Sound of silence», otra de aquellas versiones contadas con los dedos de una mano y que, para mí, resultan mejores que el tema original, dígase «The man who sold the world» de Nirvana, «Hurt» de Johnny Cash, o «Spread your wings» de Blind Guardian (propia opinión, desde luego)
 Un gran concierto, sin duda.

Una lástima que toda esa sensación de agrado y disfrute personal quedara empañada por mis ególataras similares.

Mucho móvil, tanto móvil danzando al son de bemoles, corcheas, tañidos de platillo y notas de barítono.

¿Cuándo surgió esta necesidad de pompa y  ostentación?, pregunto, ¿ese hambre de querer mostrar, y sobre todo, aparentar, lo bien que lo estamos pasando independientemente  de si realmente estamos o no disfrutando?.

No sé, igual me estoy volviendo viejo, igual me he vuelto demasiado purista, ¡igual soy un loco!, un loco por querer disfrutar y atesorar en el alma un grato recuerdo de una noche que igual no vuelve a repetirse. ¿De verdad necesito almacenar en mi iphone vídeos, y vídeos, y vídeos de calidad cuestionable, si, digo «cuestionable» porque todos ellos van a estar llenos de cortes, porque no se ve bien, joder, porque no se ve al artista a no ser que apliques zoom y por lo tanto no aprecies mas que píxeles en movimiento, y si no pones zoom, el entorno de tu vídeo va a estar enmarcado solamente por, ¡sorpresa!, más móviles, ¿qué es esto?, ¿una convención de Apple?…

A veces creo que me he quedado atrás, ¡pero muy atrás!, y no por edad únicamente, sino por convencimiento moral y pensamiento, me explico: opino que una experiencia personal (en este caso, asistir a un concierto multitudinario) debe valorarse al máximo y experimentarla en primera persona, recogiendo el fruto que la fuente te proporcione, y saboreándolo hasta que no dé más de si, vampirizándolo y absorbiéndolo bien adentro en tu torrente sanguíneo emocional hasta que germine en un recuerdo perpétuo. ¿Hacer una foto?, ¿un vídeo?, sin duda, ¡pero ya está!, no es necesario almacenar más información de la necesaria (más de la que ya el entorno social nos inculca). He asistido a muchos conciertos, he visto muchas bandas, y muchos cantantes, he visto muchos musicales y obras de teatro, pero éso no implica que DEBA por fuerza acarrear un seguimiento febril y fiero de todas mis acciones porque, ¿qué es lo que realmente busco?, ¿el disfrute que me proporciona aquel espectáculo para el cual he estado semanas o meses esperando?, ¿o exhibirme y alimentar mi ego y vanidad?, ¿de verdad nos hemos vuelto tan dependientes de nuestro propio engreimiento?, ¿o es que somos tan débiles, y tan tristes, que lo único que nos mantiene a flote es aparentar qué bien lo estamos pasando y qué felices somos?.

Y a veces también pienso que a la gente (sí, sobre todo a la más joven, la generación del smartphone, lo siento, sé que no debo generalizar porque es una tara que afecta también a gente de mi quinta) no está convencida de qué le gusta o de si tiene ganas de escuchar a tal o cual cantante, ver o tal película, o apreciar una determinada muestra de corte artístico, no está realmente convencida de ello, lo que sí sabe sin embargo es que si acude a tal evento, lo filma, y lo expone cara al público, va a sentirse más integrado (o menos desubicado) entre sus semejantes, y parece ser que éso es lo importante actualmente.

Con lo cual, y para no amargarme una vez más la próxima vez que vaya a un concierto u otro espectáculo, me colocaré diligente y bien centrado en las primeras filas, allá sí, allá, ¡donde los locos!, donde moran los tarados lubricados con sudor propio y ajeno, donde más de un esguince quiera verse propiciado, y donde más de una zapatilla abandonara su dueño.


¿Fueron Disturbed los teloneros de Iphone?
Qué asco da la gente, joder.

Cigarrillos



No éramos mas que críos cuando quemábamos animales en la puerta de casa, al lado del jardín. Prendíamos cigarrillos que a escondidas le habíamos sustraído a los mayores, entonces nos dedicábamos a acosar a inocentes insectos. ¡Cómo se doblaban los desgraciados!, como acompasados al ritmo de una muy personal Danza Macabra. Los atontados acababan como las hojas quebradas en Otoño, sólos, tristes, y a pedazos.

Fue de más mayores (¿13?, ¿14?) cuando empezamos a fumar. Por aquel entonces íbamos a la tienda de ultramarinos, uno distraía al tendero “Don Genaro, ¿cuándo va a traer el tebeo nuevo del Capitán Trueno?, mi primo el de Madrid lo tiene ya de hace una semana”, y el otro se dedicaba a robar cajetillas de cigarros de la trastienda. Pobre viejo, el cabrón no veía tres en un burro.

En el instituto pasamos entonces a “condimentar” el cigarro. Empezamos con costo, costo que luego migraría a marihuana. Y así pasábamos las horas que supuestamente debíamos invertir en clase, viendo películas para “fumaos”, y comiendo pizza recalentada.

-“Carlos, ¿has visto qué arte tiene Jose fumando?, parece un actor de Hollywood”- me llegó a decir en algún momento Lydia.
-”Sí, no sé, éso dicen las mujeres. La verdad es que nunca me había fijado, ¡y mira que hemos fumado juntos!”

Al final, el cabrón me quitó la novia.
Y eso que fui yo quien le enseñó a fumar, al hijo de puta.


Cansancio, y café



Empiezo a escribir con la letra «E»
Extraordinario, Esperanza, Encantador, Estupefaciente
Creo que voy a hacer algo bueno
Me despierto sobre una cama de rumores
He dormido bastante bien a pesar de las miradas
Que, ¿qué pasa con mi actitud?, que tengo que cambiar
Que todo me importa una mierda, y que ya tengo una edad
En parte tienen razón, no lo niego
Pero no puedo cambiar
Porque la gente es retrasada.
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
A nadie le interesan las fotos de tus pies
A nadie le interesa el plato que has comido
No vas a salvar el mundo colocándote un lazo
Pero será un lugar más bonito si te pones una soga alrededor del cuello
Eres idiota
No tengas hijos, o mejor, tenlos
Para que así aprendan lo que no tienen que ser en la vida
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿En que punto del discurso empecé a pecar de egocéntrico?
Ah, sí, fue cuando me di cuenta de lo apasionante de este nuevo día
El sarcasmo
Ese estúpido sarcasmo que proteje mi pusilanimidad
La única vez que te sientes cerca de ti mismo es cuando estás lejos de todo
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
A veces me siento feliz de vivir en un mundo tan perfecto
Donde yo no sé nada y el resto lo sabe todo
Escribo a trompicones ideas dilatadas
Mi mente burbujea como un pez con epilepsia
Rico de ideas, pobre de bolsillo
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
Empiezo a estar ya un poco cansado
Así que hago café para confundirme entre los vivos
Esta noche la veré otra vez
Con su largo vestido escotado, enseñando piernas, regalando luz
Es tan fácil pensar en esa cosa del «querer querer»
Y tan complicado hacerla realidad
¿Dónde está ese hueco?, joder, en qué rincón de mi alma
Le preguntaré a las parejas por las llaves que lo abren
Soy como una puerta giratoria que no se decide
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
¿Por qué todo es tan complicado?
Ya sale el café, menos mal
Curiosa paradoja, que algo tan oscuro me ilumine el día
Ya lo siento, ya lo huelo, ya lo escucho
Ese gorgoteo, como el del ahogado volviendo a la vida
Ya estoy mucho más tranquilo
Por fin miro en vez de escudriño
A veces siento que no vivo, si no que paso por la vida
Tanta rutina.
Bebo café.
¿Por qué todo es tan sencillo?

Cada vez es menos Black el Mirror



El otro día vi la última temporada de Black Mirror.

Y, mmm, bueno, se puede ver.
Estuve leyendo varias críticas y reviews antes de verla por mí mismo, y todas apuntaban a valoraciones bastante pobres y observaciones acerca de capítulos mediocres, pero no creo que sea para tanto, coincido en parte, pero no creo que sea cuestión de tildarlos de pésimos.
No cabe duda que no existe punto de comparación entre aquellos (ains, ¡qué lejanos parecen!) capítulos de las dos primeras temporadas, aquel mítico del primer ministro y la cerda, animal con el cual el político se ve obligado a practicar la zoofilia por una causa crítica y mayor (para mí, el más flojo de los 6 primeros, pero el de un mayor colorido e impacto, buena razón para promocionar la serie, cierto), el futurista depresivo de las bicis con el telón de fondo de la vanidad como pecado capital y salida oxigenada ante una sociedad enferma, aquel de la mujer que conversa con un bot que emula a su marido fallecido, o «White bear», en mi opinión, y de las dos primeras temporadas, el capítulo más oscuro y agresivo (por llamarlo de alguna manera, táctil y material) aplicado éste al uso indiscriminado del móvil por parte de la sociedad, y a la falta de humanidad a la que nos estamos viendo catalizados (lo siento, soy agorero) sin remedio ni voluntad por evitarlo.
Casi olvido el especial de Navidad, ciertamente, una opresiva pesadilla finalizada con un bucle temporal dantesco que agradecimos cortar apagando el ordenador hasta el día siguiente.

A lo que voy, Black Mirror nos ofreció durante las 3 primeras temporadas un espectáculo variado acerca del uso indiscriminado, y tóxico, de las tecnologías, de Internet, la realidad virtual, y el impacto de todas esas variables en el comportamiento de la persona, sus nefastas (y extremas) consecuencias, y una visión enfermiza, paranoica, deshumanizada, y sobre todo, muy, muy oscura, del entorno social y su falta de benevolencia y compasión vaticinada por Charlie Brooker (la mente pensante de toda esta maquinaria). Black Mirror nos ofreció todo eso, y precisamente, «todo eso», se ha ido diluyendo a lo largo de las últimas tres temporadas. Tras visualizar un capítulo de «los viejos», el espectador no cerraba el reproductor al instante, dejaba correr los créditos hasta el final intentando asimilar qué había visto, y qué de real tenía la idea expuesta. Uno intentaba proyectar aquella barbaridad, aquella angustia, aquel delirio, a su día a día, y acababa diciendo «joder, es que, ¡es exagerado!, pero podría pasar, ¿sabes?».  Con los capítulos «nuevos», éso no pasa, a mí al menos, no me pasa. Aprecio mas que tramas, subtramas relacionadas con ideas ya tratadas y desarrolladas en capítulos previos que ya no resultan tan chocantes, ¡que no quiere decir eso que sean malas!, no, sólo que ya no resultan tan frescas, tan temerarias, ya no dejan ese «mal rollo» que se nos quedaba en el cuerpo al ver los desenlaces de, por ejemplo, «The Waldo moment» o «White Bear» (me repito, lo sé, pero es que ese capítulo es excelente), o similares.
Antes, la ansiedad era creciente tras darle al play, y el colofón de tantos despropósitos nunca defraudaba, ahora, sólo los vemos con curiosidad. Vamos, que podrían ser capítulos tanto de Black Mirror, como de Historias de la cripta, o de La aventura de la Espiral.

Es sólo mi impresión, ¿o la franquicia se ha desinflado y ha perdido interés sobremanera desde que Netflix adquiriera los derechos?. No es que no los considere necesarios, pero, ¿no es verdad que desde que la serie fuera vendida al gigante televisivo, ha perdido un poco de su particular negrura y obsesión?, culminando ello, incluso, en capítulos con final feliz (St. Junipero, por ejemplo, gran capítulo que sí me gustó) que, repito, no es que me sobren, es que, creo, destacan un poco sobre el concepto primario del show, que es el regusto pesimista acerca de la evolución tecnológica en torno a nuestras vidas.

PD: El último capítulo, el de Miley Cirus, es una sandez y una estupidez que no hay por dónde cogerlo, sin embargo, me hizo mucha gracia verla cantar Nine Inch Nails (y seguro que a ella también, a la Miley)

Acabando un libro



Leer un libro es gratificante, ¿qué duda cabe?, y lo es más todavía si el escrito es cuestión nos parece atractivo, ya que pudiera ser que nuestro afan lector pecara de falta de integridad, y se viera nutrido, por ejemplo, por la obligación paterna, el imperativo escolar o académico, u otra razón o motivo que nos privara del placer de la lectura por el mero hecho de leer. «El mero hecho de leer». «Mero». Tal término, en tal construcción semántica, amenaza con privar a la lectura del valor que así la acredita, casi banalizándola y privándola de la riqueza que atesora. No me gusta, pero como sale de mi cabeza, así tendré que respetarlo y aceptarlo, como se respeta y acepta al rebelde hijo adolescente.

Lo gratificante que es la lectura, cierto es, pero… ¿y el hecho de acabar un libro?
Es posible que sea yo, que tal circunstancia sólo me acontezca a mí y no le suceda a ningún otro individual. Sí, probablemente sea eso ya que, hasta la fecha, ningún familiar o allegado me ha comentado acerca de la sensación obtenida tras el vistazo de las últimas palabras, que componen la última frase, la cual a su vez  conforma y estructura los últimos hálitos de vida del último renglón. Tampoco he leído acerca de ello, igual es que leo poco, no sé.

Lo califico como un sentimiento virgen, inexplorado, escondido, porque se esconde, está ahí, agazapado, observándote desde la esquina del último párrafo, como un cazador ansioso observando por el punto de mira de su escopeta. Sabes que está ahí y que aparecerá, pero se resguarda precavido, protegido del entorno y, muy, muy sigiloso. Y es como un camaleón, no por los ojos que tal reptil tiene (que ya me gustaría a mí tenerlos, parezco un crío, a veces), sino por su capacidad mimética, por cómo cambia de piel, en el que caso que tratamos, por la manera en cómo nos afecta el finalizado del texto y su consecuente cierre de tapas, que es como si cayera el telón.
Al menos yo me quedo un poco así. Lo cierro, y permanezco sentado en la misma posición en la que me encontraba instantes antes de dar por finalizada la última línea y encontrarme con el típico FIN. Y entonces me abstraigo, y vuelo de manera paradójicamente estática y sin moverme del sitio, como un viaje psicotrópico privado de estimulación pineal. Y como vulgarmente se dice, lo digiero, extrayendo las vitaminas y los aminoácidos de cada palabra engullida, para así poder alimentar la sangre que recorre y dibuja mi mapa capilar.

Y así me quedo un rato, como ido, absorto y ensimismado, como si el aire en torno me susurrara el conocimiento adquirido, tómalo, es tuyo, agárralo antes que se evapore, me dice mi psique. Instante atemporal que se prolonga plácidamente hasta el infinito que yo determino. Ahora he sentido ese instante atemporal, mientras escribía instante temporal, ¿serán palabras que combinadas crean magia?, ¿o será que mi cabeza se siente un poco más versada ya que, hoy mismo, me he acabado un libro escrito en una lengua ajena a la mía materna?

Y entonces creo que soy un poco más erudito. O loco, que a veces es lo mismo.

¿A ti te pasa?

miércoles, 29 de abril de 2020

De Enfermería y Coronavirus

No sé en qué estaba pensando cuando se me ocurrió lo de asegurarme la mascarilla con tiras de esparadrapo. Entre la barba de varios días, y que a los 5 minutos ya estaba sudando como un cerdo, las tiras adhesivas que momentos antes había recortado con sumo cuidado empezaron a desprenderse como pedazos de piel seca tostada al Sol. Total, que el amasijo en lo que ahora se había convertido aquello que en tiempos mejores consideré una obra maestra, no resultó sino una excusa para hacer reír a Tomás:


-”¿No te ha funcionao el invento?, eh, pajaro”- ríe socarrón, socarrón y contagioso. Qué lástima que no sólo su humor sea lo infeccioso en aquella sala verde oliva esterilmente aislada del mundo exterior.

-”Tomás, hombre, no te rías, que mira qué pintas tengo con estas mierdas aquí colgando”- respondo con la típica voz metálica y sin calidad stereo que me proporciona la mascarilla quirúrgica.


Será tras la broma inicial cuando la risa empiece a juguetear con conatos de una tos harto conocida. La conozco porque básicamente ya la he oído (y sufrido) antes. Tos enferma, bañada en flemas, primer acto maldito de una recurrente obra de teatro maquiavélica y con desenlace trágico. Y yo ya no bromeo más, siento que mis músculos y mi alma se tensan, y me viene a la cabeza y casi al instante el puto carro de paradas. Me viene también, como si me hubieran dado un pellizco en el alma, el pensar en cuál es la razón por la cual me encuentro aquí haciendo lo que hago, y en lo muy, muy asustado que estoy ahora mismo... pero por fortuna no pasa nada más, quedando todo archivado para la historia y la memoria en formato de un recuerdo mojado y cristalino en mi espalda, deslizándose en una pendiente de sudores fríos y agobios que coquetean con distantes estertores.

A pesar de nuestra cercana amistad y colegueo implícito, consecuencia del trato directo de hace ya varios días, es el propio Tomás el que se adelanta a mi soporte emocional y me pide que le deje algo de privacidad, probablemente para poder llorar a solas.

Vestuario. Meo. Tiro la ropa a las bolsas acumuladas en la esquina. Me ducho y me seco. Me visto. Contesto los mensajes de Whatsapp los cuales siguen, absolutamente todos, más o menos la misma rutina gramatical: “estoy bien”, “sin novedad”, “sigue estable”, “no te preocupes que me protejo”, “creo que hoy un poquico mejor, a ver si es verdad que se estabiliza”...

“No te preocupes que me protejo”, ¡ja!, qué ironía. No sólo somos Enfermeros, también somos personal de limpieza, psicólogos, camareros, celadores, y muchos otros oficios más, pues bien, resulta que ahora somos también artesanos y diseñadores, y es que nuestra capacidad de ingeniar nuevas tretas y artimañas para poder burlar la transmisión del patógeno bien sería merecedora de un premio destacable, no sé, ¿el Nobel o alguno de esos?.

Aquí se recicla y transforma todo, desde bolsas de basura para crear uniformes y delantales, hasta batas y mantas usadas para crear mascarillas, “deme una funda de plástico de algún dossier, y le haré un visor para proteger sus mucosas ante el infectado”, comentaría el presentador de algún programa de teletienda de mierda a las tantas de la mañana.

Ya en casa, como algo. No sé cómo no estoy muerto de hambre tras haber trabajado, ¿12?, ¿14 horas?, y haber comido tan sólo un plato pequeño de pasta con dos albóndigas, y un plátano (y mucho café, claro, que para nosotros es cómo el agua, puro líquido elemento), con lo cual, y para engañar al estómago, decido tomar algo frugal. Elijo una sopa de tomate de la cual tan sólo tomo algo más de la mitad, y con eso ya estoy servido.

Tengo entonces la mala idea de encender la televisión. Lo ponga donde lo ponga sale siempre lo mismo, -”¿acaso alguien me ha reprogramado los canales cuando estaba fuera?, lo pregunto por que no parece que varíe la información”- me quejo a mis propios adentros mientras excitados tertulianos hacen balance de la situación y de la manera en cómo ellos hubieran lidiado con la tragedia -”Buenos consejos das tú ahora, hijo de puta”- le verbalizo al plasma como si aquella cuadrilla de ignorantes bien pudiera escucharme -”que no te ha caído a ti el marrón que tienen ahora los demás”- me expreso visiblemente cabreado entre vaivenes de indignación (y eso que no comulgo con ninguno de los incompetentes que pueblan el congreso, pero bueno)

Miro el móvil y pongo Facebook. Scroll arriba, scroll abajo. Selecciono varios posts los cuales troleo de manera casi autómata porque sencillamente, ¡no puedo evitarlo!. Es como una animal dependencia opiácea, o una caída al vacío con su innata y pertinente gravedad (intento autoconvencerme de ello, aunque sin éxito)

Y sigues mirando noticias y chorradas varias que la gente cuelga con objeto de solicitar atención, dándote cuenta entonces de que ya no ves tan claro como antes porque tienes la mirada un poco así, como nebulosa, como húmeda, y es que estás asustado. Te das cuenta entonces de cuán débil eres y de lo buenos actores y actrices que somos al aparentar que todo va bien, que a nosotros no nos puede pasar nada, que somos invulnerables, que eso se aprende en la Universidad, y que de ninguna manera esta mierda nos puede afectar aunque sepas que haya colegas que se estén muriendo y el número siga creciendo.

Son las 8, y afuera suenan aplausos. Puntuales, como impuestos por ley bajo un régimen dictatorial. Y lo agradeces, claro, aunque también te da algo de pena subjetiva porque sigues albergando tus dudas acerca de si esta actitud y su supuesta concienciación social va a perdurar en el tiempo, o se quedará por el contrario en una relajada idea temporal, voluble, y trending topic.

Haces de tripas corazón y miras a la pared. Te preguntas si has firmado o no el antibiótico de las 6.